El Ágora
Octavio Campos Ortiz
Más allá de los planes de la A a la Z en materia electoral, de la intentona gubernamental por garantizar per secula seculorum un Congreso a modo -como las abyectas Cámaras de hoy-, y de pretender el control de los comicios desde el Ejecutivo -así se hacía en Gobernación-, el sistema pluripartidista mexicano enfrenta un reto que puede definir el futuro de nuestra imperfecta democracia.
Sabido es que todos los institutos políticos han menoscabado la confianza ciudadana, que el electorado ya no cree en las incumplidas promesas de campaña y a pesar de todo asiste a la cita en las urnas, aunque cada vez en menor número. El abstencionismo es el verdadero triunfador de los comicios, lo que favorece las apetencias del gobierno en turno para legitimar fraudes electorales.
La apatía social tiene su justificación. Los partidos políticos perdieron su esencia y función política. Abandonaron sus plataformas ideológicas y declaración de principios y aunque es acción básica de esas organizaciones buscar el poder, el verdadero partido lo hace para presentar un plan de gobierno que, como decía el alcalde madrileño Tierno Galván, resuelva los problemas ciudadanos.
Pero ahora acceden al poder por el poder mismo. Institutos políticos sin posiciones ideológicas se han convertido en agencias mercenarias, membresía de corruptos, mercachifles de la política, militancias sin escrúpulos y coaliciones convenencieras que (Groucho Marx dixit) tienen unos principios, pero si no gustan, tienen otros. Mientras tanto, el elector es rehén de esos remedos de representantes populares que, además de engañarlos con falsa promesas, los han convertido, mediante el clientelismo electoral, en una masa amorfa acostumbrada a las dádivas presupuestales, disfrazadas de programas sociales, y ahora solo extienden la mano para recibir dinero y normalizar la pobreza como destino manifiesto.
A pesar de todo, el electorado les da una nueva oportunidad, no a través de reformas que solo buscan concentrar el poder en torno de una presidencia omnipotente y sepultar la división de poderes. El problema no es el número de legisladores ni de pesos y centavos -la democracia no debe ser un sistema de vida barato-, sino rescatar la esencia de los partidos políticos. Nuestro sistema pluripartidista debe recobrar la geografía ideológica, abrirse a todas las voces y escuchar las demandas populares para resolver los grandes problemas nacionales. Los partidos tienen que abandonar las prácticas chantajistas, acabar con las rémoras, el chapulineo militante, la abdicación de la verdadera representación popular.
El pluripartidismo demanda el fortalecimiento de las estructuras políticas para convertirse en gestores de la sociedad y actores del bien común. Algo que daña al país y a la democracia es la pulverización opositora. Los nuevos partidos, algunos creados por el propio sistema, no favorecen a los ciudadanos y solo propician el empoderamiento del partido hegemónico, antítesis de la democracia. No pueden ser obtusos los institutos políticos; deben sacrificar sus intereses personales o de camarilla y pensar en ser verdaderos representantes populares, no siervos del poder ni ambiciosos del beneficio propio. No defrauden, nuevamente, al electorado.
Apostilla: El cáncer cervicouterino -enfermedad previsible-, es la segunda causa de mortandad en México, después del cáncer de mama. Se diagnostican 10 mil trescientos casos al año en nuestro país. La enfermedad cobra la vida de cinco mujeres cada dos minutos en el mundo. Por ello la oncopatóloga del ISSSTE, Ana Karen Soto Sañudo, y el maestro en bioética de BD -empresa multinacional de tecnología médica-, urgieron en la necesidad de encontrar en la prevención y la aplicación extendida del tamizaje la fórmula para atacar el cáncer cervicouterino.
Demandaron la aplicación de la vacuna en la población de niños de los once años en adelante y hacer énfasis en el segmento de las mujeres entre los 25 y 45 años. En Dinamarca, el esquema de vacunación ha tenido eficacia en el 96 por ciento de los inoculados.
Asimismo, pidieron avanzar en la aplicación de pruebas de tamizaje para la detección oportuna, ya que, en los casos del desarrollo de la infección y las complicaciones oncológicas, el Estado invierte hasta seis millones de pesos en cada paciente. Recomendaron profundizar en la cultura de la automuestra -en regionales rurales o zonas alejadas de centros oncológicos-, para incrementar la prevención, esquema de salud que funcionó en Colombia.





