José Luis Parra
Claudia Sheinbaum juega una partida peligrosa. Y quizá no termina de dimensionar el tamaño del adversario. Una cosa es administrar la narrativa mañanera desde Palacio Nacional y otra muy distinta intentar medir fuerzas con el aparato político, militar y de inteligencia más poderoso del planeta.
Porque Estados Unidos no suele mandar mensajes inocentes. Mucho menos filtraciones.
Las recientes revelaciones sobre presuntas operaciones encubiertas de la CIA, acusaciones inminentes contra funcionarios mexicanos y la creciente presión sobre personajes ligados al poder en Sinaloa parecen sacadas del viejo manual de desestabilización latinoamericana del Tío Sam. Nada nuevo bajo el sol. Cambian los nombres, no las tácticas.
Y mientras desde Palacio intentan minimizar el asunto llamándolo “ficción del tamaño del universo”, del otro lado siguen soltando piezas cuidadosamente calculadas. Una bomba aquí. Una filtración allá. Un expediente más adelante.
La pregunta no es si Washington presiona.
La pregunta es hasta dónde quiere llegar.
Porque en medio de esta tensión empieza a dibujarse un escenario delicado: el norte del país convertido en zona de presión política. Chihuahua como laboratorio. Sinaloa como símbolo. Y el descontento regional creciendo alrededor de un centralismo que asfixia presupuestos, inversiones y decisiones locales.
¿La apuesta?
Empujar una especie de rebelión política disfrazada de nuevo pacto federal.
Pueque.
Estados Unidos entiende perfectamente las fracturas internas de México. Las estudia desde hace décadas. Y cuando un gobierno comienza a tensar demasiado la cuerda con Washington, casualmente empiezan a brotar expedientes, investigaciones, testigos protegidos y crisis mediáticas perfectamente sincronizadas.
Por eso sorprende la aparente improvisación de Sheinbaum.
Porque una cosa es el discurso soberanista para consumo interno y otra desafiar intereses estratégicos estadounidenses mientras México depende económica, financiera y comercialmente de ellos.
Y en medio de este tablero aparecen los silencios.
Los silencios de Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza.
Catorce días después del escándalo, ambos siguen prácticamente desaparecidos del escenario público. Rocha convertido en gobernador fantasma. Inzunza acumulando faltas legislativas mientras reaparece únicamente en redes sociales desde Badiraguato, como quien manda señales de vida desde zona de guerra.
La opacidad no ayuda.
Al contrario.
Mientras más esconden, más crecen las especulaciones.
Y entonces aparecen las contradicciones oficiales. Que si Rocha pidió protección federal. Que no la pidió. Que está en su casa. Que está resguardado. Que sí está en Culiacán. Que quién sabe.
Demasiado ruido.
Y cuando un gobierno entra en contradicciones públicas en temas de seguridad, regularmente es porque alguien ya perdió el control del relato.
Mientras tanto, la DEA eleva el tono. La FGR aparentemente reactiva investigaciones sensibles. Y el nombre de Héctor Melesio Cuén vuelve a aparecer ligado al secuestro de “El Mayo” Zambada y a aquella reunión maldita del 25 de julio de 2024.
Todo junto.
Todo al mismo tiempo.
Demasiada casualidad para ser casualidad.
El problema para Sheinbaum es que el margen de maniobra empieza a reducirse. Porque cuando Estados Unidos decide abrir expedientes políticos vinculados al narcotráfico, rara vez retrocede sin cobrar algo a cambio.
Y México hoy luce vulnerable.
Políticamente polarizado.
Económicamente dependiente.
Y territorialmente fracturado.
Por eso quizá valdría la pena menos discursos patrioteros y más cabeza fría. Porque los imperios no suelen pelear con emociones. Pelean con inteligencia, dinero, presión diplomática y operaciones quirúrgicas.
Exactamente como las que hoy parecen desarrollarse alrededor de México.
Y mientras arriba se disputan el tablero geopolítico, abajo el respetable sigue entretenido observando los desfiguros del poder.
Como en toda buena sobremesa mexicana.
Con nervios.
Con morbo.
Y esperando quién será el siguiente en caer.