Joel Hernández Santiago
Estados Unidos ambiciona su predominio político, económico, militar y estratégico en América Latina. Así ha sido por siglos. Quiere “América para los americanos”, una doctrina Monroe que apenas hace unos días revivió el presidente de Estados Unidos, el republicano Donald J. Trump.
Y cuando dice América, dice todo el continente. Y en éste, a lo largo de la historia, sobre todo en el siglo XX, distintos gobiernos estadounidenses, demócratas o republicanos, han intervenido militarmente, de forma directa, como ocurrió en Panamá o en Guatemala…; o como ocurrió con la imposición de dictaduras militares, por ejemplo, en Chile y en Argentina o Nicaragua…
Todo –dicen los gobiernos de EUA- en nombre de la democracia, de la seguridad continental y de su propia seguridad nacional. Hoy Trump renueva su ambición por hacerse del predominio de su gobierno en América Latina… y de sus bienes.
Hace unas semanas advertimos aquí mismo que las distintas declaraciones amenazantes, maniobras intervencionistas y los aranceles de Trump manifestaban un singular interés por hacerse de Latinoamérica como espacio de control estratégico, económico, militar y de gobierno.
Desde el inicio de su segundo gobierno, el 20 de enero de 2025, Trump ha lanzado señales a distintos países de la región.
Aplaude y favorece a gobiernos de ultraderecha como los de Javier Milei de Argentina y en Ecuador a Daniel Noboa, como también en Paraguay a Santiago Peña. Favorece la llegada de otros gobiernos de ultraderecha como los de José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz Pereira en Bolivia, el peruano José Jerí Oré, luego de la destitución de Dina Bolularte: casualmente se incrementa la presencia ultraderecha en el continente…
Trump quiere hacerse de América Latina. No sólo es un asunto de Estado. Es un asunto que tiene que ver con su propia personalidad, cosa que reconocen muchos, incluso dentro de los Estados Unidos. Pero él se siente con fuerza suficiente para enfrentar a todos y tomar decisiones Ejecutivas para favorecer su ambición y su propio ego tan personalísimo.
Esta vez las señales que ha enviado a lo largo de los meses recientes hacia América Latina tienen como pretexto el tema del narcotráfico y el crimen organizado.
Poco después de la una de la madrugada del 3 de enero se escucharon los primeros estallidos del ataque que el gobierno de Donald J. Trump a territorio venezolano. Su objetivo eran bases militares y estratégicas del gobierno de Nicolás Maduro.
El ataque fue sorpresivo, aunque las amenazas de EUA venían de hacía ya tiempo. Ataques a embarcaciones en aguas del caribe venezolano; muerte de marineros en esas embarcaciones con la sola suposición de que transportaban drogas.
Se acusaba al presidente venezolano Nicolás Maduro de ser cómplice de pandillas de narcotráfico, de favorecer la llegada de narcóticos a los Estados Unidos, de delincuencia organizada, de terrorismo y de otras acusaciones que ocultan el verdadero interés del gobierno de Trump: cambiar el régimen político de Venezuela, el petróleo y mostrar el predominio estadounidense en la región.
El 3 de diciembre hubo una sorpresiva llamada telefónica entre Maduro y Donald J. Trump. Analistas estadounidenses acusaron que el presidente de EUA exigió a Maduro que dejara el poder “por las buenas”. Maduro dijo que la llamada fue cordial, que hubo muy buen trato y que iniciaba un periodo diplomático entre ambos países.
Pero ya se estaba cocinando el asalto a Venezuela. Así que el ataque de la madrugada del 3 de diciembre estaba planeado por las fuerzas militares de Estados Unidos de forma quirúrgica.
Minutos después de ocurrido el ataque militar Donald J. Trump publicó en sus redes que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron detenidos y que “están fuera de Venezuela”. Luego se anunció que serían trasladados a Nueva York para iniciar un proceso en su contra. Miembros del gobierno de Maduro pidieron inmediato señales de vida del depuesto presidente venezolano…
Trump actuó de forma necia y fuera del derecho internacional. Es cierto. Pero no le importa.
Si, fue un golpe de Estado en contra de un dictador. Sí. Nicolás Maduro era un dictador en Venezuela. Su gobierno se había hecho de todo el aparato institucional para mantenerse en el poder: órganos electorales, supremo poder judicial, fuerzas militares, gobiernos regionales, Congreso… En las dos reelecciones de Maduro operó el aparato institucional a su favor para mantenerlo en el poder.
Dentro y fuera de Venezuela se acusaba fraude y se exigía replantear las elecciones por la vía democrática. Maduro acusó una campaña interna e internacional de sus adversarios y conservadores “en contra del gobierno del pueblo venezolano”.
Al final Maduro y su esposa están detenidos y, según versiones de la misma Casa Blanca, serán sometidos a tribunales estadounidenses, mientras que en Venezuela habrá de iniciar una reconstrucción política, económica, social e institucional.
Si la queja de los grupos opositores era la falta de democracia será muy conveniente que se retome el ideal democrático y se lleven a cabo elecciones regidas por instituciones electorales autónomas, transparente y sin mácula. Que se expreses la verdadera voluntad de los venezolanos para decidir el camino que habrá de seguir su país a partir de estas elecciones.
El peor escenario es que Trump asuma el mando político de Venezuela, como ya ha dicho. Luego que él mismo imponga a los gobernantes que mejor convienen a sus intereses, independientemente de la voluntad de los venezolanos.
Lo peor sería que se haya derrocado a un dictador para imponer, de forma directa o indirecta, una dictadura estadounidense en Venezuela. Este sería el peor de los escenarios posibles y, aun peor: una traición.




