Por: José Murat
El mundo ha cambiado drásticamente desde el año pasado. Los principales paradigmas que rigieron desde la segunda mitad del siglo XX, la etapa de la posguerra, están demolidos. La convivencia pacífica de las naciones, con un árbitro confiable y eficaz, la ONU; el derecho internacional, garante y vinculante, para toda la comunidad de naciones, fuertes y débiles; el libre comercio, aceptado universalmente como un símbolo de modernidad y generación de riqueza; la preocupación mundial por la casa común, la tierra, para citar sólo algunos ejemplos. Podemos decir que vivimos una nueva era en nuestra civilización, un punto axial en la historia.
Sin embargo, lo que no ha cambiado son los esquemas comerciales ganar-ganar, los bloques económicos regionales, las zonas de libre comercio. No ha cambiado el paradigma porque hay un interés compartido. No es filantropía, es cálculo racional, lógica de suma positiva. La Unión Europea, donde sale un miembro y se suman más; el CPTPP (Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico) que agrupa a naciones del Pacífico; y la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México, Perú), son algunos ejemplos.
Pero de manera especial, el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), antes TLC, ha demostrado, con datos duros, que con todas sus contrahechuras y limitaciones que nosotros hemos expuesto, ha sido un instrumento fundamental para la concatenación, sinergia y detonación de las tres economías de América del Norte. No ha sido insustancial y nimio para nadie. Tampoco una concesión unilateral de alguna de las partes.
Las frías cifras así lo revelan. De 1994 al 2024, el volumen de comercialización entre nuestro país y Estados Unidos pasó de 82 mil millones de dólares a 840 mil mdd, un incremento de más del 1000 por ciento. Las exportaciones mexicanas a Estados Unidos fueron de $506 mil millones de dólares, un 6% más que en 2023, mientras que las importaciones estadounidenses de México sumaron $334 mil millones de dólares, un aumento del 3%. Para Estados Unidos, el intercambio con México representó el 15.8% de su comercio total en 2024, superando a Canadá y a China.
El comercio entre Estados Unidos y Canadá es también voluminoso, cercano al de Estados Unidos con México: supera los 2,000 millones de dólares diarios, aproximadamente $761.8 mil millones de USD anuales en el ejercicio 2024. Exportaciones de EU. a Canadá: $349.9 mil millones. Importaciones de EU. desde Canadá: $411.9 mil millones.
Mientras que el intercambio de bienes y servicios entre México y Canadá ha aumentado en más de 800% desde 1994. En el 2024, el comercio bilateral entre nuestros países alcanzó casi $56 mil millones de dólares canadienses (CAD). Las exportaciones de México a Canadá ascendieron a $18,856 millones de USD, mientras que las importaciones mexicanas desde Canadá fueron de $12,263 millones de USD.
Estas cifras significan que el T-MEC es el mayor mercado regional del mundo, pues, sumado el mercado interno con el intercambio comercial entre los tres países, representa casi el 30% de la economía global y más del 20% de las exportaciones globales
En contra de las versiones que subestiman el impacto del T-MEC en la economía norteamericana, basta decir que más del 45 por ciento del comercio total de Estados Unidos se hace con México y Canadá; en manufacturas avanzadas la proporción es aún mayor. En la industria automotriz, cada vehículo cruza la frontera siete u ocho veces antes de llegar al consumidor final. Disolver esas cadenas productivas en distintas ramas de la economía, eliminando el T-MEC, no abarataría la producción, sino que la encarecería, lo que restaría competitividad a Estados Unidos frente a su principal competidor, China.
México, por supuesto, también perdería competitividad, volumen de exportación y empleos, especialmente en sectores clave como las manufacturas. También perdería la certeza jurídica que ofrece el T-MEC para el flujo de inversión extranjera, una cifra récord el año pasado: 40,906 millones de dólares en los tres primeros trimestres de 2025, superando el total de 2024.
Es una realidad de beneficio compartido, no de concesión gratuita de nadie, a tener muy presente en este año en que, de hecho, las negociaciones para revisarlo y actualizarlo han iniciado, en un esfuerzo que involucra a gobiernos, congresos y cámaras empresariales de los tres países. Hay una ventaja de inicio, como dijo la presidenta Claudia Sheinbaum: los principales interesados en refrendar su vigencia son los organismos empresariales, y de manera especial los directivos de las principales empresas norteamericanas. La US Chamber of Commerce, el Business Roundtable y múltiples asociaciones sectoriales del Midwest y del sur, así como directivos de los corporativos, han sido enfáticos: el acuerdo reduce costos, da certidumbre regulatoria y genera millones de empleos, en ambos lados de la frontera.
En suma, el T-MEC, con todo y sus asimetrías, es un instrumento que no sólo elimina o reduce aranceles, también ofrece certeza jurídica al intercambio comercial, incentiva la inversión extranjera, protege la propiedad intelectual, impulsa el crecimiento de las tres economías y potencia la competitividad regional del mercado de América del Norte frente a otros bloques económicos. Es vital y estratégico para las tres naciones.




