Luis Farías Mackey
Vocero es quien habla por otro u otros, vocería es gritería, gritadera. Pues bien, Morena no tiene voceros, tiene vocerías.
Luisa María Alcalde, Andrea Chávez, Arturo Ávila, Fernández Noroña, por mencionar tan solo a los más protagónicos, jamás hablan por o de Morena, despotrican siempre contra otros.
Si se le pregunta a Ávila sobre la casa de Noroña en terrenos comunales, por ende, fuera del comercio y, por tanto de todo crédito y gravamen correspondiente, con independencia que su precio sea 12 millones o 12 centavos, aquél contesta que un exgobernador panista rentaba una casa de un millón y medio de dólares en Houston, pero nada dice de la casa de la que es dueño el propio Ávila en Los Ángeles con un valor de cuatro y medio millones de dólares. Si la misma pregunta se le hace a Sheinbaum, contesta por qué reparar en esas bagatelas, cuando la DEA ha equiparado a García Luna con el Mayo y el Chapo, sin darse cuenta que al hacer suya esa narrativa en días se le habrá de revertir.
La versatilidad de la palabra da para avenir y confrontar, para entender o impedir todo entendimiento, para entablar una conversación o para reventarla, para comprendernos en plural o encerrarnos en capillas incomunicadas. A la paz se llega con la palabra, pero también a la guerra. La Polis se construye con discurso y acción, a la Polis se le mata con bozales y grilletes.
Las vocerías de Morena -que no voceros- no comunican, ofenden; no construyen ámbitos de conversación, erigen patíbulos; no argumentan, retuercen; no explican, denostan; no platican, irritan.
Son inmisericordes en sus triunfos, desconocen la humildad, ignoran la tolerancia, satanizan el disenso, hacen imposible la expresión de la libertad.
Creen que mientras más histriónicos, histéricos, vulgares y fatuos sean, más medallas morenas colgaran en su pecho, sin parar mientes en los demonios que invocan.
Lo suyo no es expresar su parecer, ni pensamiento (es un decir); hablan en bilis.
Asumen que como ellos no quieren escuchar, los demás no tienen que hablar.
No son voceros, son pugilistas con voz, pero su voz no discurre, noquea.
Además, el ritmo de su exposición es siempre atropellado, hay en ellos una especie de sobreexitación, histerismo e histrionismo, artes todas que utilizan para enajenar al oyente, pero que también expresa un estado orgánico.
En otros, como Adán Augusto, hay una pedantería que pretende ser socarrona y sólo alcanza un patetismo que pide a gritos: “rómpeme la madre”.
Babel no fue sólo producto de una multiplicidad de lenguas, también y principalmente de una ausencia de voluntad comunicadora, prefirieron arder por la eternidad que perder la virginidad de su sordera.
No hay en las vocerías de Morena voluntad política y de política, no quieren convivir, ni comprender. Y lo logran con creces.