José Luis Parra
El poder desgasta. Siempre. La diferencia es que algunos regímenes tardan años en descubrirlo y otros apenas unos meses. La llamada Cuarta Transformación ya comenzó a sentir en carne propia el peso del desgaste, el exceso de confianza y el peligroso hábito de creerse invencible.
Y cuando un gobierno se siente invencible, normalmente empieza a cometer estupideces políticas.
Eso justamente parece estar ocurriendo.
Morena y la presidenta Claudia Sheinbaum comienzan a registrar síntomas que hace apenas semanas parecían imposibles: caída en aprobación, desgaste de marca, crecimiento de negativos y, peor aún para cualquier régimen, la percepción de que el poder ya no resuelve todo.
El problema para el oficialismo no es solamente la inseguridad, ni Sinaloa, ni Chihuahua, ni la economía estancada, ni las vacaciones de lujo de algunos cuadros morenistas que descubrieron demasiado rápido las mieles del presupuesto. El verdadero problema es otro: la narrativa de superioridad moral empieza a desmoronarse.
Y cuando se cae la narrativa, comienza el nerviosismo.
Por eso en Palacio ya revisan encuestas con la misma angustia con la que antes revisaban expedientes judiciales. Los números empiezan a dejar de ser cómodos. Y en política los porcentajes funcionan igual que la sangre en el mar: cuando aparecen, los tiburones se acercan.
La 4T luce desconcertada. Defiende gobernadores cuestionados mientras predica honestidad. Habla de austeridad mientras aparecen yates, relojes de lujo, hoteles europeos, postales asiáticas y escapadas familiares dignas de influencers aspiracionales.
El discurso franciscano terminó chocando con el shopping internacional.
Y entonces apareció Chihuahua.
Lo que originalmente parecía un operativo más en la interminable guerra contra el narcotráfico terminó convirtiéndose en un error estratégico monumental para Morena. Porque el oficialismo, en su desesperación por controlar daños y enemigos, cometió una vieja torpeza del sistema político mexicano: fabricar mártires.
Y no hay oposición más peligrosa que aquella que encuentra una víctima rentable.
Maru Campos pasó de ser una gobernadora panista regional a símbolo nacional de resistencia. Así de rápido. Así de torpe fue la maniobra oficialista.
El PAN, que llevaba meses atrapado entre discursos aburridos, relanzamientos fallidos y dirigencias incapaces de conectar con la ciudadanía, encontró finalmente una bandera emocional. Y en política las emociones suelen valer más que las estructuras.
Hoy el panismo se cohesiona alrededor de una narrativa sencilla pero efectiva: persecución política.
La comparación ya circula entre dirigentes azules: el desafuero de López Obrador en 2005. Aquella operación impulsada por Vicente Fox terminó convirtiendo al entonces jefe de Gobierno en víctima nacional y posteriormente en presidente.
La historia mexicana tiene ese humor negro: los gobiernos suelen fabricar a sus propios adversarios.
Salinas ayudó a Fox.
Fox ayudó a López Obrador.
Y ahora, según la tesis que ya recorre los pasillos panistas, Sheinbaum podría estar ayudando a Maru Campos.
Suena exagerado. Quizá lo sea.
Pero también parecía exagerado pensar que López Obrador sobreviviría políticamente al desafuero.
El problema para Morena es que las crisis empiezan a acumularse demasiado rápido. Y las acumulaciones suelen convertirse en avalanchas.
Sinaloa desgasta.
Chihuahua desgasta.
La economía no ayuda.
La inseguridad tampoco.
Y encima el obradorismo enfrenta algo todavía más delicado: el desgaste interno. Porque cuando el poder absoluto empieza a deteriorarse, aparecen los cuchillos largos dentro del propio movimiento.
Ya comenzaron las advertencias internas para evitar lujos, viajes ostentosos y amistades incómodas rumbo al 2027. Traducido al español político: en Palacio entienden perfectamente que la austeridad dejó de ser virtud moral y volvió a convertirse en necesidad electoral.
Tarde.
Muy tarde quizá.
Porque mientras Morena intenta apagar incendios, el PAN encontró oxígeno. Y Maru Campos recibió, sin pedirlo, el mejor regalo político posible: convertirse en objetivo del régimen.
Ahora falta ver si sabe administrar ese capital.
Porque una cosa es que te fabriquen como símbolo.
Y otra muy distinta es sobrevivir a la cosecha.