José Luis Parra
En Tabasco no sólo brota petróleo. También brotan empresarios.
Algunos, por lo visto, crecen más rápido que el mangle, más alto que la espuma del discurso oficial y con mejor suerte que miles de proveedores a los que Pemex les quedó debiendo desde 2024. Cosas de la transformación, supongo. Hay quienes apenas logran sobrevivir medio año sin pago. Y hay quienes, en ese mismo paisaje de ruina, organizan fiestas de XV años capaces de iluminar un estado entero.
Ahí está el detalle.
Porque en una tierra donde la clase empresarial de siempre dice no conocer a Juan Carlos Guerrero Rojas, el dato no es menor. En Tabasco, donde casi todos se ubican, donde los apellidos pesan, donde la cercanía con el poder se huele antes de verse, resultar desconocido y al mismo tiempo aparecer en el radar de contratos millonarios con Pemex no es precisamente una credencial de transparencia. Es, más bien, una alarma.
Y cuando la alarma sonó no fue por una auditoría, ni por una investigación institucional, ni por un acto de rendición de cuentas. No. Sonó por una fiesta. Una fiesta escandalosa, ostentosa, innecesaria. Una de esas celebraciones que en cualquier país con pudor político habrían obligado a varios a esconderse un rato. Aquí no. Aquí todavía hubo quien salió a explicar que el personaje no era improvisado, que llevaba cerca de 20 años en Pemex. Como si la antigüedad borrara las sospechas. Como si la costumbre de estar cerca del presupuesto equivaliera a una absolución moral.
Lo verdaderamente ofensivo no es la fiesta. Es el contexto.
Mientras empresarios tradicionales, arrendadores, restauranteros, prestadores de servicios y ex directivos de firmas petroleras describen una economía local golpeada, vacíos en edificios, colegiaturas resentidas, oficinas cerradas, despidos y rentas desplomadas, en paralelo aparece la estampa de una nueva prosperidad. Una prosperidad blindada. Un pequeño archipiélago de abundancia navegando sobre el naufragio de los demás.
Tabasco, pues, ofrece una postal brutal: la crisis abajo y la opulencia arriba.
Y eso obliga a hacer preguntas incómodas. ¿Quiénes son estos nuevos beneficiarios? ¿Cómo crecieron tan rápido? ¿Quién los conectó? ¿Quién los protegió? ¿Quién los recomendó? ¿Quién firmó? Porque en México el dinero público no camina solo. Siempre lleva padrino, chofer, escolta y, a veces, hasta mariachi.
El caso retrata además una mutación del viejo sistema. Antes el contratista poderoso era conocido, temido, ubicado. Tenía historia, enemigos, fama pública. Ahora no necesariamente. Ahora puede surgir desde la penumbra burocrática, brincar de sociedad en sociedad, multiplicar razones sociales y mantener vínculos con personajes políticos o directivos sin necesidad de figurar demasiado. Hasta que un exceso lo delata. Hasta que un salón de fiestas hace más por la verdad que cien discursos de honestidad.
La 4T prometió barrer con los privilegios, no administrarlos con nuevos apellidos.
Sin embargo, en Tabasco se instaló una percepción devastadora: mientras muchos padecen la sequía de pagos, unos cuantos parecen vivir la temporada de cosecha. Y cuando eso ocurre alrededor de Pemex, la sospecha deja de ser un capricho opositor para convertirse en sentido común. Más todavía si los nombres conocidos por décadas en el sector dicen no reconocer a los nuevos triunfadores del contrato público.
No se necesita demasiada malicia para entender el tamaño del agravio.
A la gente no le indigna la riqueza; le indigna la riqueza obscena nacida junto al discurso de austeridad. No irrita el éxito; irrita el éxito que coincide sospechosamente con la cercanía al poder. No molesta la fiesta; molesta saber que mientras unos no cobran, otros tiran la casa por la ventana con un desparpajo casi pedagógico: miren cómo se vive cuando se está del lado correcto del presupuesto.
Y ése es el problema de fondo para el régimen.
Porque el escándalo no exhibe solamente a un empresario o a su círculo. Exhibe el fracaso moral de una narrativa. La de los pobres primero. La de no somos iguales. La de la purificación pública. Todo eso empieza a hacer agua cuando en el pantano aparecen nuevos ricos que nadie conocía, pero que sí conocían muy bien la ruta hacia Pemex.
A veces la corrupción no entra por la puerta principal. Entra maquillada de prosperidad regional, de emprendimiento repentino, de amistad útil, de adjudicación directa, de socio silencioso, de compadre eficaz. Y cuando finalmente se asoma, no llega con expediente en mano sino con música, reflectores y una pista de baile.
Tabasco no necesita otra fiesta.