José Luis Parra
Hay días en que el poder parece firme como roca.
Y hay otros en que se comporta como gelatina.
El problema para la presidenta Claudia Sheinbaum es que últimamente la política le está tocando en versión temblorina. Errática, dicen algunos. Berrinchuda, dicen otros. Vulnerable, se empieza a comentar en voz cada vez menos baja.
La reforma electoral, que debía ser una demostración de músculo político, terminó convertida en vitrina de debilidades. No hubo operación suficiente, faltaron operadores y sobraron confianzas. En política ese cóctel suele terminar mal.
Y terminó mal.
Porque cuando un proyecto presidencial se estrella en el Congreso, lo que queda expuesto no es sólo la derrota legislativa. Lo que queda al desnudo es la capacidad —o incapacidad— de mando.
Algo parecido a lo que ya se advertía desde antes: una presidencia que gobierna bajo sombra. O bajo supervisión.
Nada nuevo en la historia política mexicana.
Pero tampoco algo sencillo de administrar.
La escena que circula en redes, atribuida a Mario Di Costanzo, pinta un cuadro interesante: una videollamada desde algún rincón del retiro político donde el expresidente López Obrador habría lanzado un severo regaño a su sucesora por el fracaso legislativo.
Nada comprobado, por supuesto.
Pero tampoco imposible.
La política mexicana tiene una larga tradición de presidentes que dejan de mandar… pero no de influir.
Según esa versión, el reclamo fue directo: faltó presión, faltó negociación y sobraron consideraciones hacia aliados incómodos como el Partido Verde y el PT.
El mensaje habría sido simple:
la reforma debía pasar.
Y si no pasó, alguien falló.
Si la escena ocurrió o no ocurrió, lo cierto es que el tropiezo legislativo deja a la presidenta en una posición incómoda. Porque la percepción de debilidad en política se propaga más rápido que una epidemia.
Y cuando eso ocurre empiezan los rumores.
Uno de los más pintorescos es que la presidenta consulta a un vidente de apellido Flores. Un consejero espiritual, digamos, que supuestamente influye en algunas decisiones recientes.
Rumores, claro.
Pero la política mexicana también tiene larga tradición de gobernantes que consultan oráculos. Unos lo hacen en Palacio, otros en Los Pinos, algunos en Tepoztlán y otros en la casa del brujo de confianza.
Nada nuevo bajo el sol.
Lo que sí parece nuevo es el cierre de espacios de maniobra para la presidenta.
Cuando eso sucede hay dos caminos: resistir… o golpear la mesa.
Opciones no le faltarían.
Podría empezar con el huachicol fiscal, un negocio multimillonario que sigue flotando en la penumbra.
Podría ir contra la corrupción, si es que decide abrir expedientes incómodos.
Podría exhibir a narcopolíticos, que abundan más de lo que muchos imaginan.
O incluso abrir la puerta a una colaboración más agresiva con Estados Unidos en materia de crimen organizado.
Serían golpes espectaculares.
Pero hay uno que sería verdaderamente explosivo.
Pedir ayuda internacional para garantizar el retiro definitivo —y quizá el exilio político— del expresidente López Obrador.
¿Se atrevería?
Pueque.
Las presiones fuertes suelen producir decisiones fuertes.
Aunque tampoco se descarta que la sugerencia provenga del famoso vidente Flores.
Si es que existe.
Mientras tanto, en Morena el ambiente empieza a parecerse a una olla de presión.
Y cuando esas ollas revientan, rara vez lo hacen en silencio.
La política mexicana tiene memoria corta, pero instinto largo.
Y cuando el poder empieza a oler a debilidad…
los cuchillos aparecen.
Bisturí en mano.




