Columna de opinión
Este sábado 2 de mayo, se conmemora la muerte de los pilotos del escuadrón 201. Bandera a media asta
Magno Garcimarrero Ochoa
Magno Garcimarrero
Por acuerdo de la cámara de Senadores de 29 de diciembre de 1944, la FAEM Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, conocida vulgarmente como el “Escuadrón 201” quedó incorporada a la fuerza aérea norteamericana y enfiló proa a Oriente; iban a liberar Filipinas de los “indeseables” japoneses. ¡Filipinas! Archipiélago hispanoparlante hermano de México, unido por el cordón umbilical de la Nao de China con la que éramos compadres de mango de Manila cuate, y padrinos de la China Poblana. ¡Cómo no íbamos a participar en su ayuda!
Si le debíamos la identidad mexicana bordada en lentejuela en la falda de la susodicha china poblana, y el mantón de Manila con que se cubría la cabeza doña Josefa Ortiz de Domínguez en vida y en los billetes de veinte pesos, y los toros cebús con cuernos, joroba y criadillas. Los hijos del sol naciente nos hubieran castrado de haber cortado la íntima ligazón que el navegante vascuence, cartógrafo y religioso Fray Andrés de Urdaneta estableció en famoso tornaviaje de Cebú a Acapulco en el verano-otoño del año del Señor de 1565.
Allá no fue diferente, a los pilotos norteamericanos se les asignaron las máquinas más seguras, a los “prietitous” la chatarra voladora. Entre los que murieron en combate estuvo el tuxpeño Fausto Vega Santander, también se quedaron allá: Crisóforo Salido Grijalva, Javier Martínez Valle, Héctor Espinoza Galván, José Espinoza Fuentes, Mario López Portillo y Pablo Rivas Martínez; siete aguiluchos a quienes en su homenaje póstumo se les comparó con los Caballeros Águila del poema “La Raza de Bronce” de Amado Nervo:
“Señor, deja que diga la gloria de tu raza,
la gloria de los hombres de bronce, cuya maza
melló de tantos yelmos y escudos la osadía:
!oh caballeros tigres!, oh caballeros leones!,
!oh! caballeros águilas!, os traigo mis canciones;
!oh enorme raza muerta!, te traigo mi elegía.”
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