José Luis Parra
La política energética de México, si aún le queda algo de eso, acaba de recibir otro golpe. Y esta vez no vino de la oposición, ni del Fondo Monetario Internacional, ni de algún recorte de Fitch o Moody’s. Vino desde Mar-a-Lago, con peinado amarillo y acento de reality show.
Donald Trump lanzó una bomba geopolítica que, si se concreta, puede desangrar a Pemex: las grandes petroleras podrán volver a hacer negocios en Venezuela. Así, sin más. Eso implica que las reservas más grandes del continente volverán a estar al alcance de quienes tienen capital, tecnología y hambre de crudo.
Y Pemex, como siempre, con hambre… pero de efectivo.
Nadie quiere jugar con Pemex
Víctor Rodríguez, nuevo capitán de ese Titanic llamado Pemex, cerró el 2025 con un par de movimientos quirúrgicos: quitó a un operador de Octavio Romero y le cedió a los británicos de Harbour el campo Zama. ¿Y los grandes jugadores? Brillaron por su ausencia. Nadie serio quiso entrarle al show.
Ahora se entiende por qué.
Si tienes que escoger entre meterte al desorden financiero de Pemex o explorar bloques en Venezuela con respaldo gringo, la elección es tan sencilla como llenar el tanque en la frontera: más barato, más rápido, menos problemas.
Y no es el único competidor. Perú, ese país donde los presidentes duran menos que una promoción en Soriana, acaba de abrir su petrolera estatal a los privados. Con crisis y todo, ofrecen garantías que en México suenan como ciencia ficción: seguridad jurídica, participación real, reglas claras. Por eso hasta los más románticos están mirando hacia los Andes y no hacia Dos Bocas.
Refinar promesas
El gobierno de Claudia Sheinbaum no ha podido con el paquete. Pemex sigue sin ser autosuficiente, estancado en una producción de 1.6 millones de barriles diarios. La meta es 1.8. Y a este paso, quizá la alcancen en el próximo sexenio… venezolano.
La refinación tuvo su “mejor” año desde 2016. Lo malo es que quedó 5% abajo de la meta y sigue siendo un negocio que pierde dinero por cada barril procesado. Sí, Pemex se supera: cada vez pierde más, más rápido.
Y eso sin mencionar la deuda.
La deuda, ese pozo sin fondo
Pemex arrastra una deuda total de más de 100 mil millones de dólares. De esos, 26 mil millones vencen entre 2026 y 2027. A eso se le suman más de 500 mil millones de pesos que debe a proveedores. Medio billón que se prometió pagar en 2024. ¿Y qué creen? Pues eso: promesas.
El problema ya no es solo financiero. Es geopolítico, competitivo, estructural. Pemex ya no es el centro de la discusión energética en América Latina. Es un estorbo con historia gloriosa y presente patético.
El mundo avanza, Pemex se endeuda
Mientras el planeta se reacomoda y los capitales huelen sangre fresca en Venezuela y Perú, nosotros seguimos vendiendo la ilusión del “rescate de Pemex” como si fuera 1976. Los grandes inversionistas ya decidieron: México no es negocio. Y lo que no es negocio, se abandona.
La pregunta es cuánto tiempo más aguantará el gobierno mexicano fingiendo que Pemex es una palanca de desarrollo y no una piedra en el zapato. Porque cuando las petroleras internacionales se acomoden en Caracas y Lima, será tarde para convencerlas de que aquí también hay petróleo.
Pero eso sí: con discursos no se llena un barril.





