ÍNDICE POLÍTICO
FRANCISCO RODRÍGUEZ
Si la señora Claudia Sheinbaum no sabe comunicar… tampoco sabe gobernar, porque –aunque parezca reiterativo– cada vez resulta más evidente que gobernar es, ante todo, comunicar. Lo hacen todos los jefes de Estado en las democracias más avanzadas que la nuestra.
Las mentiñeras no comunican, me dijo apenas en una conversación difundida a través de MXN Televisión el politólogo Fernando Pescador Guzmán, quien explicó ahí el por qué México no acudió a la reunión convocada por Donald Trump con jefes de Estado de 17 naciones latinoamericanas –a la que asistieron 12–, viernes y sábado pasados:
Sencillamente, ¡porque la convocatoria fue extendida solo a los países integrados al Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses!… y nuestro país está asimilado al Comando Norte.
No lo supo aclarar la señora Sheinbaum. No hubo quien se lo dijera. Y ella misma seguramente se sintió excluida, marginada y hasta relegada a jugar el humillante papel de “payaso de las cachetadas”, no sólo porque el anfitrión la (mal) imitó suplicante y, sobre todo, porque volvió a exhibir al régimen de Cuarta… como protector de los cárteles del narcotráfico.
Es cierto. Las mentiñeras están ayunas de comunicación política. Son meros ejercicios propagandísticos de un Movimiento que se exhibe fracasado y que es utilizado por quienes copan a la inquilina de AMLO en Palacio Nacional para sus intereses personales o propósitos políticos. Jesús Ramírez Cuevas, verbi gratia.
Pero ¿y el general Ricardo Trevilla? ¿Y el almirante Raymundo Morales? ¿Por qué ellos tampoco informaron a su comandante de que la reunión en Doral, dentro del área metropolitana de Miami, era exclusivamente para los países que conforman el Comando Sur?
Rodeada por pandillas de mediocres
Sheinbaum carece de asesores informados que la puedan apoyar. En cambio, eso sí, la rodean aduladores y lambiscones de toda ralea.
¿Será porque, como dijo hace siglos Aristóteles, “los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados y ningún hombre de espíritu elevado les adulará”?
Mire usted un ejemplo de quien menos podría esperarse. Del “maestro” Bernardo Bátiz, ahora en un cargo importante dentro del Poder Judicial “del acordeón”, quien apenas escribió un artículo de opinión en el que iniciaba:
“Hoy nos parece de lo más natural, pero hace unos pocos lustros ni siquiera sería imaginable; tenemos en México una presidenta con A mayúscula, que preside, que gobierna, titular del ejecutivo federal, atenta, se comunica diariamente con los gobernados y está considerada entre las tres o cuatro mujeres con más poder en el mundo.”
¿Se lo creerá doña Claudia? La mayoría de los mexicanos, no. Menos todavía quienes viven más allá de nuestras fronteras.
Como toda Corte de Miserables, la del régimen de Cuarta… requiere de aduladores, y eso se torna más fácil que la tabla del uno: echan mano del presupuesto para controlar los moches de la prensa infame. Tienen comprados casi a todos los loros del circo. Cada uno tiene un precio más que conocido. De los encuestadores, mejor ni hablamos.
Son las mancuernas que nunca fallan. Siempre está puntual el cobro de la maleta, previo descuento con el publirrelacionista en jefe quien casi siempre se queda con la tajada del león.
Así se forjan las catervas y las pandillas de los mediocres que nos aniquilan. Un jueguito aparentemente insulso, pero demasiado peligroso.

No le informan ni de lo elemental
La fábula moral El traje nuevo del emperador de Hans Christian Andersen ilustra el dilema entre adular o decir la verdad al poderoso. Todos conocemos el cuento: un pomposo gobernante desfila desnudo ante su pueblo, que lo aclama y le admira por llevar el mejor traje. En realidad, todos son unos aduladores y unos impostores. Hace falta que un niño de entre la multitud exponga la verdad y grite que, en realidad, el emperador no lleva nada encima.
Pocos somos inmunes a la adulación y los poderosos no son una excepción. Parece que el ejercicio del poder, tanto en la esfera pública como en la privada, infunde vanidad y arrogancia, y confunde y ciega ante la verdad.
A algunos CEO y otros altos cargos les gusta el protocolo y recibir la reverencia que creen merecer. También es verdad que elogiar al CEO da buena imagen de la empresa, el prestigio de los jefes está en relación directa con la reputación de la institución que dirigen y, en cierta medida, ellos y su cargo son inseparables.
El problema surge cuando los jefes creen que se les conceden honores por lo que son y no por lo que representan. Una situación en la que suele manifestarse este orgullo desmedido es cuando se presenta a un director general en un acto público. Algunos esperan un panegírico cargado de elogios, pero creo que las personas verdaderamente importantes, por su cargo o trayectoria, no necesitan presentación.
Para ser sincero, no me considero un gran ejemplo de humildad, pero creo que se da una mejor impresión siendo discreto en las presentaciones. Un antiguo mentor –que a pesar de sus muchos logros siempre rehuyó los elogios– me enseñó que cuando a uno lo adulan es buena idea preguntarse: “¿Están hablando de mí?”.
¿Se lo preguntará Claudia Sheinbaum cuando lee –si es que lo hace—artículos como el de Bátiz…
… cuando le presentan encuestas en las que su popularidad –no su eficiencia como gobernante– llega al 99 por ciento…
… cuando sus “asesores” ni siquiera le informan de lo elemental?
No comunica. No gobierna.
Indicios
¿Dolidos? ¿Por no haber sido convocados? La señora Claudia Sheinbaum y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, hablaron la noche del lunes, horas después de que Donald Trump excluyera a sus países de la cumbre contra los cárteles en Florida. Enviaron así una mala señal a la Casa Blanca, ¿no cree usted? * * * ¡Buenas gracias y muchos, muchos días! le deseo, al tiempo que le reconozco que haya leído este texto.
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