Juan Luis Parra
Donald Trump dice que Estados Unidos se va a quedar con Groenlandia “por las buenas o por las malas”. Una isla con más osos que personas, con bases militares norteamericanas desde los años 50, y perteneciente a un aliado de la OTAN. Pero aun así la quiere. Porque sí. Porque puede. O porque le gusta ver el mapa más grande.
Si así actúa con un bloque de hielo, imagínate con México.
Groenlandia es el ejemplo perfecto del delirio de poder: recursos minerales bajo una capa absurda de permafrost, casi sin carreteras, infraestructura mínima, temperaturas de -40°C, una población diminuta y dependiente del dinero danés. Un lugar que a nadie le importó demasiado… hasta que se volvió útil como discurso de “seguridad nacional” y pieza en el ajedrez del Ártico.
La ruta ártica se abre por el deshielo, Rusia y China la explotan, y Washington dice que necesita Groenlandia para poner radares, vigilar misiles y no quedarse atrás. El problema es que todo eso ya lo tiene: la base de Pituffik está ahí desde 1951, con radares apuntando al cielo, montada con permiso de Dinamarca, miembro disciplinado de la OTAN. Estados Unidos no necesita comprar la isla para seguir haciendo exactamente lo que ya hace.
Entonces, ¿qué quiere Trump en Groenlandia? Atajos en el mapa, símbolos de grandeza, un capricho geopolítico que excite a sus votantes.
Una mezcla de teatro, nostalgia imperial y marketing personal.
Ahora bien: si ese es el nivel de obsesión con un trozo de hielo, ¿qué crees que quiere de México?
El diálogo con México se intensifica.
Llamadas, contactos, mensajes constantes. Marco Rubio hablando con el canciller Juan Ramón de la Fuente. El embajador estadounidense moviéndose con comodidad entre funcionarios del nuevo gobierno.
Mucho teléfono. Mucha discreción. Nada de ingenuidad.
En la mesa de análisis de Aristegui se planteó sin dramatismo, pero con claridad: no es solo diplomacia rutinaria. Es presión política. Washington exige resultados concretos en seguridad y drogas, y quiere asegurarse de cómo, con quién y bajo qué mando se obtienen.
Anabel Hernández apenas lo mencionó, pero bastó: más que cooperación, se perfila un esquema donde Estados Unidos marca prioridades y México administra las consecuencias. Listas, advertencias implícitas, expedientes que pesan. No como amenaza abierta, sino como recordatorio permanente.
El paralelismo con Groenlandia es incómodo. Allá, Trump habla de “necesidad estratégica” para justificar algo que ya controla. Aquí, el discurso es similar: seguridad compartida, responsabilidad conjunta, urgencia binacional. En ambos casos, el resultado apunta al mismo lugar: mayor margen de decisión para Washington.
México, por su parte, insiste en el lenguaje de la soberanía. Lo repite. Lo subraya. Lo defiende en el discurso. Pero al mismo tiempo acepta dinámicas que reducen su capacidad de maniobra, confiando en que la narrativa alcance para equilibrar la balanza.
Trump no quiere anexar México ni comprar Groenlandia en serio. Eso sería demasiado explícito. Lo que busca es algo más simple y más eficaz: influencia sin ruido, control sin firma, obediencia sin declaratoria.
La pregunta, entonces, no es qué pretende Trump. Eso es bastante claro.
La pregunta es cuánto está dispuesto México a normalizar mientras asegura, una y otra vez, que todo está bajo control.





