Fuera de Todo
Denise Díaz Ricárdez
Nunca puedo olvidar la escena de un centro hospitalario público en el sur de Veracruz en donde un señor era atendido de un infarto cerebral que le impidió todo movimiento y supuestamente la razón, el cual llevaba, por insistencia familiar, en terapia intensiva, un año entero.
La esperanza y demanda de sus allegados al equipo médico era la plena convicción de que en cualquier momento el enfermo iba a abrir los ojos y preguntar en dónde estaba.
La demanda del espacio de esa cama era ahora sí que de urgencia, porque para variar la sala estaba saturada.
Pero no había poder humano que cambiara la idea de sus familiares, quienes se turnaban días para acompañar al señor.
Ya no supe en qué paró esa historia, más no olvido que llevaba un año entero en esa condición sin siquiera parpadear.
Fuera de principios ideológicos, religiosos, hasta filosóficos la eutanasia ha pasado de un tabú a la necesidad de reivindicar el derecho a una muerte voluntaria, digna, en el caso de personas con enfermedades en extremo terminales.
Sea solicitada por la propia persona enferma de manera consciente o por familiares o cercanos a la misma cuando el sufrimiento prolongado lo hace necesario hasta indispensable.
Hasta ahora en algunas entidades lo único permitido es que los médicos omitan tratamientos para continuar con la vida en un organismo, mantener de forma pasiva hasta que el cuerpo ceda.
Y saber que en América se ha legislado eutanasia en Canadá, Colombia, Ecuador y Uruguay, aunque se discute en casi todas las naciones.
De aprobarse una nueva ley o cambios en la Constitución y la Ley General de Salud, sería el quinto país en el continente.
En nuestro país hay actualmente una iniciativa que se discute en el Congreso federal y en el de la Ciudad de México para la ley procedente.
Si el Congreso opta por abrir esa puerta con controles estrictos, protocolos médicos y supervisión ética, estará apostando por la autonomía regulada.
Y que conste, sólo en casos extremos.




