Eduardo Sadot
Todos los líderes políticos a lo largo de la historia dicen muchas cosas, pero pocos – los mejores – tienen buena memoria de lo que han dicho y corrigen cuando haya que hacerlo y confirman también cuando deben hacerlo, y quienes conocemos de Alejandro Moreno, sabemos que es dueño de una excelente memoria, se define como político nato con la frialdad necesaria para tomar decisiones con desapego emocional, que den resultados óptimos, a cualquier precio, pero en beneficio de su comunidad, desprendido de egoísmos.
Alejandro Moreno declaró “Nadie nos va a dar nada la regístrenlo nadie va a hacer por nosotros y díganlo con claridad, el respeto se da, la confianza se gana y la lealtad se demuestra si se falla en una se pierden las tres” “Compromiso respeto y lealtad con la militancia, compromiso y lealtad con los ciudadanos, con la gente” “Ahí el PRI en el territorio, con mucho ánimo y con mucho carácter” pero omitió que así como exige a su cúpula lealtad y compromiso, debe ser de dos vías, también la militancia debe asumir sus compromisos como la dirigencia y con lealtad que son valores de dos vías.
En la política mexicana, los contrastes no solo marcan posturas: definen rutas. La reciente serie de declaraciones y confrontaciones protagonizadas por Alejandro Moreno Cárdenas, mejor conocido como “Alito”, exhibe con claridad una estrategia que combina crítica frontal, reposicionamiento partidista y cálculo político frente a los escenarios de 2027 y 2030.
Uno de los puntos más delicados ha sido su postura frente al viaje de la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona para asistir a la llamada “IV Cumbre en Defensa de la Democracia”. Moreno no solo cuestionó la pertinencia del viaje, sino que fue más allá al advertir que la asistencia a un foro de líderes progresistas podría tensar la relación con Estados Unidos y, en un momento particularmente sensible, afectar las negociaciones del T-MEC. Calificó la decisión como “lamentable”, en un tono que revela no solo desacuerdo, sino una lectura geopolítica que intenta colocar al PRI como una voz de cautela frente a la política exterior del actual gobierno.
Pero si el terreno internacional ha sido motivo de crítica, el ámbito interno ha escalado hacia la confrontación abierta. El choque con el senador Gerardo Fernández Noroña dejó ver el nivel de polarización política que atraviesa el país. El intercambio de insultos en redes sociales, donde Moreno utilizó términos como “parásito del sistema” y “ratas inmundas”, no solo evidencia un deterioro del debate público, sino también una estrategia de confrontación directa con figuras emblemáticas de Morena. Este episodio no es aislado: forma parte de un clima político donde la descalificación sustituye al argumento.
En paralelo, Moreno ha elevado el tono de sus denuncias contra el gobierno federal, al que acusa de propiciar un “estado de terror”. Sus señalamientos incluyen al vocero presidencial y a gobernadores emanados de Morena, a quienes responsabiliza de violaciones a la ley electoral. Estas acusaciones se enmarcan en una narrativa más amplia del PRI: posicionarse como defensor de las instituciones frente a lo que consideran excesos del poder.
Esa misma línea se refuerza en su rechazo categórico a las reformas electorales impulsadas por el oficialismo, conocidas como “Plan B”. Moreno ha sido enfático: el PRI votará en contra. Habla de “defender la democracia con carácter y firmeza”, un discurso que busca reconectar con sectores que ven en las reformas un riesgo para la autonomía electoral. Aquí, el PRI intenta recuperar una bandera histórica: la de árbitro institucional, aunque paradójicamente arrastre su propio pasado cuestionado en esa materia.
Más allá de la confrontación, hay un componente estratégico que no debe perderse de vista. En sus giras y reuniones con la militancia —como las realizadas en Durango—, Moreno ha insistido en que el PRI está listo para competir, ya sea en alianzas o en solitario. El objetivo declarado es ambicioso: liderar una “reconstrucción nacional”. Esta narrativa apunta a reposicionar al partido no solo como oposición, sino como alternativa de poder.
Sin embargo, la viabilidad de ese proyecto enfrenta desafíos evidentes. El PRI no solo compite contra un oficialismo fuerte, sino también contra su propia historia reciente, marcada por desgaste, pérdida de credibilidad y fracturas internas. La retórica combativa de Moreno puede movilizar a una base, pero difícilmente será suficiente por sí sola para reconstruir un proyecto nacional competitivo.
En este contexto, lo que estamos presenciando no es únicamente una serie de declaraciones polémicas, sino el intento de redefinir el papel del PRI en un sistema político profundamente transformado. Entre críticas a la política exterior, confrontaciones internas y la defensa del sistema electoral, “Alito” Moreno busca colocar a su partido en el centro del debate. La pregunta de fondo es si ese protagonismo se traducirá en relevancia electoral o quedará, como tantas veces en la política mexicana, en el terreno de la estridencia.
El tiempo —y las urnas— tendrán la última palabra.
@eduardosadot
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