Astrolabio Político
Por: Luis Ramírez Baqueiro
“Hay gente que no tiene ningún respeto por los secretos ajenos, porque ellos mismos no tienen ningún secreto”. – Vicky Baum.
Cada cierto tiempo, y con mayor intensidad en años electorales en Estados Unidos, reaparece una narrativa tan estridente como funcional: “los cárteles gobiernan México”.
Donald Trump la ha vuelto a colocar en el centro del debate, acompañada de insinuaciones sobre una posible intervención militar estadounidense. El discurso no es nuevo, pero sí peligroso si no se analiza con rigor.
Partamos de una premisa básica: una intervención militar de Estados Unidos en México no es viable, ni política, ni legal, ni estratégicamente. No depende del tono bravucón de un candidato ni de la nostalgia imperial de algunos sectores conservadores. Implicaría violar tratados internacionales, dinamitar la relación bilateral, desestabilizar la región y generar un impacto económico inmediato para ambos países. No es una opción real: es retórica electoral.
El señalamiento de que los cárteles gobiernan México es una simplificación interesada. México enfrenta un problema grave y persistente de violencia, crimen organizado, corrupción y captura institucional a nivel local, pero eso no equivale a un Estado fallido ni a la ausencia de gobierno.
La generalización sirve más como arma discursiva que como diagnóstico serio. Reduce una realidad compleja a una consigna útil para justificar muros, sanciones, presiones diplomáticas o amenazas militares que nunca se concretan.
Aquí es donde entra el concepto central que suele omitirse: la soberanía no solo se defiende con discursos, también con inteligencia política. Claudia Sheinbaum, como presidenta, no puede ni debe responder desde la estridencia ni desde la provocación. Caer en el marco narrativo de Trump sería aceptar sus reglas del juego. La defensa de la soberanía pasa por la institucionalidad, la diplomacia firme, la cooperación en seguridad y el control del relato, no por el intercambio de descalificaciones.
Estados Unidos tampoco es un actor externo inocente. No puede señalar sin mirarse al espejo. El consumo de drogas ocurre en su territorio; las armas que fortalecen a los cárteles cruzan desde el norte; y el lavado de dinero encuentra refugio en su sistema financiero. Una intervención militar implicaría reconocer públicamente su corresponsabilidad estructural en el problema, algo que Washington evita sistemáticamente.

El verdadero riesgo no está en una invasión que no ocurrirá, sino en normalizar la narrativa de que México es un país sin control, incapaz de gobernarse y necesitado de tutela externa.
Ese relato erosiona la posición internacional del país, debilita su capacidad de negociación y abre la puerta a presiones cada vez más agresivas en materia migratoria, comercial y de seguridad.
México tiene un problema serio de violencia y crimen organizado, y negarlo sería irresponsable. Pero sobrerreaccionar al ruido externo también lo es. El reto del nuevo gobierno no es demostrar fortaleza con frases altisonantes, sino construir resultados, recuperar territorios desde el Estado, fortalecer instituciones civiles y coordinarse con Estados Unidos sin subordinación.
El cierre es incómodo, pero necesario:
Trump no habla de intervenir México para hacerlo, sino para ganar votos. Pero México no puede permitirse gobiernos que reaccionen solo al ruido ni que confundan soberanía con silencio. Defender la soberanía exige carácter, sí, pero también control del poder, claridad estratégica y autoridad del Estado.
Porque si algo sería verdaderamente imperdonable, no sería una intervención extranjera imposible, sino renunciar desde dentro a ejercer plenamente el gobierno del país.
Al tiempo.
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