José Luis Parra
No es nuevo, pero tampoco es viejo: es constante. Y ahora que El Mayo Zambada decide abrir la boca ante la justicia gringa, la mugre comienza a escurrir desde los sótanos del poder hasta la alfombra del despacho más cercano al gobernador. Lo que siempre se sospechó ahora se perfila como una verdad judicializable: que en Sinaloa el narcotráfico no opera a pesar del gobierno, sino con él.
Según el testimonio del capo, su captura no fue una operación quirúrgica de inteligencia, sino una traición disfrazada de cumbre política. Lo citaron, dicen, a un cónclave entre dos rivales sinaloenses de la política: Rubén Rocha, actual gobernador morenista, y el asesinado Héctor Melesio Cuén. El primero nunca apareció.
El segundo apareció muerto.
La escena es digna de novela negra, pero escrita por notario público.
Fiscalías con trastienda
Como en el mejor de los thrillers judiciales, el guión tuvo que ser reescrito porque a la fiscalía local le dio por hacer trampa: intentó desviar la investigación del asesinato de Cuén con una narrativa de kindergarten, negando el contexto, el lugar, y sobre todo, a los verdaderos autores. Tuvieron que venir los federales a corregir la plana y desmantelar la telenovela local, esa donde los narcos no existen y los muertos se mueren solos.
¿Y qué encontró la FGR? Que personajes del entorno de Rocha están conectados por líneas finas —y algunas bastante gruesas— con el Cartel de Sinaloa. Que policías estatales y municipales operaban como escoltas, mensajeros, y, cuando había suerte, hasta como desaparecidos.
El capo lo dijo claro: sobornos a políticos, policías y militares. Nadie se escapa del cochinero.
Rocha: versión 4T con licencia priista
El gobernador Rocha, cobijado por su partido y arropado por la inercia de una 4T que ya ni se molesta en disimular, ha negado todo. Dice que no sabía. Que no fue. Que le dijeron. Pero ahí están los nombres: José Rosario Heras, Rodolfo Cháidez. Ahí están los vínculos, y sobre todo, ahí están los silencios.
Y como si hiciera falta confirmarlo, el propio secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, salió a aclarar que los malos eran de abajo, no de arriba. “Los sobornados son locales”, dijo, como si eso fuera un alivio. O como si lo local no contara para la impunidad.
Crimen con credenciales
La historia, por supuesto, no empieza con Rocha. Desde que el “Jefe de Jefes”, Miguel Ángel Félix Gallardo, fungía como padrino en bodas de hijos de gobernadores priistas, el narco y la política sinaloense han sido como compadres en domingo: inseparables.
Jesús Antonio Aguilar Íñiguez, por ejemplo, fue prófugo, torturador, fichado y luego premiado con un puesto de alto nivel por un gobernador que decía que no se puede combatir al crimen “con blancas palomas”. Y tenía razón: él prefería halcones.
Hoy, los mismos nombres siguen apareciendo, bajo otros cargos, en nuevas investigaciones. El patrón se repite. Es hereditario.
Y si canta el Mayo…
Si el Mayo decide soltar más nombres, se van a acabar las butacas en la Corte de Nueva York. Porque este testimonio no solo pone en jaque a Rocha y sus aliados. También podría voltear la mirada hacia el pasado priista, el PAN calderonista y hasta la supuesta limpieza morenista.
El narco es transversal, dijo un especialista. Y sí, también es sistémico, estructural, operativo y diplomático. Porque para que las toneladas de droga crucen fronteras durante décadas, se necesitan más que sicarios y mulas: se necesitan aduanas, generales, jueces, ministros, asesores, diplomáticos.
Y uno que otro embajador.