Magno Garcimarrero
Tuve que viajar a Puebla por una celebración familiar, yo que tengo 86 años de edad y 18 de no salir de los linderos veracruzanos y, me fue “del cocol” justo por el rumbo de Perote.
Les cuento: Mi hijo conducía un moderno vehículo eléctrico que no se sabe si está funcionando o no, porque no hace ruido. En vez de tablero tiene una computadora que da indicaciones en voz alta, que alumbra pa,tras si se echa uno de reversa, las puertas se abren solo si les pide uno por favor que se abran, en fin, que para conducirlo hay que estudiar un año el manual del propietario.
Mi mujer viajó en el asiento trasero y yo en el de copiloto. Pasando La Joya ya llevaba yo ganas de ir al baño, porque ya no doy más de quince kilómetros por meada, y pensé en aprovechar la detención en la caseta de peaje de Perote para bajar a las aguas… pero cual sería mi sorpresa que, no hubo tal detención, el auto trae un sistema de captación de señal electrónica que es capturado por otro que está en la caseta y, nomas arrimándose levanta automáticamente la barra y pasamos de largo.
Con la sorpresa ni me dio tiempo de pedirle a mi hijo que se detuviera. Ya por el rumbo de la desviación a Oriental Pue., nos atajó un arreglo carretero por espacio de una hora y yo súper apre-miado… Pues con toda mi vergüenza le pedí permiso al auto para bajarme, y entre la cola de un ADO y otra cauda de viajeros atrás de nosotros, intenté hacer chis… tres frustrantes gotitas de anciano noctívago y los cachetes colorados de vergüenza.
“Ora si, en la próxima caseta te paras porque me quedé a medias”- le dije a mi hijo, pero en la siguiente caseta no había mingitorio, así que tuve que brincar la cuneta, andar hasta atajarme detrás de un árbol y ya pude, pero el ventarrón que corría me devolvió el goterío y me mojé los pantalones. Más vergüenza.
Al entrar a un oscuro túnel, el auto encendió las luces automáticamente, nos ordenó ponernos la piyama, y comenzó a cantar una nana en chino mandarín, pero mi hijo prudentemente le pidió que se callara.
Ya en Puebla llegamos a un complejo de viviendas protegidas por barras metálicas (“plumas”) que se levantan también solo cuando se muestra una clave con el celular. Pasada la barrera, las puertas del edificio y las de las viviendas, obedecen al mismo sistema de seguridad, así que no hay modo de entrar sin atajos, pero… pero para salir es la misma fregadera, así que yo quedé atenido a quienes tienen esa clave.
-¿Y si tiembla y hay que salir corriendo?- Me pregunté durante toda la insomne noche que pasé en ese quinto piso, sintiéndome ya casi aplastado por el techo.
Por suerte solo estuvimos un día en Puebla; de regreso y, también antes de llegar a Perote, algunos viajantes nos advirtieron que no había paso por la autopista por un feo accidente carretero, así que entramos a Perote cuya calle principal siempre está en “hora pico” y tardamos añales para llegar a Sierra de Agua.
Después nos topamos con un camión de materiales volcado e incendiado echando fuego, humo y explosiones, el cual nos detuvo por muchísimo tiempo.
Llegamos a Xalapa casi a la oscurana. Al descender del auto hice lo que alguna vez hizo el papa Juan Pablo II, me prosterné y besé la bendita tierra del patio de mi casa.
Juré que mi próximo viaje será solo en la carroza de Bosques del Recuerdo.
M.G.




