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La negación de las evidencias

Jesús José Castañeda Nevárez

 

“Hay una actitud muy humana, pero profundamente destructiva, que se repite una y otra vez cuando enfrentamos problemas que son demasiado grandes, demasiado dolorosos o demasiado incómodos, que es *la negación*.

En psicología del comportamiento se sabe que la negación no es solo ‘no querer ver’, es un mecanismo de defensa que minimiza la gravedad de la realidad, la distorsiona o la atribuye siempre a otros, principalmente del pasado para no asumir responsabilidad en el presente.

Sirve para protegernos emocionalmente en el corto plazo… pero agrava el daño en el mediano y largo plazo, porque mientras lo negamos, el problema sigue creciendo.

En estos días hemos visto esa misma dinámica en la respuesta del gobierno federal ante tres crisis graves:

Ante la decisión del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU de llevar el caso de México ante la Asamblea General, por considerar que existen indicios fundados de desapariciones forzadas como crímenes de lesa humanidad, la reacción ha sido el rechazo frontal: calificando el informe de “tendencioso”, “parcial” y “sesgado”, se insiste en que “extrapola” datos del pasado y se subrayan los avances propios mientras se minimiza la catástrofe humanitaria miles de desaparecidos y de miles de restos sin identificar.

Frente al derrame de hidrocarburos que ha manchado cientos de kilómetros de costas en el Golfo de México, afectando el ecosistema además de miles de pescadores, la narrativa oficial ha oscilado entre deslindar rápidamente responsabilidad de Pemex, atribuirlo a “chapopoteras naturales” o a un buque privado, y destacar las toneladas recolectadas… mientras organizaciones ambientales y evidencias satelitales señalan posibles fugas en ductos de la propia paraestatal.

Y ahora, con el nuevo incendio en la bodega de coque de la refinería Olmeca en Dos Bocas —que se suma a otros incidentes previos, incluido el que ya costó vidas humanas—, la respuesta vuelve a ser similar: se informa que fue “controlado”, sin lesionados, y se minimiza su relevancia en el contexto de un proyecto emblemático que sigue acumulando señales de alerta.

No se trata de negar que existan esfuerzos o que algunos problemas tengan causas complejas. Se trata de reconocer que, cuando la respuesta institucional predominante es la **defensa**, la **culpa externa** y la **minimización sistemática**, se está reproduciendo exactamente el mismo patrón psicológico que observamos en personas con problemas graves que no logran avanzar: mientras se niega la magnitud y se evita mirar de frente las fallas propias, la solución real se posterga… y el costo lo pagan los más vulnerables: las familias de desaparecidos, las comunidades costeras, los ecosistemas y, en última instancia, todo el país.

La madurez humana —y también la madurez institucional— no

consiste en no cometer errores. Consiste en tener la valentía de reconocerlos, asumir responsabilidad y corregir el rumbo con transparencia. Negar la realidad no la hace desaparecer. Solo la hace crecer y volverse más difícil de resolver después.

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