José Luis Parra
Sheinbaum cumplió su primer año de gobierno cuidando la relación con Estados Unidos como quien carga un florero de cristal sobre piso de hielo. Trump, que también ya va por su segundo año de regreso en la Casa Blanca, ha preferido los zapes. Desde el inicio, el republicano dejó claro que su cruzada contra los cárteles tenía geografía: México. Hoy, ya no son dichos de campaña. Son órdenes en curso.
La operación militar en Venezuela, con marines y todo el despliegue hollywoodense, dejó en claro que la diplomacia trumpista sigue oliendo a pólvora. Lo que antes era amenaza ahora es estrategia. Y el nombre de México aparece 25 veces en el acta de acusación contra Maduro. ¿Casualidad? En política exterior, nada lo es.
Según una investigación de The New York Times, la presidenta mexicana ha intentado rechazar la intervención estadounidense en Venezuela sin encender a Trump. Traducido al castellano: condenar sin molestar. Y eso, con un personaje como Trump, es misión suicida. Porque en cuanto Sheinbaum citó la carta de la ONU —esa que habla de soberanía—, la Casa Blanca contestó con un video de Trump acusándola de gobernar un país secuestrado por los cárteles.
Y el mensaje fue entendido: no se muevan sin que lo autorice la embajada.
En círculos cerrados del gabinete presidencial mexicano ya no se debate si vendrá una acción militar directa, sino cuándo y cómo. Mientras tanto, se analizan gráficos sobre cuántas veces se menciona “México” en medios gringos, como si contar menciones pudiera detener misiles.
Trump no necesita inventar razones. Las tiene todas en fila: drogas, migración, cárteles, corrupción, “presencia comunista”, amenazas terroristas. El fentanilo ya fue declarado “arma de destrucción masiva”. Los cárteles, “organizaciones terroristas”. La narrativa está lista. Y si en Venezuela funcionó la excusa del narco–Estado, ¿por qué no aplicarla aquí?
Eso explica la estrategia de Sheinbaum: entregar capos, reforzar la frontera, hacer operativos, coordinar con la DEA. Todo, para decir: “estamos cooperando”. Pero la historia enseña que la cooperación nunca es suficiente cuando el adversario quiere guerra.
Trump quiere la foto con soldados entrando a un rancho en Sinaloa. Quiere el titular que diga: “Trump destruye laboratorio de fentanilo”. Le urge. Porque su reelección ya arrancó. Y México, otra vez, se volvió útil.
Sheinbaum tampoco puede traicionar del todo a su base. El ala dura de Morena ve en Maduro a un mártir, no a un criminal. Condenar su captura sería traicionar la causa. No hacerlo, sería suicidio diplomático. ¿Y el equilibrio? No existe. El mundo se dividió de nuevo en bloques. Y México juega a ser Suiza con la DEA en la puerta.
La presidenta, que durante su primer año evitó rupturas con Trump, ahora está contra las cuerdas. La advertencia ya la recibió: “Sheinbaum es buena gente, pero no manda”. Lo dijo Trump. En televisión. Y cuando lo dice Trump, no es comentario, es doctrina.
México quiere condenar la invasión a Venezuela sin ser invadido. Quiere defender su soberanía sin enojar al invasor. Quiere seguir comerciando con su mayor socio sin pagar el precio geopolítico. Pero los tiempos no están para matices.
Y dentro del gobierno, crecen las tensiones: hay quienes piden firmeza, y quienes ruegan por silencio. Nadie quiere aranceles. Nadie quiere drones sobre territorio nacional. Nadie quiere ver a un comando gringo en Durango “ayudando” a atrapar a un capo.
Pero todo eso ya se discute. Y todo eso es posible. Porque Estados Unidos ya demostró que no necesita permiso. Solo una excusa.
Y la excusa ya está escrita.





