Todo empieza igual: una elección, un discurso encendido, un líder que promete devolverle el poder al pueblo. Aplausos, banderas, esperanza. Y luego, casi sin que se note, el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin y el erario un botin. ¿Les suena?
Así han operado, varias izquierdas latinoamericanas cobijadas bajo el paraguas del Foro de São Paulo. Llegan por la vía democrática, y una vez en el poder, desmontan la democracia, poco a poco, como quien desarma un reloj para quedarse solo con el oro. Instituciones destruidas, contrapesos anulados, congresos sometidos, jueces domesticados y, por supuesto, militares convenientemente alineados.
El resultado de lo anterior es una cúpula oligárquica, burocrática y absolutamente incompetente, que administra el poder como botín. Un régimen depredador, expoliador y cleptómano que vive de ideologizar las ocurrencias de su líder en turno mientras destruye cualquier mecanismo real de productividad.
El villano favorito de la izquierda siempre es el mismo: el “neoliberalismo”. Esa palabra que mágicamente sirve para explicar la pobreza, la desigualdad, la corrupción… y hasta el mal clima. Bajo esa narrativa se desprecia el mérito, se dinamitan los mercados, se castiga la inversión y anula la innovación. Todo sistema que funcione es sospechoso; toda estructura que genere riqueza, es la mayor enemiga del pueblo.
Pero destruir es fácil. Gobernar no. Cuando el poder absoluto ya está concentrado, lo siguiente es inevitable: colusión con el crimen organizado. No por accidente, sino por supervivencia.
Esas “linduras” son el sello distintivo de varios gobiernos de izquierda en América Latina.
Venezuela es el ejemplo más brutal. No colapsó por sanciones ni por conspiraciones externas, sino porque su régimen destruyó el mercado y decidió usar la tecnología para vigilar y controlar. El Estado dejó de gobernar y empezó a administrar la escasez. Y cuando eso ocurre, el vacío de poder no permanece vacío por mucho tiempo.
Estados Unidos no actúa por ideología. Actúa cuando un país se convierte en un narco-Estado, cuando el desorden interno amenaza el equilibrio regional, la seguridad energética y el flujo económico.
Y sí, el gobierno mexicano ya debería preocuparse, no porque Donald Trump simplemente quiera invadir sino porque cuando un Estado deja de gobernar, alguien más ocupa ese espacio. Siempre.
Hoy México exhibe muchas señales preocupantes: corrupción estructural, colusión con el narco, desconfianza sistemática hacia el mercado y una relación ambigua con la tecnología. No como motor de desarrollo, sino como herramienta de control.
Las recientes leyes aprobadas por el Congreso oficialista en materia de telecomunicaciones, inteligencia y monitoreo en tiempo real de plataformas digitales no apuntan a la innovación, sino a la vigilancia. La CURP biométrica, el registro obligatorio de celulares y el seguimiento masivo de ciudadanos configuran un modelo de control y censura, no uno de productividad ni crecimiento económico.
El socialismo mal ejecutado produce Estados fallidos. Y los Estados fallidos son vulnerables frente a potencias que sí entienden y ejercen el poder.
Paradójicamente, el tablero latinoamericano está empezando a reconfigurarse. La intervención del gobierno de Donald Trump, lejos de ser improvisada, responde a una lectura fría del mapa regional: crimen transnacional, seguridad hemisférica, riesgo sistémico y energía.
La nueva ola de gobiernos en la región empieza a entender algo fundamental: el liderazgo ya no se conquista solo con tanques ni discursos, sino con infraestructura digital.
Hoy en día el poder se construye de la mano de fibra óptica, redes 5G, centros de datos, sistemas de pago digital y cadenas productivas inteligentes. La tecnología dejó de ser un accesorio y se convirtió en un motor del desarrollo. Atrae inversión, impulsa exportaciones, genera empleos y redefine la competitividad.
En ese contexto, la ciberseguridad ya es una prioridad estratégica de Estado.
Venezuela nos mostró el costo de gobernar con ideología y no con poder. Varios de nuestros políticos deben estar temblando. Porque el mundo no castiga las malas intenciones, castiga la incompetencia. Y el vacío de poder, ese sí, nunca perdona.




