José Luis Parra
Hay barcos que navegan con más secretos que petróleo. Uno de ellos, el Swift Galaxy, trae en su vientre no sólo crudo mexicano, sino una historia que apesta más que un derrame en altamar. De acuerdo con información rastreada por Vessel Finder y confirmada por el medio cubano 14ymedio, este carguero con capacidad para 700 mil barriles de petróleo zarpó del puerto de Pajaritos, Veracruz, el 10 de diciembre con destino oficial a Jamaica. Luego desvió su rumbo. Pasó por Colombia. Y ahora navega rumbo a Dinamarca.
¿Y Cuba?
Esa era la parada prometida. La isla esperaba combustible. Y hasta donde sabemos, aún lo espera. El último cargamento que recibió el régimen cubano con sello Pemex fue el del Ocean Mariner, el 9 de enero. 80 mil barriles. Después, silencio. Un mutis energético que coincide, curiosamente, con la creciente presión sobre el gobierno de Sheinbaum para aclarar si la solidaridad revolucionaria se va a mantener… o no.
Porque el desvío del Swift Galaxy no es una anécdota marítima. Es una señal política. Y como todo en este gobierno, está envuelto en una capa de opacidad tan espesa como el chapopote. Preguntas básicas, hasta infantiles, siguen sin respuesta:
¿Cuándo se decidió desviar el envío?
¿Quién tomó la decisión?
¿Cuba fue avisada o también los dejaron esperando en el muelle?
¿Se reanudarán los envíos? ¿Con qué justificación? ¿Humanitaria? ¿Ideológica? ¿Contractual? ¿O simplemente porque lo ordena el caudillo?
Sheinbaum guarda silencio. AMLO también. Mientras tanto, el barco navega, y la complicidad flota.
Pero no se equivoquen: aquí el problema no es si ayudamos o no a Cuba. Es cómo se toman las decisiones. Es la opacidad como método de gobierno. Es el uso del petróleo –nuestro petróleo– como ficha ideológica, como dádiva para dictaduras, como subsidio para nostalgias setenteras.
A estas alturas del sexenio, ya ni siquiera sorprende. En nombre de la “soberanía energética” se justifica lo injustificable. ¿Quién necesita transparencia cuando se tiene un discurso?
Y mientras la narrativa oficial habla de autosuficiencia, de refinerías que no refinan y de un Pemex glorificado desde la ruina, los barcos se pierden en el Atlántico y los números no cuadran. Porque, aunque el Swift Galaxy llegara a Dinamarca con su carga intacta, lo que México perdió fue credibilidad.
El petróleo que no llegó a Cuba revela más que una ruta modificada. Muestra un gobierno que toma decisiones en la sombra. Un gobierno que ya no distingue entre la soberanía y la simulación.
Y por si quedaba duda, ahí está el dato más revelador: Bloomberg, no la mañanera, es quien da el seguimiento puntual al tráfico petrolero entre México y La Habana. Porque para saber qué hace Pemex, hay que revisar los radares internacionales. Aquí, sólo hay propaganda.
La historia, como siempre, se escribirá después. Pero si algo nos enseña este episodio es que la 4T ya no navega, sólo flota. Y en ese mar, la transparencia se hunde sin rastro.
La ruta del Swift Galaxy vista desde afuera: geopolítica y presión
Mientras en México se discute con tibieza y rodeos por qué Swift Galaxy cambió de rumbo, en el extranjero el caso ya aparece en los principales medios internacionales como un episodio relevante de diplomacia tensa y de lucha geopolítica por la influencia en el Caribe.
La prensa global —desde El País hasta Reuters y medios cubanos traducidos para audiencias en Europa y Estados Unidos— ha recogido una misma línea de análisis: México canceló o retiró del calendario un envío de petróleo a Cuba que debía hacerse a mediados de enero a bordo del Swift Galaxy y que habría llegado a la isla al cierre del mes.
¿Por qué lo destacaron afuera?
Porque el contexto internacional es claro: Cuba está en una profunda crisis energética tras el corte de crudo venezolano, y México llegó a ser su principal apoyo exterior. Sin embargo, ese apoyo ahora parece vacilar frente a la creciente presión de Estados Unidos —especialmente desde que el gobierno de Donald Trump anunció enérgicamente que no permitiría más petróleo ni dinero para Cuba, y sugirió posibles sanciones o acciones políticas más duras si otros países mantenían ese flujo.
Medios como El País subrayan que México suspendió la entrega y que la decisión del gobierno de Claudia Sheinbaum ha generado interrogantes sobre si se trata de una maniobra para evitar choques con Washington en un momento de tensiones abiertas entre los dos países, incluyendo amenazas de acciones relacionadas con seguridad y carteles.
Fuentes internacionales destacan:
El envío del Swift Galaxy fue retirado sin explicación oficial, según documentos a los que Bloomberg tuvo acceso.
El gobierno mexicano no ha publicado cifras ni detalles de contratos, lo que alimenta las especulaciones de motivos externos y de cálculo político.
En varias notas se repite que México ha sido hasta ahora el principal suplidor de Cuba en ausencia de Venezuela, pero ahora esta condición está en duda.
El diálogo entre Sheinbaum y Trump no ha sido transparentado, y aunque ambas partes niegan haber tratado el tema directamente, los analistas internacionales consideran improbable que este episodio ocurra sin relación con la creciente tensión bilateral.
La narrativa en La Habana y entre medios que traducen desde Cuba —como Translating Cuba o Havana Times— también enfatiza que la cancelación del envío ocurre en medio de una campaña estadounidense para cortar toda ayuda energética a la isla. Estas versiones citan fuentes del sector energético que sugieren que el ajuste de calendario podría estar vinculado no sólo a decisiones logísticas, sino a presiones políticas y militares indirectas.
En resumen, desde fuera se ve un México atrapado entre su discurso de “soberanía”, las prioridades políticas internas y la sombra de Washington. La historia del Swift Galaxy no es tratada como un simple desvío de ruta marítima, sino como un símbolo de cómo los intereses globales —incluyendo presiones directas e indirectas de Estados Unidos— están influyendo en decisiones que, oficialmente, deberían ser soberanas.
Y más allá del petrolero, lo que se está navegando es una tormenta diplomática que podría redefinir el papel de México en el Caribe: ¿aliado firme de La Habana, socio pragmático con Washington o —como parece sugerir el silencio oficial— un puente inestable entre ambos?





