Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“Las mentes son como los paracaídas: Funcionan mejor cuando están abiertas”. – Lord Thomas Dewar.
En política, la línea que separa la convicción de la obsesión suele ser tan delgada que, cuando se cruza, el espectáculo sustituye a la estrategia. La historia ofrece ejemplos elocuentes: Nicolás Maduro hablando con pajaritos reencarnados; Donald Trump instalado en la narrativa del fraude permanente; o Jair Bolsonaro gobernando entre teorías conspirativas y negacionismos. No se trata de diagnósticos clínicos —eso corresponde a otros terrenos—, sino de conductas públicas que rayan en la desconexión con la realidad y que, por momentos, parecen guiadas más por el impulso que por la razón política.
En Veracruz, el caso del senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara comienza a inscribirse en esa preocupante categoría. Quien se asumió como defensor irreductible de la llamada Cuarta Transformación hoy transita senderos que descolocan incluso a sus propios correligionarios. Resulta paradójico verlo en abierta sintonía política con personajes como Miguel Ángel Yunes Linares y Miguel Ángel Yunes Márquez —los mismos que lo bautizaron con el mote de “Lord Fentanilo”— mientras, puertas adentro de Morena, se erige como fiscal implacable del movimiento que dice defender.
La crítica interna es saludable; el golpeteo sistemático, no. Huerta ha optado por ventilar en plaza pública lo que debería dirimirse en los espacios partidistas. Un día sí y otro también cuestiona a la dirigencia estatal; otro tanto hace con la gobernadora Rocío Nahle García, antes que construir puentes para fortalecer el proyecto que enarbola. En esa dinámica, su narrativa empieza a parecer una realidad alterna: denuncia traiciones imaginarias, se asume como único guardián moral y coloca a todos los demás en el banquillo.
La ambición terminó por exhibirse cuando, tras el relevo en la coordinación parlamentaria, pretendió ocupar la vicecoordinación de Morena tras la sustitución de Adán Augusto López Hernández. El resultado fue demoledor: un voto a favor —el suyo— frente a 59 en contra. Más que derrota, fue un termómetro político. Cuando un grupo parlamentario responde con ese desdén, el mensaje es inequívoco: no hay liderazgo, hay aislamiento.
El episodio más reciente confirma el extravío. Brindar facilidades al senador emecista Luis Donaldo Colosio Riojas para recorrer el norte del estado, en medio de disputas municipales sensibles como la de Poza Rica, usando estructuras federales para entregar apoyos, no es una travesura: es una toma de posición. Y lo es, además, en favor de Movimiento Ciudadano, partido al que dentro de Morena se mira con abierta suspicacia.

En esa lógica de protagonismo desbordado se inscribe también su intento de recorrer el estado como una suerte de presentador oficial de la obra del ex presidente Andrés Manuel López Obrador. Bajo la falsa bandera de difundir el legado del fundador y líder moral de Morena, Huerta pretendió colocarse como heredero natural de esa narrativa, casi como si buscara investirse de una autoridad moral que nadie le ha conferido.
La maniobra fue vista por muchos como un intento burdo de apropiación simbólica: usar la figura del tabasqueño para proyectarse como el nuevo referente veracruzano del movimiento. Lejos de entusiasmar, la gira generó incomodidad incluso entre sus propios correligionarios, quienes entendieron el mensaje de fondo: no era pedagogía política, era promoción personal anticipada.
Febrero loco y marzo otro poco, dice el refrán. En el caso de Huerta, la pregunta ya no es si está cuerdo o no —eso sería simplificar el fenómeno—, sino si entiende el costo político de caminar permanentemente en la cornisa. En política, jugar al equilibrista puede parecer audaz; persistir en ello, cuando todos observan el vacío debajo, suele terminar en caída libre.
Al tiempo.
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