Luis Farías Mackey
Aquel fatídico día, cada vez que le preguntaban a Noroña por su casita de campo en las faldas del tepozteco se destornillaba hasta el desafuero. De nada sirvieron sus agresiones, plañideras, desgarres, victimizaciones, amenazas, maromas y ridículos: “Tengan decencia”, reclamaba, confundiendo compostura con clemencia.
Pero no era la naturaleza del tema el que lo desquiciaba, tampoco el precio del inmueble y supuesta financiación. Era lo precario de su título.
Me explico. En México, al lado de la propiedad privada, subsiste la propiedad social sobre la tierra de ejidos y comunidades indígenas. Las tierras ejidales, desde el 92 son susceptibles de desincorporarse de la propiedad social y, así, entrar al derecho civil en propiedad privada y en su comercio. Pero las tierras de las comunidades indígenas -que no fueron otorgadas por el Estado, sino restituidas por derechos primigenios y previos al mismo- tienen una protección que las condena, hasta hoy, para siempre a la propiedad comunal del núcleo originario que las detenta con esa calidad, como es el caso de las tierras comunales donde se asienta la finca del nuevo rico en mención.
Subir a la conversación nacional el tema era despertar, como despertó, la atención de comuneros, autoridades agrarias y municipales, periodistas, analistas políticos, luchadores agrarios y las legiones de enemigos que con esmero ha cosechado su vida entera.
¿Cómo podía detentar derechos sobre una tierra comunal sin ser miembro de ella? ¿Cómo aducirla privada, sin poderlo ser bajo ninguna circunstancia? ¿Cómo argumentar crédito, cuando ni un loco financiaría semejante compra por estar expresamente prohibido por la Constitución gravar esas tierras por ser inembargables, además de no enajenables e imprescriptibles?
¿Cómo un sedicente luchador social, en calidad de senador, osa despojar de sus tierras a los pueblos originarios que dice estar consagrado? ¿Y cómo poder hacerlo si no por un rosario de flagrantes ilegalidades y corruptelas?
¿Cómo habitar un inmueble habitacional en una zona protegida sobre la que pesa prohibición expresa de construir?
¿Cómo podrá la presidente defenderlo como despojador de pueblos originarios?
¿Qué dirá ahora Alcalde?
¿Les ofrecerá disculpas a los comuneros en el pleno del Senado por despojarlos de sus tierras indespojables?
¿Qué teme Noroña? Algo peor que las zarandeadas de Alito a las que se cuelga como de clavo ardiente: Que la comunidad indígena investigue y publicite la forma como se hizo ilegalmente de la tierra y le demande su restitución más daños, perjuicios y costas legales; que pierda lo que haya pagado sin derecho a resarcimiento y que quede exhibido, una vez más, como un farsante.
Por eso los berrinches de Noroña. No es su dignidad, ni la investidura de la presidencia del pleno del Senado, es perder, además de su casita, todo mañana político y prestigio (es un decir) personal.
¿Cómo dicen? ¿Vitacilina?