InicioRodolfo Villarreal RíosLa Iglesia Católica Apostólica Mexicana y un arrepentido

La Iglesia Católica Apostólica Mexicana y un arrepentido

Rodolfo Villareal Ríos

 

En esta ocasión no iremos a darnos una vuelta por el mundo para revisar como los fanatismos religiosos han dado pie a acciones mucho muy alejadas de la razón. Ahora, vamos a revisar algo ocurrido, en el mismo sentido, hace apenas un siglo y un año aquí en este nuestro México. Partamos hacia aquellos años.

Ya lo hemos apuntado en varias ocasiones, desde los tiempos en que el país era gobernado por el presidente Díaz Mori, los miembros de la curia católica mexicana estaban embarcados en el proceso para recuperar el poder económico y el político. El primero ya lo habían vuelto a consolidar gracias a la política de conciliación que en materia religiosa emprendió el antiguo soldado de la Reforma ya retornado, previa extorsión de que fue objeto, al carril de la Iglesia Católica. Sin embargo, los miembros de esta institución no paraban en pos de alcanzar el objetivo segundo.

Mediante un programa diseñado por el jesuita francés, Bernard Bergoen, daban pasos para alcanzar la meta. En 1912, vía el voto, obtuvieron escaños en la Cámara de Diputados y Senadores. Creyeron que las peras estaban maduras y apoyaron a un católico ferviente, el chacal Huerta, para cometer su felonía, pronto se darían cuenta de que su chamaco no era tan dócil y tuvieron que volver a empezar. Se opusieron a la Constitucion de 1917 y fracasaron, pero ello no los detuvo en su accionar, continuaron con su labor.

Llegaron los tiempos de la trinca sonorense y las relaciones entre los miembros de la curia y los integrantes de aquel trio no fueron del todo cordiales. Para entonces, a Bergoen se le había agregado el liderazgo carismático del arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco Jiménez. Pero, como en toda organización, no todos sus miembros se conformaban con ser subordinados y nunca faltan quienes aspiran a ser sus propios jefes y crear un coto de poder propio.

En ese contexto, en el mes de febrero de 1925, un par de curas rejegos quisieron pasar de la palabra a la practica y, el día 21, tomaron el templo de la Soledad ubicado en el Barrio de la Merced en la Ciudad de México. Usualmente, la narrativa histórica nos dice que el movimiento fue encabezado únicamente por un cura mexicano nativo de Oaxaca quien fuera antiguo capitán del Ejército Mexicano, José Joaquín Pérez Budar, mismo que a finales del Siglo XIX tuviera tratos con otro promotor del separatismo, el obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho. Sin embargo, por razones que desconocemos pero que nos hacen sospechar algo que usted encontrara si nos acompaña hasta el final de este escrito, poco se menciona que esa aventura, Pérez fue acompañado de otro sacerdote. Se trataba de un español, gallego originario de la provincia de Lugo, Luis Manuel Monje, cuyo nombre original era Manuel Hermida. Ambos encabezaron a un grupo de católicos que se hacían llamar Caballeros Guadalupanos, a cuyo frente estaba un denominado comendador, Manuel Ruiz, quienes tomaron posesión del recinto religioso  mencionado.. Echaron fuera al clérigo encargado del recinto, Alejandro Silva, y procedieron a proclamar la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, misma que se declaraba independiente de Roma. Asimismo, trataron de apoderarse de otros dos templos, La Palma y san Pablo, pero fracasaron en el intento.

Como era de esperarse, la acción cismática generó resistencias de los católicos tradicionales provocando enfrentamientos en donde hubo muertos y heridos. Ya sabemos que en asuntos relacionados con la interpretación de la fe es muy fácil que la razón se vaya de paseo y el fanatismo prevalezca en ambos bandos. Para lo noche del día 24, se empezaron a esparcir rumores de que los cismáticos iban a tomar la Basílica de Guadalupe. Ante ello, las autoridades desplegaron las fuerzas del orden para resguardar el edificio mencionado y evitar riñas.

La Iglesia Católica Apostólica Mexicana proclamaba varios puntos fundamentales para separarse de Roma. Se argüía que el dinero recibido vía limosnas debería de quedarse en Mexico y no ir a parar a las arcas del Vaticano. Demandaba que los servicios litúrgicos dejaran de darse en latín y fueran en lengua castellana. Se abolía el celibato, los fieles serían libres de interpretar la Biblia, no se cobrarían los servicios prestados por los clérigos tales como bautizos, matrimonio, misas, etc. Los miembros de la curia deberían de tener otras formas de obtener ingresos vía el trabajo en otras actividades. Como era de esperarse, la alta jerarquía eclesiástica no compartía tales medidas.

