Columna de opinión
La Costumbre del Poder: Adán, Cerbero sin dientes
Gregorio Ortega Molina
*La humillación agota. Y tanto, que las consejas políticas sugieren o indican o aseguran que Gustavo Díaz Ordaz pensó en bajar del caballo al candidato del PRI, y cambiarlo por otro; lo que es cierto es que Luis Echeverría se transformó en cuanto supo que ya nada la detendría y porque se liberó cuando su jefe, el presidente de la República, se fajó los pantalones y asumió la responsabilidad histórica del 2 de octubre. Por lo pronto, Adán Augusto ladra, porque así le dice su jefe
Gregorio Ortega Molina
Por el momento sólo una voz se eleva sobre las otras, e impone su voluntad. Ningún ejemplo tan bueno como sacar a Alejandro Encinas de la basura, para intentar restituirle su credibilidad, cuando todos los del entorno presidencial saben que su única falta fue expresar de viva voz lo que Andrés Manuel López Obrador le indicó.
El secretario de Gobernación toca por nota, como en los mejores tiempos de Gustavo Díaz Ordaz lo hizo Luis Echeverría. Lo loca idea de que el mimetismo los conduce, derechito, a la silla del águila. Sucede cuando se impone la voluntad de un solo hombre. Es la reedición de un Maximato acedo y carente de los elementos constitutivos para darle vida en el tiempo y en las sucesivas sucesiones: Pascual Ortiz Rubio, Emilio Portes Gil, Abelardo Rodríguez, hasta que Lázaro Cárdenas se armó con el escudo de la Constitución y la ética, para poner a Plutarco Elías Calles de patitas en un avión que lo llevó a un muy breve exilio. Lo liberó la muerte.
El gran destapador -AMLO eligió esa función mecánica al reducir a corcholatas a sus “pre” candidatos- debe estar advertido de que en cada uno de los elegidos está la simiente del general Lázaro Cárdenas, deseoso de dar, otra vez, la dignidad al Poder Ejecutivo y regresar a las instituciones a su funcionalidad legal y administrativa. El tiradero levantado hasta hoy, es una majadería.
Y quien vigila la “basura” dejada por las corcholatas y su destapador, es un Cerbero que ladra y ladra y dice lo que su patrón le instruye, no va más allá de una expresión condicionada, como el perro de Pávlov.
Recuerdo lo que Luis Echeverría confió a un amigo: la humillación inicia desde que suena la red presidencial. Se aprende a decir que sí, aunque sepas que no ha de hacerse como te instruyen.
La humillación agota. Y tanto, que las consejas políticas sugieren o indican o aseguran que Gustavo Díaz Ordaz pensó en bajar del caballo al candidato del PRI, y cambiarlo por otro. A saber, lo que es cierto es que Luis Echeverría se transformó en cuanto supo que ya nada la detendría y porque se liberó cuando su jefe, el presidente de la República, se fajó los pantalones y asumió la responsabilidad histórica del 2 de octubre.
Por lo pronto, Adán Augusto ladra, porque así le dice su jefe.
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@OrtegaGregorio
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