Joel Hernández Santiago
La mayoría de los mexicanos salieron en tropel. Al grito de “¡comienzan las vacaciones!” que es decir, comienza el ritual de la Semana Santa católica, días en los que se supone que son de abstinencia y ayuno, dejaron puestos de trabajo, oficinas, oficios, servicios…
Todo, para ir a donde se pueda y –si se puede- lejos del mundanal ruido, para entrar a otra dinámica, la del descanso físico y mental, la del encuentro con cada uno y con un mundo que a pesar de todos los pesares y como el tango dice: “gira-gira”.
Y no está mal que los seres humanos descansen luego de horas, días, semanas, meses de trabajo, de lucha, de presiones y tensiones en la vida cotidiana del que trabaja para vivir y para salir adelante, para tener casa-comida-sustento para sí y para la familia; para los seres queridos y para los seres amados.
Los ricos, de pipa y guante, pueden tomar vacaciones en cualquier momento, bajo cualquier pretexto, ya porque es verano, o porque es primavera, o porque el invierno les permite ir a esquiar a Suiza o más cerca, en Aspen o Vail en Colorado, EUA, el chiste es que ellos, potentados y sus familias potentadas y sus gustos potentados pueden ir a donde quieran en todo momento…
E incluso políticos que con recursos públicos pueden ir a lugares lejanos como Roma en Italia, Dubái, Japón, Israel, Londres, Palestina y viajar en aviones de primera en clase de primera con atención de primera y vida de primera, aunque la pague un pueblo al que le cuesta el sudor de la frente aportar para esa vida hecha de encanto y frenesí de los “representantes del pueblo”.
En la Semana Santa todo se mueve en el país mexicano. El comercio se incrementa. Los viajes por todas las vías se activan. El turismo aumenta sus carteras. Los cacos hacen de las suyas…
Y así en muchas partes del mundo, sobre todo en aquellos en los que el catolicismo impera y recuerda que estos días recuerdan que el año 33 de nuestra era ocurrió la crucifixión y muerte de Jesús y que por lo mismo, en memoria de aquel infausto acontecimiento, estos son días de abstinencia y ayuno.
En aquellos tiempos en los que este su amigo era un breve ser humano con apenas unos cuantos años de haber llegado a este ‘valle de lágrimas’, aquello del ‘ayuno’ era archiconocido, porque era parte de la vida conocida. Claro, no faltaba un plato de sopa en la mesa y carne los domingos, pero esto era aún más hondo y profundo durante la Semana Santa que en nuestros pueblos se tomaba y aun se toma en serio en muchos de ellos…
Esto es, a partir del Jueves Santo y el Viernes Santo nada se hacía, todo se detenía como por encanto. Nada de hacer quehaceres, nada de hacer labores, nada de lavar, o planchar o cocinar: todo era quietud y recato… (lo peor es que los niños no podíamos salir a jugar o hacer travesuras). Por supuesto había que ir a la iglesia esos dos días para asistir a las procesiones religiosas…
Y todo bien y acostumbrado hasta ahí… Pero había algo que no entendía este ser humano a los siete u ocho años: eso de “abstinencia… ¿Qué es eso de “abstinencia”? preguntab yo a mi yo mismo. Un día le pregunté a mis cuates que era eso: tampoco sabían; le pregunté al de la alfalfa y se hizo como que veía para otro lado; le pregunté al abuelo en un momento de osadía y el abuelo me mandó a ver si ya había puesto la marrana… Y así…
Muchos años después supe qué era eso de “abstinencia”… Y bueno… si. Son días de abstinencia y ayuno. Son días de guardar. Carlos Monsiváis publicó su libro “Días de guardar” en 1970 en el que retrató el México de contrastes entre tradición y la modernidad, examinando ídolos, la represión, la solemnidad del poder y la fe en la apariencia…
Pero, bueno, estos Días de Guardar ya han transcurrido. La mayoría de los viajantes comienzan a regresar a su cotidianidad, regresan a su día a día, pero con el recuerdo de lo vivido y lo feliz que puede ser el ser humano con tan sólo un poco de aire, sol, fiesta, alegría y olvido, sin memoria…
Por supuesto muchos mexicanos se mantuvieron en la línea de trabajo. Ya porque sustituyen fechas de vacaciones o porque prefieren percibir el sueldo adicional para los gastos personales y familiares, sobre todo en los días en los que la inflación hace más caros los productos de consumo básico, cuyo precio se ha incrementado de forma estratosférica debido a razones de mala administración pública, aunque se diga que es por la guerra en Irán.
[La inflación general en México durante la primera quincena de marzo de 2026 alcanzó una tasa anual del 4.63 por ciento, repuntando por encima del rango objetivo de Banco de México. Este nivel representa la cifra más alta registrada en los años recientes.]
Pero ya aquí, de nuevo en la talacha cotidiana. Y ya aquí para seguir atentos al devenir de nuestra vida individual y colectiva.
Ya listos para retomar el mensaje diario de Las Mañaneras en las que se nos dibuja a un mundo feliz, dechado de orden, progreso, seguridad y riqueza… Y en las que se polariza a la población de forma estratégica y en las que se protege a la secta Morena de todos sus pecados.
Ahí se dice que los mexicanos somos felices, aunque no sea cierto. Aunque bien se sepa que la inseguridad sigue allá afuera tan campante, como si nada, incrementada porque tuvo y tiene mucho tiempo de abrazos y no balazos; son de “gente buena que hace travesuras y a los que hay que acusar con su mamá o con su abuelita”, y a los que hay que tratar como humanos, hagan lo que hagan, porque –dijo AMLO cuando era presidente—“son humanos”.
Aunque no haya medicina en los hospitales públicos. Aunque el servicio público de salud sea un desastre y la educación sea la de más bajo nivel en muchos años y en donde… uhhhh…
Pero bueno, dicen ahí que somos muy felices los mexicanos. Está bien, y como dice Sor Juana: “Finjamos que somos felices”.