El día 25 de febrero, el arzobispo de México, José Mora y Del Río, lanzó anatemas a diestra y siniestra envueltas en un edicto. Era necesario parar aquello, no fuera a ser que prendiera y era mucho lo que e$taba en juego. En ese contexto, clamó que “nadie puede llamarse católico si se aparta, rechaza o desconoce la autoridad del pontífice romano y quien hace tal cosa es cismático, incurriendo en la excomunión; no sólo de la Iglesia Católica Romana que tiene autoridad para interpretar los libros sagrados y quien profese algún dogma sectario sera hereje y quedara excomulgado”. Acto seguido, prohibía a sus fieles que acudieran al templo de la Soledad o bien que aceptaran tomar alguno de los sacramentos de manos de los cismáticos.

Mientras el enfrentamiento prevalecía, las autoridades atendían a las partes en conflicto. El encargado de ello era el secretario de gobernación, Gilberto Toribio Valenzuela Galindo, quien recibía los puntos de vista de ambos. Pérez aseguraba que, originalmente, el sacerdote encargado del templo de la Soledad, Alejandro Silva, estaba de acuerdo en entregarlo, pero a última hora se arrepintió. Asimismo, afirmaba que el número de fieles adheridos a su movimiento iba en aumento. En igual forma, se hacia saber acerca de la reunión que se efectuó entre el auxiliar de la Mitra, Maximino Ruiz y Flores y cuarenta de los párrocos que laboraban en los templos diversos ubicados en la capital de la república. Acorde con los informes, se comprometieron a presentar al arzobispo Mora un documento con las firmas de todos los sacerdotes que operan en el país en el cual expondrían su rechazo a los cismáticos. Asimismo, se comprometieron a leer en el púlpito el Edicto de Excomunión emitido por Mora, mismo que referimos líneas arriba.

Mientras el secretario Valenzuela hacia un llamado a la serenidad evitando desperdigar rumores y noticias falsas. Asimismo, recalcaba que el gobierno estudiaba la posibilidad de entregar otro templo a los cismáticos a cambio de que abandonaran el de la Soledad. Por su parte, el sacerdote Pérez mencionaba que ya no tomarían otro templo. Ello, sin embargo, no permeaba hacia otros quienes continuaban con la sangre caliente como queriendo pelea. Se trataba de un grupo de carniceros y matanceros quienes estaban dispuestos a recuperar el templo de la Soledad para los católicos tradicionales. Cuando se aproximaron a las instalaciones, bastó con que los miembros del Cuerpo de Bomberos tomaran las mangueras y uno de los padres cismáticos se apareciera, pistola en mano, en la puerta del recinto para que los matarifes reconsideraran su actitud.

Cuando parecía que las cosas entraban en un proceso camino a resolverse, el secretario del interior de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), Salvador Álvarez, lanzó un manifiesto declarando el apoyo de esa organización a los cismáticos declarando que sus afiliados compartían las perspectivas de los rebeldes. Por su parte, el patriarca Pérez emitió un edicto excomulgando al arzobispo Mora. A la vez, corrían rumores de que cismáticos tomaron la catedral de Guadalajara, algo que resultó falso. Mientras tanto, en Pachuca, al enterarse de que cismáticos irían a tomar templos, millares de obreros fieles al catolicismo oficial se atrincheraron provocando que   al momento en que los pretendidos visitantes llegaron prefirieron irse por donde habían venido. Por su parte, en Puebla, se enviaron al gobernador de la entidad un paquete de hojas conteniendo las firmas de cincuenta mil católicos quienes se oponían al movimiento cismático. Al final de ese conjunto de legajos, se leía: “! ¡Poblanos, alerta! Preparémonos para defender con nuestra sangre la religión católica. ¡Viva el Papa!”

La Iglesia Romana, también, era defendida en las páginas de Excelsior en cuya editorial del 1 de marzo de 1925, abiertamente, establecía: “Imposible Iglesia Mexicana”. El editorialista afirmaba que las tentativas separatistas habían fracasado debido a “que sus autores no han contado con dos elementos que sustentan y dan vida a las religiones: un gran ideal que pregonar y una gran fuerza de convicción que imbuir en sus adeptos”. El escritor olvidó mencionar que nunca está de más si, adicionalmente, se tienen a la mano un látigo, una espada y un hierro candente elementos fundamentales para borrar cualquier duda de conversión. Tras de ello, señalaba la incapacidad de las Iglesias Protestantes para captar adeptos en número significativo. Asimismo, señalaba que no era justificante sustentar la rebeldía en tratar de impedir que se enviaran cantidades significativas de dinero a Roma. Enfatizaba que, gracias a la Iglesia Católica, Mexico contaba con “la religión, la moral y el arte que ahora existen… en conjunto, sólo la Iglesia Católica ha obtenido un éxito notorio, elevando el nivel moral y educativo”. En esto último ni quien lo dude, gracias a que la curia se encargó de la educación durante tres siglos, a principios del Siglo XIX, alrededor del 98 por ciento de la población mexicana era analfabeta. Editoriales aparte, de pronto en el entorno del movimiento cismático surgió algo inesperado.

