José Luis Parra
La desinformación siempre ha sido considerada un arma eficaz de guerra. Desde tiempos remotos. No por nada Sun Tzu dejó aquella frase convertida en manual universal de la política moderna: “Toda guerra se basa en el engaño”.
Y México, por supuesto, no podía quedarse fuera del reparto.
Aquí todos juegan a lo mismo. Oficialistas, opositores, aliados temporales, cuentas anónimas, granjas digitales, opinólogos patrióticos y mercenarios de teclado. Cada quien empuja su versión de la realidad como si vendiera detergente en oferta.
Porque controlar la narrativa ya no es complemento del poder.
Es el poder.
La vieja táctica sigue intacta: aparentar debilidad cuando se es fuerte, fingir calma mientras se dispara y sembrar confusión para que nadie entienda quién gana, quién pierde o quién roba.
Y mientras el ciudadano intenta descifrar qué es verdad, las redes sociales convierten cualquier rumor en sentencia definitiva.
La CIA hizo escuela en eso. Está en su ADN. Manual básico de operaciones psicológicas. Pero tampoco exageremos el nacionalismo ingenuo: aquí también se practica con entusiasmo tropicalizado. El gobierno mexicano y todas las corrientes políticas hacen su luchita propagandística. A veces sofisticada. A veces tan burda que parece tarea escolar de secundaria.
Pero cumplen el objetivo: distraer.
Porque en tiempos modernos la guerra ya no necesariamente necesita tanques.
Bastan tendencias.
Ahí tienen el episodio de Marco Rubio. El secretario de Estado estadounidense apareció recostado en el Air Force One usando el mismo conjunto deportivo Nike Tech que, según las imágenes difundidas por Donald Trump, llevaba Nicolás Maduro al momento de su supuesta captura en Caracas.
Obviamente no fue casualidad.
Nada es casualidad cuando hay cámaras, asesores y elecciones futuras de por medio.
El mensaje era claro: humillación simbólica, propaganda visual y alimento instantáneo para las redes sociales. Rubio no sólo portaba una sudadera gris. Vestía un trofeo político.
Y funcionó.
La fotografía se viralizó de inmediato entre activistas republicanos, operadores digitales y fanáticos del espectáculo político. Porque la política moderna ya entendió algo: las imágenes pesan más que los discursos.
Maduro terminó convertido en meme global, disfraz de fiestas y mercancía digital. Rubio, mientras tanto, alimenta discretamente su posicionamiento rumbo al 2028 junto a J.D. Vance.
Todo calculado.
Todo empaquetado.
Todo distribuido para consumo masivo.
La desinformación ya no sólo consiste en mentir. Ahora también consiste en saturar. Inundar. Confundir. Crear tantas versiones de un hecho que la verdad termine agotada, rendida y escondida debajo de toneladas de ruido.
Y México vive exactamente en ese pantano.
Aquí las filtraciones aparecen misteriosamente sincronizadas. Los audios surgen en tiempos electorales. Las campañas negras nacen desde sótanos oficiales o desde oficinas privadas. Las redes sociales convierten cualquier ocurrencia en tendencia nacional en menos de una hora.
Todos acusan manipulación.
Todos manipulan.
Y mientras los bandos libran sus guerras digitales, el ciudadano común termina atrapado entre propaganda disfrazada de periodismo y periodismo convertido en propaganda.
Sun Tzu estaría orgulloso.
O preocupado.
Porque al menos en las guerras antiguas alguien sabía exactamente quién era el enemigo.
Ahora no.
Ahora el enemigo puede traer celular, algoritmo y cuenta verificada.