José Luis Parra
Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum se reunía en Palacio Nacional con legisladores de Morena y aliados para hablar de soberanía, independencia y patriotismo de utilería, en Washington les movían discretamente el tapete. El Gobierno de Estados Unidos anunció la revisión de los 53 consulados mexicanos instalados en territorio norteamericano. Y sí, la palabrita maldita apareció sobre la mesa: cierres.
Es la política, estúpidos.
Mientras acá organizan ceremonias de unidad y discursos para consumo doméstico, allá revisan expedientes, relaciones, operaciones y posibles intervenciones políticas disfrazadas de labor consular. Porque cuando Estados Unidos empieza a “revisar”, rara vez se queda en una auditoría administrativa. Normalmente busca algo más profundo. Y cuando no encuentra, inventa pretextos para encontrarlo después.
El problema para la 4T es que el tigre ya despertó.
Y no precisamente el tigre electoral que tanto presumían en campaña. No. Este tiene oficinas en Washington, fiscales federales, agencias de inteligencia y tiempos políticos propios. Uno que juega ajedrez mientras acá siguen jugando serpientes y escaleras con discursos sobre soberanía.
Porque mientras Morena cierra filas, Estados Unidos parece abrir carpetas.
Y eso explica muchas cosas.
Explica, por ejemplo, por qué en la reunión de más de tres horas entre Sheinbaum y sus legisladores nadie quiso tocar el tema de los presuntos vínculos entre políticos morenistas y el narcotráfico. Ni las amenazas de nuevas listas. Ni Sinaloa. Ni los nombres incómodos. Nada.
Silencio absoluto.
Como si ignorar el incendio evitara el humo.
Ricardo Monreal prácticamente admitió que la presidenta decidió patear el tema debajo de la alfombra. Fernández Noroña respondió con el clásico manual de resistencia patriótica: “que hagan las listas que quieran”. Y el resto cerró filas alrededor del concepto favorito del oficialismo cuando las cosas se complican: soberanía.
Curiosa defensa de la soberanía.
Porque mientras aquí convocan a recorrer calles para explicar al pueblo los peligros del imperialismo, allá podrían estar revisando consulados, visas, relaciones financieras y hasta expedientes judiciales de personajes muy específicos.
Y cuidado.
Porque cuando Estados Unidos empieza revisando edificios, a veces termina revisando personas.
La señal no es menor. Los consulados mexicanos representan una de las redes diplomáticas más grandes del mundo. Son estructura política, operación comunitaria, atención migratoria y también espacios de influencia. Tocarlos implica enviar un mensaje político. Uno bastante claro.
Washington está tensando la cuerda.
Y Morena decidió responder con discursos nacionalistas.
El problema es que los discursos sirven mucho en plazas públicas, pero muy poco frente a fiscales federales.
Por eso llama tanto la atención el nerviosismo disfrazado de serenidad. La insistencia en hablar de independencia nacional justo cuando arrecian las versiones sobre investigaciones, listas y presuntos expedientes relacionados con personajes cercanos al poder.
Porque si algo sabe el sistema político mexicano es interpretar señales.
Y esta viene en inglés.
La pregunta ya no es si Estados Unidos presionará más.
La pregunta es hasta dónde.
Porque el vecino del norte parece haber entendido algo que en Palacio Nacional todavía minimizan: cuando se mezcla política, narcotráfico y tensiones binacionales, el juego cambia de nivel.
Y ahí las conferencias mañaneras sirven de poco.
Bien dicen que cuando el tigre apenas mueve la cola, todavía hay tiempo de alejarse.
El problema empieza cuando enseña los dientes.
Y algunos, por lo visto, siguen empeñados en rascarle los destos.