Columna de opinión
México de Cuauhtémocs y Andreas
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
En segunda voz de mi dilecto amigo, Pepe Newman, escribo estos trazos.
Hablas, mi Pepe, de la ley de la gravedad y de su gravedad, que en nuestro alrededor todo derrumba y repta. No cae más, aunque debiera. ¿Caen los asteroides infinitamente hasta que una estrella, un planeta, un satélite o un hoyo negro trunca su no destino?
Pero lo nuestro ya no es caer: caídos estamos. Tirados, bien dices, en el sentido de una persona despreciable que ha perdido la vergüenza; o de algo abandonado, sin ayuda: un trique, un trebejo. Algo, señalas, que nadie alza, dejado a su propio olvido: el cuerpo sideral deja de viajar, de tener cauda, de iluminar y surcar el infinito para convertirse en una piedra o en una huella hecha silencioso cráter. Eso somos hoy, un inmenso vacío.
Ahora que han vuelto a traer a la escena nacional a Cuauhtémoc, en la infausta versión de un futbolista mierda, recordamos, con la Conquista, al “águila que cae” y que, caída, le queman las plantas de los pies para que no solo ya no vuele, sino ni siquiera pueda caminar, condenada a arrastrase. Y esa es nuestra realidad hoy: somos águilas sin alas con pies de ceniza. Serpientes desplumadas, condenadas a reptar entre fosas clandestinas y campos de exterminio, entre excrecencias, gusanos y tumbas sin nombre ni recuerdo. Entre zapatos y mochilas como mudos testigos de una desaparición que se obstinan en negar, sin uso, sin mañana, sin ayer. Nuestros desaparecidos son la nueva versión de los ningunos de Paz: “no sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes (…) Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno”. Un ente sin entidad, peor aún, sin derecho a tumba, memoria, patria. Un zapato y mochila sin dueño.
Somos, hasta en tanto no nos desaparezcan, mexicanos sin México ni horizonte. Somos lo tirado, el diablo al que mandaron nuestras instituciones: somos su desaparición y olvido. Somos las medicinas que nunca llegan, la salud que nos burlan y birlan; la educación hecha botín, la justicia masacrada, la realidad alisada en mañanera y cola de caballo. Una tumba vacía y sin lápida, la madre patria rasgando la tierra con sus lágrimas y coraje en busca de sus hijos e hijas.
Todo en nuestro entorno, señalas, se derrumba, cae, repta. Algo peor, a la miasma se hace héroe, fuero y blazón: el “no está solo” a Cuauhtémoc Blanco es el segundo piso del “Es un honor estar con Obrador”. Corregido y aumentado en vivo y a todo color desde México para el mundo entero.
Lo nuestro ya siquiera llega a postración, que de suyo es una acción; lo nuestro es una castración que termina por desaparecernos en ningunos. Ningunos condenados a arrastrase hasta dejar el pellejo embarrado en las piedras, los huesos calcinados o los miembros esparcidos en un México transformado en un inmenso campo de exterminio, donde todos terminaremos siendo desaparecidos y nuestras huellas sean negadas por Noroña: “¿Quién dice que los zapatos son de desaparecidos?”
En todo caso, dicta desde Estrasburgo, serán de unos pedorros “ningunos”
Pero dices bien, mi Pepe, unos tiran y otros, los tirados, se alzan de hombros sin alzar siquiera la mirada.
Se equivocó López Portillo, querido Pepe, no nos convertimos en un país de cínicos: nos convertimos en un país de Cuauhtémocs Blancos y Andreas Chávez.
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