Columna de opinión
La Guicha
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
Guicha fue precoz desde neonata, absorbió el credo obradorista en la placenta materna; si por ella fuera hubiese sido diputada desde que abandonó el pañal, pero tuvo que conformarse con cantar en microbuses, mostrar sus atributos físicos y trabajar de expendedora de gasolina siempre tras las cámaras de Morena.
Estrenó su ciudadanía en la Cámara de Diputados donde hizo sonar su pituda voz, pero con el parto universal de la verdadera democracia, porque no crea usted que para ella López ganó una aburrida elección contando votos, ¡no!, fue una épica divina cuando finalmente la humanidad estuvo preparada para el advenimiento de la Cuarta Transformación. En fin, cuando la luz se hizo en el universo, Guicha fue secretaría del Trabajo, nada tuvo que ver en ello su papi, un acaudalado abogado laboralista, ni tampoco nadie vio en ello un conflicto de intereses del tamaño de la Sierra Madre Occidental, con todo un nudo mixteco.
Pero poco le duro el gusto y sin nada que destacar de por medio, cuando López la nombró, fiel al modo florerístico de Sánchez Cordero, secretaría de Gobernación. Se recuerda de ella convertir en un mitin político, en su carácter de enviada postal al Congreso de la Unión, la entrega del Sexto Informe de Gobierno (no se ría) del delirante macuspano, seguramente con miras a mover el agua y no quedarse fuera con el cambio de gobierno a días de darse.
Nadie sabe si Sheinbaum, que suele olvidar cada vez más seguido el nombre de Guicha, la designó o bien se la impuso el delirante, pero ésta recibió como torta por el nacimiento de su estirpe la mismísima y desprestigiada presidencia de Morena, que recibió del hoy famosos en Estados Unidos, Mario Delgado; presidencia de la que salió, nuevamente sin pena ni gloria, pero con un novio y niñero que solito ha hecho más destrozos dentro de Morena que el mismo Rocha Moya .
Pero allí empezó la realidad de Guicha, bueno unas elecciones locales antes, ella que nació para brillar en el nuevo orden cósmico fue invitada a abandonar el edificio: “¿Cómo que me voy? ¿Yo? ¿A dónde?”. La presidente le ofreció la Consejería Jurídica, bueno lo que quedaba de ella después de Estela Ríos, pero Guichita, digna como es, le dijo que lo iba a pensar.
El problema de los cortesanos es creer que todo es mover el abanico y jugar entre las cortinas de la Corte, pero al final Guicha aceptó, el problema es que ya para entonces había quedado encadenada a una fuerte adicción al reflector, así que cambió el silencioso estudio jurídico por el escenario de la podredumbre que dejó la Vilchismosa; con tan mala suerte para Guicha que la nueva puesta en escena duró escasas funciones y sin taquilla. Púsole a su programa el título de “derecho de replica”, contaminando el concepto teleológico de la figura, pero los hechos fácticamente le replicaron a la primera de cambios y Guichita quedó tanto o más descuadrada que Andy en campaña.
Guicha ha terminado por comprender que la presidencia el 30 es una locura, que la jefatura de gobierno es como una borrachera despertando con el cero Votos y que en la Cuauhtémoc no ganaría ni al interior del edificio de la Alcaldía. En el fondo sabe que su carrera y fama son tan consistentes como el convencimiento ideológico de un Monreal.
Hasta en la plenaria de Morena le reclamaron la pésima hechura de las iniciativas del Ejecutivo.
Sabrá Dios si cuando jugaba de florero en Gobernación, o en Morena, o incluso hoy en la Consejería Jurídica se vio involucrada, con conocimiento de causa y en la más absoluta inconsciencia del poder, en algún asunto de trama binacional que acabe con sus sueños de grandeza. Quizás ni ella lo sepa, que para eso se inventaron los tontos útiles.
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