Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“No es vergonzoso cambiar de opinión: es vergonzoso cambiar de opinión por interés”. – Víctor Hugo.
En política hay gestos que definen trayectorias. Y hay otros que las exhiben. Lo ocurrido con el matrimonio legislativo integrado por Sergio Gutiérrez Luna y Diana Karina Barreras Samaniego durante la votación de la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo es uno de esos episodios que retratan con crudeza la lógica del oportunismo político.
Mientras el diputado veracruzano levantó la mano a favor de la iniciativa respaldando la postura de Morena, su esposa —integrante de la bancada del Partido del Trabajo— hizo exactamente lo contrario: votó en contra, alineándose con la posición de su grupo parlamentario. Un voto para quedar bien con la presidenta. El otro para no incomodar a la cúpula petista.
El episodio no es un simple desacuerdo doméstico trasladado al pleno legislativo. Es, en realidad, una radiografía del viejo gatopardismo político que tanto daño le ha hecho al país: aparentar cambios para que, en el fondo, todo siga igual. La llamada “operación cabuliña” aplicada con precisión quirúrgica: apostar en ambos lados de la mesa para no perder nunca.
En momentos donde un proyecto político como la llamada Cuarta Transformación exige definición, unidad y claridad de convicciones, lo ocurrido con esta pareja legislativa exhibe una preocupante ausencia de principios. Porque cuando se trata de decisiones de Estado —como una reforma electoral— no se vota pensando en las conveniencias familiares ni en los equilibrios de grupo. Se vota con convicción política.
Lo que vimos fue otra cosa: cálculo, acomodo y supervivencia.
La política mexicana ha conocido desde hace décadas a los “chapulines”, personajes que saltan de partido en partido buscando siempre el lugar más conveniente. Pero el episodio protagonizado por esta pareja añade una nueva variante: el chapulineo matrimonial, donde cada integrante del hogar se coloca estratégicamente en una posición distinta para que el apellido siempre quede del lado ganador.
El resultado, sin embargo, es el contrario al que quizá imaginaron. Lejos de mostrar habilidad política, el episodio termina exhibiendo una alarmante pobreza de definición ideológica. Porque cuando un político intenta quedar bien con todos, suele terminar quedando mal con la historia.

Y pensar que Sergio Gutiérrez Luna aspiró —y quizá aún aspire— a gobernar Veracruz. Gobernar implica tomar decisiones, asumir costos y sostener posturas con firmeza. Quien convierte el “chaqueteo” en instrumento de supervivencia política termina demostrando, más temprano que tarde, la fragilidad de su carácter.
De su cónyuge, Diana Karina Barreras Samaniego, la escena tampoco deja bien parada a la política. El intento de quedar bien con Dios y con el Diablo rara vez termina siendo una estrategia virtuosa; más bien suele convertirse en la evidencia de un pragmatismo sin brújula.
Morena y la llamada Cuarta Transformación enfrentan hoy un desafío mayor que el de ganar elecciones: depurar su propia clase política. Porque los movimientos que aspiran a transformar la vida pública no pueden permitirse cargar con personajes cuya principal virtud es acomodarse al viento del poder.
Y es que ni los viejos priistas —maestros históricos de las mañas políticas— se atrevían a ejecutar maniobras tan evidentes.
Al final, las chaquetas políticas siempre terminan por quedar a la vista de todos. Y cuando eso ocurre, ya no hay discurso que alcance para cubrirlas.
Al tiempo.
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