NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
La indignante, reprobable, vergonzosa reyerta protagonizada ayer por el dirigente nacional del PRI, Alejandro (Alito) Moreno Cárdenas y el ahora ex presidente de la Comisión Permanente del Senado, Gerardo Fernández Noroña ha mostrado a México frente al mundo como un país con un gobierno en decadencia y una clase política impresentable.
En los medios globales los políticos mexicanos mostraron esa bajeza y miseria moral, que en el día a día cierra la puerta al ejercicio de la política en su mejor acepción, y desprecia la inteligencia y cordura que deben imperar en el histórico escenario del Senado de la República. En el olvido el legado de los próceres que está inscrito en el mismo centro del que debiera ser la más alta tribuna de la conciliación de todas las voces del país: “La Patria es Primero”.
Para nada, Morena, el partido del gobierno, centra su atención y sus acciones en mantener, a cualquier precio, la mayoría que garantice la mayoría de los Senadores para apoyar al poder ejecutivo a cargo de la señora Sheinbaum, quien también se ocupa en someter con maniobras excecrables al Poder Legislativo, para mantener incólume el objetivo de la 4-T de convertir a México en una dictadura autocrática, semejante a Cuba, Nicaragua o Venezuela.
El escenario nacional da grima. De verdad estremece el corazón ver la manera que se construye el llamado “segundo piso de la 4-T”. Los protagonistas de la vergonzosa reyerta, los dos principales, tienen la marca de la actual clase política mexicana.
Noroña, es una de las principales figuras del obradorismo, polémico, histrionico, cínico y bravucón, sigue en el ojo del huracán político con la polémica por su súbito enriquecimiento, sus viajes opulentos y escandalosos y la adquisición de una residencia veraniega en Tepoztlán, Morelos, cuya legalidad está en duda por haber sido levantada en terrenos comunales, propiedad de campesinos morelences. Alejandro Moreno, “Lito”, no es émulo de la Madre Teresa de Calcuta.
Su desempeño como gobernador de Campeche, mostró su paupérrimo acervo político y cultura. También apareció como nuevo rico, propietario de una opulenta mansión, tasada en millones que no coinciden con sus ingresos como gobernador. El resto de los personajes en la escena es igual. El horizonte es ominoso. Parece el Teorema de Pitágoras, complicado para quienes no saben geometría, pero fácil para quienes la conocen.
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