José Luis Parra
El viejo Pablo Gómez, ese sobreviviente de mil asambleas y revoluciones de café, volvió al quirófano. Esta vez, con bisturí institucional, pretende recortar 132 plurinominales y achicar el presupuesto de los partidos políticos en un 20%. Como si la democracia fuera una camisa holgada que de pronto, por decreto, hay que entallar.
El proyecto, presentado en privado en Segob —porque los grandes cambios siempre empiezan en lo oscurito— fue digerido por el dream team de Sheinbaum: Zaldívar, Jesús Ramírez, Lázaro Cárdenas y Rosa Icela. Faltó la señora presidenta, pero mandó a los suyos. En política, el silencio también vota.
Lo que Pablo propone no es nuevo. En 2019, el PVEM ya había sacado la tijera y Morena quiso llevarla al extremo, proponiendo un recorte del 50%. El PT se asustó y se bajó del juego. Hoy, la misma película pero con nuevos actores y una urgencia: dejar listo el terreno para 2027.
¿Y los partidos chicos? De uñas. El Verde dice que sí, pero solo si hay “piso parejo”. Si no, se extinguen. Porque en un sistema donde el dinero se reparte por votos, el que tiene más votos tiene más dinero. O sea, Morena.
En la lógica reformista del obradorismo, menos es más. Menos senadores, menos diputados, menos lana. ¿Y más democracia? Esa está por verse.
El proyecto contempla que a partir de 2030 desaparezcan los 32 pluris del Senado. En San Lázaro no se sabe si el ajuste aplicará en 2027. ¿Y el INE? Bien, gracias. Porque la joya de la corona sigue siendo su Consejo General. Ahí donde Sheinbaum ya afiló el lápiz para renovar tres asientos en abril.
¿Serán electos por voto popular? Nadie lo sabe. Pero si algo está claro es que la presidenta quiere consejeros obedientes, no independientes.
Después de la reunión técnica en Segob, el combo de coordinadores se fue a Palacio. No para descansar, sino para revisar la agenda legislativa con la presidenta nacional de Morena, Luisa María Alcalde, y la consejera jurídica Esthela Damián.
Sheinbaum, dicen, solo tocó los temas de rutina: abuso sexual, delitos ambientales, fuero constitucional. Nada de alto voltaje. Para eso tiene a Pablo y sus bisturíes.
Monreal, ya en modo patriarca institucional, confirmó que el miércoles se entrega el primer borrador de la reforma. El mismo día en que medio país verá otro distractor en forma de mañanera.
No importa si eres Morena o Verde, el verdadero pleito es por el pastel. Más de mil millones de pesos en prerrogativas. Dinero gratis, disfrazado de democracia. Negocito limpio, sin inversión. Y si además controlas al árbitro, ni cómo perder.
Por eso todos se mueven con cautela. Los partidos chicos exigen igualdad porque saben que si Morena se queda con la mayor parte del botín, la extinción no será una metáfora.
Hay quien dice que hasta el crimen organizado ya entendió que tener franquicia política es mejor que traficar armas o drogas. Menos riesgo, más utilidades.
En esta reforma nadie defiende la representación. Todos discuten dinero, curules y cuotas. Y en ese contexto, la democracia mexicana deja de ser un ideal y se vuelve una franquicia: la puedes comprar, arrendar o hipotecar.
Lo que Pablo propone no es una cirugía menor. Es una amputación controlada, que busca quitar grasa… y dejar músculo ideológico. Porque en el fondo lo que quiere el régimen es que el nuevo sistema electoral funcione sin contrapesos. Sin oposición real. Sin voces incómodas.
Pero como toda cirugía, hay riesgo de hemorragia.





