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Se iniciaba la era de aquel López quien nos sumió en el atraso durante las dos décadas por venir

Redacción Por Redacción
30 agosto, 2025
en Rodolfo Villarreal Ríos
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Rodolfo Villarreal Ríos

 

Como si se tratara de la canción de Sabina, “…y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres …” excepto que no era la noche-madrugada, sino la mañana-tarde y mucho menos se suscitaba lo que sigue en la canción, las musas no llegaban y continuábamos sin encontrar tema para esta colaboración. Estábamos a punto de desistir y, por esta semana, dejarlos descansar de nuestros artículos. De pronto, sin embargo, en nuestro cerebro resonaron las palabras que don Rafael nos dijera con voz apenas audible, aquel 21 de marzo de 2014, “no dejes de escribir…”. Ante ello, recapacitamos y nos fuimos a los archivos.

No paramos hasta encontrarnos con los acontecimientos que se suscitaron en 1833-1834 cuando el país buscaba su camino hacia el futuro, pero se le atravesó un López y terminaría por mantenerlo en el retraso durante poco más de dos décadas. Hasta escalofrío nos da solamente de pensar que uno de apelativo similar ya lleva siete hundiéndonos en situación similar. ¿Faltaran cuando menos trece? Pero dejemos de lado pensamientos ominosos y vayamos a la revisión de la historia.

Apenas despuntaba el año y el país ya estaba inmerso en el proceso por definir quien habría de ocupar la presidencia de la república. Dado que, desde entonces, ya se contaba con un buen número de crédulos, unos de gratis, y otros bien aceitados. En la publicación El Fénix de la Libertad, surgían las voces clamando que “los irreconciliables enemigos de las instituciones trabajan infatigablemente por dividir a la nación…bajo el celo del bien público siembran la desconfianza y fomentan rivalidades peligrosas. Con respecto a la primera magistratura han divulgado anécdotas injuriosas a los que han combatido por la santa causa de la libertad”. Mantengamos presente que eso fue escrito el 19 de enero de 1833, no vaya a creerse que algún texto servidor realizó un viaje en el tiempo.

Pero ese plumífero tenía el tintero lleno y no paraba ahí. Apuntaba que contrario a lo que algunos afirmaban en cartas particulares, en su opinión, “Antonio López De Santa Anna y Valentín Gómez Farias, deben de ser los candidatos de los liberales para la presidencia y vicepresidencia de la federación”. Tras de enumerar los triunfos militares del primero, mencionaba que es “un ciudadano que ha arriesgado la vida en las batallas, ha sostenido la causa nacional, y que en todas las ocasiones ha sabido sacar triunfante la causa del pueblo, es digno de que se le confíe la primera magistratura”. Hasta parece que hablaban de otro López. En lo referente a don Valentín, le reconocía su defensa en pro del sistema federal. Cualquiera con el mínimo conocimiento de la historia sabrá dilucidar que elogio es verídico y cual es falso.

Finalmente, el 1 de abril de 1833, López De Santa Anna resultó electo presidente de la república.  Tomó posesión el 16 de mayo, pronunciando un discurso en el cual se comprometía a respetar la Constitución de 1824. Sin embargo, poco duró al frente de la presidencia y, el 3 de junio, solicitó licencia y emprendió camino rumbo a su hacienda “Manga de Clavo” en Veracruz, el antecedente de la finca chiapaneca de nuestros días. Ya sabemos que aquel López eso de someterse a los rigores que implica ejercer el gobierno no se le daba, lo de él era jugar gallos o andar en campaña militar, igual que el otro quien prefiere la campaña electoral perpetua o ser el poder tras el trono. Sin embargo, en aquellos días quien sustituyo al retirado no tenía espíritu de marioneta.

Al momento en que el Congreso lo nombra para ascender de vicepresidente a presidente, Valentín Gómez Farias decidió actuar conforme a sus convicciones de Liberal auténtico, él sí lo era no como la veleta que descansaba bajo los aires jarochos. Sin embargo, no lo hizo inmediatamente ya que, para el 18 de junio, López regresó a la presidencia en donde permaneció hasta 5 de julio. A partir de ese momento, Gómez Farias decidió aprovechar el tiempo, desconocía cuando López habría de volver, así que manos a la obra y con el objetivo de lograr la equidad ante la ley para todos los ciudadanos, promovió algunas reformas.

