Columna de opinión
Vulgaridad e ignorancia
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
Ser ignorante y vulgar son generalmente condiciones que se padecen, las más de las veces por injusticia, aunque hay excepciones en la historia en las que se afirman con orgullo e imponen como paradigma; no solo se asumen ignorantes y vulgares, reclaman su derecho al encanallamiento, así como su aceptación y hasta aplauso. Las circunstancias no podrían ser más suicidas porque la vida deja de ser un repertorio de posibilidades y tiende a horizonte de detrimento, disminución y estupidez. En el fondo la vida aborta sobre sí.
Se entiende el desfallecimiento en aquellas sociedades que han salido de un cataclismo, pero resulta imposible concebirlo como destino voluntariamente asumido y presumido, y, sin embargo, la muerte de las civilizaciones nos muestra una y otra vez que el bárbaro jamás se cansa porque serlo no exige mayor esfuerzo, y el civilizado se agota y pronto en un vigor que demanda incesancia.
Hoy en México la ignorancia y la vulgaridad reinan con credenciales de virtud y triunfo, se imponen porque pueden, no necesitan razón alguna, ni aspiran a tenerla, tampoco requieren aducir derecho, se bastan por sí mismas y hasta de toga se disfrazan.
El mal viene de lejos y fue aderezado con ensoberbecimiento: en 1968 la juventud urbana y universitaria reclamó su derecho a la discusión y a la hazaña de frente a un sistema político que había sido diseñado para evitar la dispersión centrifuga de nuestra veta matona desmandada de más tras la Revolución, era un sistema trazado para cerrar y administrar espacios, no para aperturarlos y menos compartirlos, y cuando no supo cómo procesar las novedades del sujeto y sus demandas cayó en una especie de autopenitencia que operó con lo único que sabía hacer, además de reprimir, cooptar.
El discurso oficial sobreponderó entonces las capacidades, merecimientos y heroicidades de una juventud sin condición alguna, el mundo les pertenecía sin esperar nada a cambio y, aun así, seguiría en deuda imperecedera para con ellos. Por supuesto no fueron todos los jóvenes mexicanos beneficiados por igual, destacándose aquellos ávidos de empoderamiento, así, unos pasaron a retozar abiertamente el petate priísta, pero otros no podían darse el lujo de entregarse a sus brazos y perder el filón rebelde y victimista de su posición y lustre ideológicos, así que hicieron de la juventud chantaje, al que pronto sumaron una violencia sádica frente a un poder atormentado por los fantasmas de su sangriento pasado. La mezcla fue exitosísima y se esparció hasta contaminar la vida nacional toda, favoreciendo así la cosecha de ignorantes, presuntuosos, chantajistas y vulgares que hoy gobiernan.
Un apunte más sobre lo anterior: estas generaciones, no obstante sus carteleras ideológicas, no pudieron perfilar un México nuevo y diferente por sobre aquél que tanto critican, sus capacidades no han sido nunca creativas, son y serán parasitarias.
La vulgaridad se solaza cuando, ilusos, le exigimos argumentos, se bastan con la agresión y el envilecimiento; para ellos el decoro, la urbanidad, el pensamiento y hasta el ingenio son deplorables y deshonrosos, mientras más aviesos y patibularios mejor.
Lo vulgar y lo ignorante como arquetipo nacional en la estampa de Noroña ostentando sus miserias desnudas al aire mientras se cree revestido de sedas, perlas, holánes y ambrosía.
Frente a la chusma y su ordinaries las instituciones generadoras de cultura y comunidad son percibidas como el mayor de los peligros, de allí su urgencia por acallar sus voces y razones.
Difícil saber cuándo y cómo termine esto, puede alcanzar vigencia planetaria, quizás la especie humana haya ya llegado a su agotamiento. Como dijo Nietzsche: “Así es que la tierra se ha vuelto pequeña y sobre ella va brincando el último hombre, el que todo lo hace pequeño. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más dura”.
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