El 3 de marzo, la prensa mexicana publicaba que el sacerdote Hermida o Monje ya se encontraba camino a Roma. Desde el 27 de febrero empezaron a circular rumores de que el susodicho había sido secuestrado. Eso, sin embargo, no era verídico, decidió arrepentirse y fue a refugiarse en la casa de un amigo en donde pleno de cargos de conciencia, se dedicó a escribir misivas. Acorde con lo publicado en Excélsior, el sacerdote afirmaba “que sí penetró al templo de la Soledad fue en un momento en que perdió la gracia de Dios y que se encuentra totalmente arrepentido de sus actos”. Asimismo, se afirmaba que “ha pedido la absolución del arzobispo de México, doctor, José Mora y del Río…y se preparaba para salir a Roma a fin de suplicar al Sumo Pontífice de la Iglesia que levante la excomunión dictada en su contra”. Pero había algo más.

Antes de irse, Hermida o Monje envió una carta autógrafa al director de Excélsior quien no estaba seguro de la autenticidad de esta y envió a uno de sus reporteros a tratar de verificarla. El encomendado fue a buscar al padre jesuita e historiador, Mariano Cuevas. Este le señaló que “el autógrafo remitido a Excélsior por el padre Manuel Monje es auténtico, después de la lectura del Edicto Diocesano en la misa del Rey en San Francisco, se acercó a mi un amigo intimo que me merece el más absoluto respeto y me confió la lectura de las cartas del sacerdote Monje en las que se retracta de sus actos heréticos, arrepintiéndose sinceramente de haber tomado parte en el movimiento cismático. La actitud de este sacerdote me parece muy en razón y espero que alcanzará el perdón de su falta”.

La misiva en cuestión estaba fechada el 28 de febrero de 1925 y en su texto se leía: “Sr. Dir. [director] del Excélsior. Mexico. Muy señor mío: Hago constar que me separe del movimiento iniciado contra nuestro Santo Padre, al que por desgracia coopere, retirando cuanto he escrito, según manifestaré en una oportunidad a mis únicos y legítimos superiores las autoridades eclesiásticas. Hasta el momento en que abandoné la Soledad de Santa Cruz, permanecía sin abrir el Camerin de la Santísima Virgen y el Sagrario en donde se guarda el de Jesús Sacramentado. Hago pública mi profunda pena por los males que he ocasionado a la Yglesia [en la “Y” aparece la mano jesuítica] Romana y a muchos fieles, error que Dios mediante repararé con el aliento de la gracia divina”.

Y, como por arte de magia, el nombre del Monje que resultó monaguillo empezó a alejarse de la narrativa del cisma, solamente Joaquín Pérez Budar se asocia con el evento que no terminaba con la huida-arrepentimiento de su socio. Sin embargo, el espacio se nos terminó y dejaremos, si usted decide acompañarnos lector amable, para la colaboración próxima continuar con esta narrativa de unos cismáticos a quienes por lo menos en eso de que la liturgia se impartiera en castellano el tiempo terminó por darles la razón.  Claro que en  lo de los asuntos de la fiducia todo sigue igual, o como dicen ellos “Ni lo mande El Altísimo…”.

Una duda nos queda sobre la actitud de Hermida o Monje: ¿Actuaria bajo directrices de sus superiores para probar la reacción de los feligreses cuando se les hacía creer que su religión peligraba? Recordemos que ya estaban en la etapa final, al año siguiente daría inicio, para instrumentar la reyerta inútil en busca de que el Estado Mexicano Moderno no se materializara.   Carecemos de elementos para emitir una respuesta en uno u otro sentido, pero la duda nos invade. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.14.46) Muy poca simpatía nos despierta el expresidente estadunidense, Michael Richard Pence, pero en esta ocasión la razón le asiste. Con los mullahs carniceros no se puede negociar en forma similar a como lo hizo el expresidente Barack Hussein Obama. Esos no entienden más que a punta de …, íbamos a escribir otra cosa, pero lo dejamos en acciones de fuerza.

Añadido (26.14.47) A los españoles les va a salir muy caro no deshacerse de Pedrito Sánchez quien con sus actitudes antisemíticas los está llevando al aislamiento. Aquí, en México, ya sabemos lo que cuesta tener gobernantes asumiendo posturas similares.

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