Entre ellas, destacaban un conjunto de disposiciones relacionadas con la perdida de los fueros por parte de los miembros de la milicia y la curia. Además de ello, estableció la secularización de las misiones de la Iglesia Católica en la Alta y la Baja California. En cada misión, habría una parroquia atendida por un miembro del clero secular al cual se le asignarían entre dos y dos mil quinientos anuales a juicio del gobierno. Además, “estos curas párrocos no cobrarán ni percibirán derecho alguno en razón de casamientos, bautismos, entierros, ni bajo otra cualquiera denominación”. En igual forma, se precisaba que, por cada parroquia, el gobierno establecería un cementerio fuera de la ciudad. A los párrocos nuevos, el gobierno les apoyaría, junto con sus familias, con el trasporte gratuito para los que se trasladaran por mar.

Para quienes iban por la vía terrestre era posible que les suministrara entre cuatrocientos y ochocientos pesos. Asimismo, aquellos que no hubieran jurado la Constitución podrían recibir entre doscientos y trescientos pesos para costear su viaje fuera del país.    Más tarde, el 16 de abril, de 1834, se emitiría la disposición para secularizar las misiones en toda la república.   Asimismo, se quitaba la imposición de cubrir el diezmo indicándose que “cesa en toda la República la obligación civil de pagar el diezmo eclesiástico, dejándose a cada ciudadano en entera libertad para obrar en esto con arreglo a lo que su conciencia le dicte”.  Para la curia, esas eran medidas dictadas desde el averno. Para don Valentín, sin embargo, las anatemas sonaban como campana sin badajo y decidió continuar.

A través de su secretario de justicia, Andrés Quintana Roo, el gobierno de Gómez Farías dictó una tercia de disposiciones más.  Una de ellas estaba relacionada con evitar la participación de los clérigos en los asuntos políticos, estableciendo “que los eclesiásticos no toquen en el púlpito materias políticas en pro, ni en contra de los principios de la Administración Pública”.   La otra se refería a la derogación de “las leyes civiles que imponen cualquier género de coacción, directa o indirecta, para el cumplimiento de los votos monásticos”.

Una tercera tenía que ver con el hecho de que “no se han debido ni podrán ocupar, vender o ena[j]enar de cualquiera manera, los bienes raíces y capitales de manos muertas existentes en toda la República, hasta que por la resolución pendiente del Congreso General no se determine lo que haya de hacerse en esta materia”.   No obstante que estas medidas tenían un impacto significativo sobre la Iglesia Católica, no eran todas. Aún quedaban asuntos por ordenar y los Liberales estaban ciertos de que la Independencia no se había obtenido para seguir replicando el modelo retrogradas.  En ese sentido, entre el 21 y 26 de octubre de 1833, el gobierno mexicano dictó cuatro disposiciones trascendentales para fincar una educación laica.

El día 21, fue publicado un bando en el cual se indicaba: “se autoriza al gobierno para arreglar la enseñanza pública en todos sus ramos, en el Distrito y Territorios”.  Dado que ello no podía darse sin que se le proporcionaran recursos, se aprobaba que se creara “un fondo de todos los que tienen los establecimientos de enseñanza actualmente existentes, pudiendo, además, invertir en este objeto las cantidades necesarias”.   Con eso, se marcaban los lineamientos que en ese ramo podían seguirse en todo el país.

Aunado a lo anterior, en la misma fecha, la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública daba un giro a la forma en que la educación había sido impartida en México desde los tiempos de la Colonia. Mediante un decreto, se anunciaba que se suprimía “la Universidad de México, y se establece una Dirección General de Instrucción Pública, para el Distrito y Territorios de la Federación”. En el mismo documento, se mencionaba cómo funcionaría dicha dependencia y cuáles serían sus funciones específicas, además de especificar la forma en que habrían de manejarse los recursos pecuniarios destinados a la educación.  En las palabras del historiador Alfonso Toro esta medida “daba un golpe mortal a la caduca Universidad de México que había sido baluarte…en que se conservaran métodos, doctrinas, costumbres y prejuicios de las universidades españolas…”.

