José Luis Parra
Mientras México mira hacia el norte con cautela diplomática —y quizá con cierta incomodidad—, en Miami se reunió un club bastante peculiar: casi veinte países latinoamericanos y caribeños firmaron con Estados Unidos un acuerdo para combatir a los llamados “narcoterroristas”.
La palabra no es menor. Tampoco es casual.
El anfitrión fue el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, quien habló de cooperación, respeto a la soberanía y defensa del hemisferio. Un discurso clásico, adornado con la vieja doctrina de “promover la paz a través de la fuerza”. Traducido al lenguaje político: primero disparan, luego preguntan.
La reunión tuvo ausencias notables. México, Colombia y Brasil no estuvieron en la mesa. Tampoco Nicaragua. No fueron invitados o decidieron no asistir. El matiz diplomático queda a gusto del consumidor.
Pero el mensaje de Washington fue bastante claro: si los gobiernos de la región no pueden —o no quieren— enfrentar a los cárteles, Estados Unidos está dispuesto a hacerlo solo.
Y no es una amenaza retórica.
La administración de Donald Trump ya lanzó señales en esa dirección. Desde septiembre pasado, bajo la operación “Lanza del Sur”, fuerzas estadounidenses han bombardeado decenas de embarcaciones presuntamente ligadas al narcotráfico en el Pacífico y el Caribe. El saldo: más de cien muertos y un precedente que hace unos años habría sido impensable.
Ahora el discurso escala otro nivel.
Stephen Miller, asesor de seguridad nacional de Trump, propone tratar a los cárteles como organizaciones terroristas, al estilo de ISIS o Al-Qaeda. Y de paso incluir en el paquete a la inmigración ilegal como “una forma de terrorismo”.
En otras palabras: el problema de las drogas, la migración y la seguridad regional ya se mete en la misma licuadora geopolítica.
El resultado puede ser explosivo.
Para México el asunto es particularmente delicado. Durante décadas el país defendió la doctrina de la soberanía y la no intervención. Hoy, sin embargo, el crimen organizado controla territorios, rutas y economías completas. Esa realidad alimenta el argumento de quienes, en Washington, creen que la paciencia ya se agotó.
El riesgo es evidente: que la guerra contra el narco deje de ser un asunto mexicano para convertirse en un expediente de seguridad nacional estadounidense.
Y cuando Washington habla de seguridad nacional, suele actuar sin pedir permiso.
La pregunta incómoda es si el gobierno mexicano tiene una estrategia para evitar ese escenario… o si simplemente espera que la tormenta pase.
Porque si algo enseña la historia es que las tormentas que se ignoran no desaparecen.
Solo se acercan.
Y cuando llegan, llegan con fuerza.




