Columna de opinión
La Costumbre del Poder: Ahora y en la hora
Gregorio Ortega Molina
* Lo que buscan Abad Faciolince y sus amigos literatos y poetas es el control de la inteligencia para trascender al vacío en el que concluye la realidad tangible, la del papel y la tinta, la de los afectos y los rencores y las confrontaciones por nada
Gregorio Ortega Molina
El miedo existe, no muchos lo experimentan y sólo unos cuantos lo confrontan. Si leí atento, de eso trata la narrativa de Héctor Abad Faciolince sobre su viaje a Ucrania. No es la curiosidad por conocer de cerca lo que es la guerra, la muerte de civiles; sí el deseo de medirnos a nosotros mismo en lo que realmente somos y lo que podemos cargar como realidad.
Es, también, un libro de obsesiones, como el escrito por Javier Cercas: El loco de Dios en el fin del mundo. ¿Existe, o no, la vida eterna? Aprender a oír el sonido de las balas y el zumbido de los misiles y, además, distinguirlos y detectar su aproximación, es también el empeño de asomarse a la puerta o la ventana que ilumina el otro lado, no el oscuro, sino el de la luz, porque la negrura procede de las confrontaciones humanas en la búsqueda de poder, cualquiera que sea, de preferencia el que acerque a la divinidad.
¿Cuántos perciben que ese no es el camino? Abad Faciolince medita, al fin, sobre el costo de no tomar decisiones sobre su comportamiento para conocerse a él mismo. Está muy lejos del episodio del ahogamiento de su hermana, inerme, hasta el instante en que ya en su casa, en España y con sus hijos, disfruta de una ducha muy caliente cuando se da cuenta de que del bajo vientre le escurre un hilo de sangre, para recordarle que Victoria Amélina ocupó su lugar para iniciar, ella primero, el último tramo.
Descubre Abad Faciolince que es más fácil y atractivo hacer la guerra que evitar confrontación y muerte. En esa nación donde sucedió el desastre nuclear de Chernóbil, donde se ansía una identidad nacional, el establecimiento de una patria, la idea clara de comportarse como europeo y no como ruso, vivir plenamente es más un desafío intelectual y moral que físico, porque Vladimir Putin decidió por él mismo no soltar Ucrania. Es, para él, una parte de Rusia.
Equivale a gentrificar a la inversa, aunque simula mejorar -como lo hace Javier López Casarín-, Rusia muere por conservar la producción agrícola de Ucrania, que es su granero, o las tierras raras, o su mano de obra, mientras que de este lado buscan desaparecer lo que han sido San Ángel, San Ángel Inn y Tlacopac para desarrollos inmobiliarios. Es el control de la riqueza.
Lo que buscan Abad Faciolince y sus amigos literatos y poetas es el control de la inteligencia para trascender al vacío en el que concluye la realidad tangible, la del papel y la tinta, la de los afectos y los rencores y las confrontaciones por nada.
@OrtegaGregorio
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