Para sustituir a la universidad, el 26 de octubre, se decretó la creación “de seis establecimientos de instrucción pública” en las que se cursarían: Estudios Preparatorios; Estudios Ideológicos y Humanidades; Ciencias Físicas y Matemáticas; Ciencias Médicas; Jurisprudencia; y, Ciencias Eclesiásticas. Para cada una de ellas se especificaban planes de estudios, grados que se conferirían, calendario de actividades y disposiciones administrativas.  Asimismo, se creó la Biblioteca Nacional Pública a partir de los volúmenes que antes estaban en los estantes del Colegio de Santos y la Universidad. Todo lo anterior, sin embargo, quedaría en un enunciado si no se fundamentaba el sustento del proceso educativo. En ese sentido, se propuso la creación de escuelas primarias en el Distrito Federal, así como la escuela normal para formar a los maestros futuros que habrían de atender esos centros escolares.

Como era de esperarse, la jerarquía católica expresó su descontento y consideró tales medidas como un insulto. Aunado a ello, los miembros del ejército, también, se revelaron en contra de la pérdida de su fuero.   En medio de esa inconformidad, López De Santa Anna decidió dejar su retiro y retornar para apoltronarse en la silla presidencial, al tiempo que se convierte en socio de los inconformes. De esa manera daba el paso inicial para constituirse, ahora sí en firme, en el santo patrono de la machincuepa política e instaurar el culto a la misma. Hemos de apuntar que, desde entonces hasta nuestros días, esa una organización ha sido capaz de aglutinar un número considerable de adeptos, todos poseedores de una calidad moral similar a la de su santo patrono. Para que nadie les cuestione su membresía, hacen cualquier cosa con tal de que se les reconozca que ellos, siempre, actúan conforme a sus conviccione$. Dejemos divagaciones esotéricas que en nada inquietan a los hijos de la machincuepa y volvamos al pretérito.

El 25 de abril de 1834, López De Santa Anna retornó al cargo y brotan adhesiones en torno a él y en defensa de la fe católica. En ese sentido, durante mayo, hubo cuatro pronunciamientos. Fueron el resultado de la labor desarrollada por la curia que tomó ventaja de las inconformidades prevalecientes entre los integrantes de la milicia y juntos lanzaron proclamas diversas. La primera de ellas surge entre los miembros de la guarnición de Puebla encabezada por el inspector de la milicia cívica, José Mariano García Méndez, quienes “ratifican solemnemente el juramento que tienen prestado, de sostener ilesa y sin tolerancia de otra alguna, la religión católica, apostólica, romana que adoptaron la nación y el Estado…”.

Posteriormente, en Jalapa, Veracruz, la tierra natal de López De Santa Anna, una junta popular compuesta por la mayoría de los miembros del ayuntamiento, el párroco del lugar y el comandante de la sección militar, lanzaron un manifiesto. En este documento, reconocían “como protector de la religión católica apostólica romana al Excmo. Sr. General presidente de la república D. Antonio López De Santa- Anna” a quien “se le suplica… que en uso de sus facultades inicie a las cámaras de la unión la revocación de todos los decretos que intenten contrariar la religión que profesamos”.

Un tercer documento en defensa de la religión católica fue emitido en Oaxaca. Ahí, los jefes y oficiales de la guarnición militar, junto con algunos ciudadanos, clamaban que estaban en peligro de perder su religión.  Por ello, no dudaban en “adoptar el plan, que para el sostenimiento de la religión católica, apostólica, romana y de nuestra Constitución, se promulgó en Puebla el día 11 del presente mes”. En ese contexto, procedían a “proclamar al heroico General Santa-Anna por sostenedor de nuestra religión y libertades patrias”. Basado en esto, no dudaban “en oficiar atenta y sumisamente al Excmo. Sr. presidente de la república, poniéndonos a sus respetables órdenes, para que como nos ha librado tantas veces del despotismo, nos libre de la irreligiosidad”.

Un cuarto edicto, llamado Plan de Cuernavaca, fue lanzado por Ignacio Echeverria y José Mariano Campos quienes decían hacerlo a nombre de los vecinos y el ayuntamiento de ese lugar. Argüían que las reformas dictadas, el año anterior, por el gobierno federal y aprobadas por los legisladores llevaron al país a una situación de caos y desorden.

