Juan Luis Parra
La izquierda de lujo no pasa hambre. Tampoco pasa calor. Y mucho menos pasa apagones.
Lo que está pasando en Cuba es grave. Apagones constantes. Hospitales sin electricidad. Colonias enteras a oscuras. No es uno, ni dos. Han sido varios en una misma semana. La red eléctrica colapsa, el combustible no alcanza y la gente simplemente se queda sin luz. Así, en seco.
En medio de eso llega una comitiva internacional de activistas y políticos de izquierda. La llamada flotilla “Nuestra América”. Dicen que vienen a ayudar. Traen alimentos, medicinas, productos básicos. También traen cámaras.
Y traen algo más: privilegios.
Mientras millones de cubanos pasan la noche a oscuras y con hambre, ellos se hospedan en el Gran Hotel Bristol. Un hotel cinco estrellas en pleno centro de La Habana. Con luz todo el tiempo. Con aire acondicionado. Con comida de primera. Con piscina. Con todo funcionando.
El contraste está en videos, en fotos, en redes. El hotel completamente iluminado. Afuera, la ciudad apagada. Incluso un policlínico cercano sin electricidad. Pero dentro del hotel, todo perfecto. Como si fueran dos países distintos.
A eso le empezaron a llamar “safari socialista”. Y no es difícil entender por qué.
Llegan, recorren, graban la pobreza, documentan las filas, los apagones, la escasez. Hablan de resistencia. De dignidad. Luego regresan a su suite, a dormir con clima, luz y minibar. ¿Eso es solidaridad?
Uno de los más visibles socialités que visitaron la isla es Pablo Iglesias. Exvicepresidente de España. Fundador de Podemos. Hoy convertido en comentarista permanente del lado “correcto” del discurso. Desde su habitación, una suite de más de 200 euros la noche, grabó videos para minimizar la crisis.
Y no es un personaje aislado. Iglesias lleva años conectado con el proyecto político de la aristocracia comunista. Fue un puente entre Podemos y Morena cuando este último apenas despegaba. Hoy tiene espacios mediáticos financiados y alineados con ese mismo poder. Nada es casual.
Mientras ellos graban videos, México manda ayuda. Barcos con alimentos, insumos básicos, productos que, en teoría, son para el pueblo cubano. La presidenta, también socialista socialité, Claudia Sheinbaum lo ha dicho claro: México va a seguir enviando apoyo.
El problema es lo que pasa después.
Esa ayuda no llega a la gente.
O al menos no como se supone.
Investigaciones y testimonios coinciden en lo mismo: los productos desaparecen del sistema público y terminan en tiendas que venden en dólares. Tiendas controladas por estructuras del propio Estado, muchas ligadas a los multimillonarios de Cuba, los socialistas socialité por excelencia, quienes sacrifican a sus gobernados con tal de vivir como ricos en tierra pobre.
Ahí aparece el “frijol del bienestar”. El mismo que salió de México como donación. Ahora en estantes, con precio. Casi tres dólares por medio kilo. En un país donde la mayoría gana 15 dólares al mes.
La gente dice “Aquí no ha llegado nada”.
Pero alguien sí lo está vendiendo.
Entonces la pregunta es inevitable. ¿Ayuda para quién?
Y aquí es donde el discurso se cae solo.
Mientras repiten que “la lucha sigue”, hay quienes nunca han dejado de ganar. Esa consigna viene de lejos. De los viejos manuales del socialismo del siglo XX, donde la revolución no era un destino, sino un proceso eterno. Siempre en construcción. Siempre pendiente. Siempre justificando sacrificios… pero de otros.
¿El resultado? Una élite que no suelta el poder porque la lucha nunca termina. Nuevos ricos que no producen, pero administran escasez. Millonarios de discurso austero que viven mejor que cualquier capitalista al que critican.
Viven de la causa. Cobran de la crisis. Prosperan en el problema.
Y necesitan que todo siga mal. Porque si algún día se arregla, se les acaba el negocio.
Por eso no hay prisa en resolver nada. Por eso el apagón se vuelve paisaje. Por eso la ayuda se convierte en mercancía.
No es un error. Es el modelo.
Un sistema donde la pobreza es útil, la escasez es rentable y la indignación se administra.
Y donde, al final, los únicos que realmente viven bien son los mismos de siempre.
Los socialistas socialité.



