Por Arturo Sandoval
“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero”. Miguel Hernández.
Su figura me intimidaba. Lo vi en presentaciones de libros, en mesas de periodistas, en el Grupo de Periodistas María Cristina. Siempre con camiseta con motivos autóctonos, frases socialistas, etcétera.
Me habla por teléfono un día para tomar un café en Gandhi Miguel Ángel de Quevedo. Le di ideas para comercializar su precioso periódico, no sólo en diseño y fino papel, sobre todo en información exclusiva de política y cultura. Quizás dos horas platicamos muy agradablemente; vaya, muy sabroso diálogo sobre su barrio la colonia Guerrero. Ahí salieron a la mesa Paquita la de Barrio, el mercado de Chopo, las gorditas de piloncillo, el salón Los Ángeles y mucho más. Sin duda, la premisa de que puedes salir del barrio, pero el barrio nunca sale de ti, se confirmó en el ahora amigo coyoacanense.
Amigo de trato amable, paciente con quienes no juegan en su liga cultural, intelectual; por eso fue un catedrático de primera en su querida UNAM. Era un formador nato de periodistas y escritores, deja honda huella al trasmitir conocimiento en sus alumnos, en subordinados y, claro, en los que nos dimos el enorme lujo de ser sus amigos y amigas.
Un día me pide publicar mis textos en Periodistas Unidos, un portal de lo mejor en análisis político. Cuándo hacía algún comentario positivo de mi texto, era como baño de luz para mí, el maestro de maestros daba ánimos de escribir más.
Alejandro su brillante hijo reportero info gráfico, vídeo gráfico y periodista hereda su calidad de lenguaje, visión crítica y humanismo en favor de la gente más vulnerable.
Sí que duele no sentir un fuerte abrazo tuyo mi querido Jorge, siempre estás con nosotros, nunca te vas amigo querido ¿Cómo no te vamos a extrañar? “Goya, Goya, cachún cachún…”
ELEGÍA
De Miguel Hernández
En Orihuela, su pueblo y el mío,
se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería…
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.