Ante dicha situación, era necesario que se apliquen remedios exactos y positivos que basten a calmar los males y destruir la existencia de las logias masónicas, que producen el germen de las divisiones intestinas. [En consecuencia] la villa de Cuernavaca, animada de las más sanas intenciones, y con el deseo de abrir una nueva era, [expresa] que su voluntad está en abierta repugnancia con las leyes y decretos de proscripción de personas, las que se han dictado sobre reformas religiosas, la tolerancia de las sectas masónicas y con todas las demás disposiciones que traspasan los límites prescritos en la constitución general y en las particulares de los Estados. [Ante eso,] el pueblo declara, que no han correspondido a su confianza los diputados que han tomado parte en la sanción de las leyes y decretos referidos; y espera que así ellos, como los demás funcionarios que se han obstinado en llevar adelante las resoluciones de esta clase, se separen de sus puestos y no intervengan ni en contra ni en favor de esta manifestación hasta que la nación representada de nuevo se reorganice conforme a la constitución y del modo más conveniente a su felicidad.

Como muestra de que no lo dejarían solo, los firmantes del Plan apuntaban “que para sostenimiento de las providencias que dicte el Excmo. Sr. presidente…, se le ofrece la eficaz cooperación de la fuerza que tiene aquí reunida”. Dado que el presidente deseaba dar una muestra de cooperación hacia el clero, el 23 de junio de 1834, decretó la suspensión de las leyes del 17 de diciembre y 22 de abril, indicando que eso duraría hasta que se reuniese el Congreso. De igual manera decidió dejar sin efecto lo concerniente a “la ejecución de la pena de expatriación y ocupación de temporalidades impuesta a los obispos, prelados, cabildos eclesiásticos y funcionarios que resistieran el cumplimiento de dichas leyes”.

Asimismo, en su afán de congraciarse con la curia, López De Santa Anna, el 31 de junio de 1834, nombró ministro de justicia y asuntos eclesiásticos al obispo de Michoacán, Juan Cayetano José María Gómez De Portugal y Solís.  Adiós a las reformas liberales. El romance entre aquel López y la curia católica no siempre sería armonioso. A lo largo de los veintiún años siguientes, sin embargo, nunca dejaron de flirtear y, conforme les conviniera, reanudaban la relación que lo único que generó para el país fue el atraso. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (25.35.122) ¿Qué tal si a ese par de ejemplares, representantes genuinos de la clase política actual, los encierran en una jaula de esas de la UFC y que ahí se den hasta que llenen? El pleito lo pueden anunciar entre el bravucón-destructor vs el lenguaraz-cobardón. Estamos ciertos de que el evento resultaría más entretenido que las peleas del Canelo.

Añadido (25.35.123) Para recordar a uno de los santones de la “izquierda” mexicana, Heberto Castillo Martínez. Entre saus hazañas, se encuentran: (1) Ensabanarse en el lábaro patrio y oponerse a la construcción del gasoducto Cactus-Reynosa que permitiría vender gas a los EUA en lugar de quemarlo Su protesta prosperó y, cuando llegó la crisis petrolera de 1982, no tuvimos con que defendernos.  (2) Aceptar las concesiones que le dio el presidente Salinas De Gortari, justo después de la elección de 1988, para utilizar el sistema de la Tridilosa en la construcción de los puentes en las carreteras del país. Puentes que, por cierto, se cayeron pues el sistema no era el adecuado para el tráfico constante. (3) Y si alguien dudaba de que era un franciscano, congruente con su ideología, vivía en el Pedregal de San Francisco allá en Coyoacán por los rumbos de Cerro del Agua. La izquierda siempre empatando el decir y el hacer.

 Añadido (25.35.124) El espíritu de los maletas de Brooklyn de los 1940s, se trasladó al Bronx de los 2020s. Los “sluggers” de hoy son unas fieras con los equipos con más juegos perdidos que ganados, pero en cuanto se enfrentan a uno que tiene promedio por arriba de .500 en ese renglón, no son capaces de ir más allá de la llamada “Mendoza Line”, debajo de .200 de promedio de bateo.

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