Rodolfo Villarreal Ríos
Éste sería el tópico de hace una semana, pero ya nos habíamos comprometido con usted, lector amable, para abordar otro. Alguien nos podrá decir que el tema lo hemos tratado antes, pero al observar como los de ahora han destruido la educación primaria en las escuelas públicas no pudimos sustraernos a traerlo a cuenta nuevamente por dos razones: Una, la diferencia entre la calidad de la enseñanza que se impartía en las escuelas de la Revolución Mexicana del ayer y la pobreza contenida en la instrucción impartida en la nueva escuela mexicana del ahora.
Otra, el agradecimiento perene que tenemos a quienes nos impartieron los conocimientos básicos a partir de los cuales vinieron todos los demás. El contenido del escrito gira entre los linderos del pueblo y un asunto estrictamente personal, pero estamos ciertos de que con sólo cambiar los nombres podría ubicarse en cualquier sitio.
Eran otros tiempos, en donde sin los artilugios electrónicos y tecnológicos del presente, los maestros cumplían su encomienda con un grado altísimo de profesionalismo. Lo de ellos era preparar chamacos para que contaran con los conocimientos que les permitieran enfrentar el futuro en las aulas y en la vida cotidiana. La relación profesor-educando era de respeto del segundo hacia el primero y ello arrojaba resultados positivos. Mientras estábamos en estas cavilaciones, vinieron a nuestra mente las imágenes de quienes nos enseñaron lo básico que nos permitió ir por la vida desbrozando el camino de la ignorancia para adquirir conocimientos nuevos. Acerca de aquellos a quienes con el paso del tiempo tendemos a olvidarlos porque nos volvemos “muy importantes,” versará esta colaboración.
Era la mañana del lunes de 4 de septiembre de 1961, la confluencia de las calles Xicoténcatl y Rayón lucía muy concurrida. En el centro de Piedras Negras, Coahuila estaba, está, ubicada la Escuela Primaria Federal Francisco Pascual Estrada a la cual una parvada de chamacos llegaba para dar inicio al año escolar nuevo. Ellas vestían falda de tablones color guinda con tirantes, blusa y calcetas blancas. Nosotros de pantalón kaki y camisa guinda. La abrumadora mayoría llegábamos felices, aun cuando los del primer grado, como es natural, íbamos temerosos. Algunos berridos se llegaban a escuchar, en medio de los cuales hubo un caso en particular que nunca hemos olvidado, ni el nombre de quien lo representó.
Era un chamaco quien se resistía a quedarse en la escuela, ante lo cual el padre decidió “ejercer la autoridad” y a punta de cuero lo obligó a permanecer. Quienes observábamos la escena nos quedamos sorprendidos y buscábamos nuestro lugar para formarnos en la fila. En lo personal, para nosotros, aquel sitio no era extraño. Tres años antes, en la construcción ubicada en el centro del complejo educativo operaba el jardín de niños que, después, habría de llamarse Elena Mateos de López. Ahí, literalmente, de la mano de Rosa María Herrera Pérez habíamos dado inició a la convivencia formal en la instrucción.
Ella, junto con Silvia Oliva Garza González, se encargaba de irnos introduciendo a la vida escolar, mientras que Armandina Velazco y Cota bajo los acordes del piano buscaba atenuar las discordancias musicales de aquellos infantes imberbes. Aquí cabe hacer un apunte al calce. Tanto el jardín de niños como la escuela primaria formaban parte del complejo educativo integral que llegaba hasta las carreras profesionales, un concepto adelantado a su tiempo y poco comprendido entonces, concebido por el profesor Fausto Zeferino Martínez Morantes. Pero retornemos a septiembre de 1961.
Aquel era un salón enmarcado por ventanales amplios, estábamos sentados en medio de un grupo en donde se delimitaba perfectamente las filas de las niñas y de los niños. Al frente, delante del pizarrón, se encontraba Martha Nélida Riojas Carrasco quien habría de enfrentar con un alto grado de paciencia y vocación magisterial la encomienda de sacar de la ignorancia plena a aquel grupo de chamacos. En lo personal, evocamos con gran respeto y agradecimiento todo el tiempo que nos dedicó, durante el periodo de clases y varios minutos después de ellas, para que en nuestra cabeza dura entraran los conocimientos y aprendiéramos correctamente las letras y los números.
Éramos la segunda generación que se formaba al amparo de los libros de texto gratuitos cuya distribución instaurara un año antes el gobierno del presidente Don Adolfo López Mateos bajo la supervisión de su secretario de educación pública, Jaime Torres Bodet quien, con todos los defectos personales que se le quieran achacar, fue el responsable de que se trasformara para bien el sentido de la educación en México. En esos volúmenes, bajo la guía de Riojas Carrasco, aprendíamos a leer, escribir, los esbozos de la aritmética, al igual que conocíamos los episodios históricos y los personajes quienes habían construido nuestra nación.
Esto último, nos habría de servir para cimentar el nacionalismo y la identificación con nuestro país, pues debemos de recordarlo, entonces el contacto con el resto de la nación era limitado, mientras que, a cinco minutos, nos quedaban los Estados Unidos de América. Ya estaba por finalizar el año escolar y, como se acostumbraba entonces, era común que llegaran a visitar los grupos las autoridades escolares.
En esa ocasión arribaron, la directora de la escuela Herlinda Martínez Morantes, el inspector de la zona escolar, Rafael Castro Flores y otra profesora de figura menuda cuyo nombre, Rosa H. Saucedo Maldonado, nada nos dijo entonces, pero que muchísimos años después habríamos de enterarnos que, además de su fama bien ganada como instructora, había participado en la Revolución Mexicana. El trío de personajes seleccionaba al azar algún educando y le realizaban preguntas para medir sus conocimientos. Al final, dada la actuación de los chamacos, felicitaron a la responsable del grupo por haber impartido correctamente las enseñanzas. A los pocos días, ya andábamos en pleno verano esperando que arribara septiembre para regresar a las aulas.
Al iniciar el segundo año, nos volvimos a encontrar prácticamente los mismos, excepto un par de nuevos compañeros. Quien se encargaría de mantenernos por el camino de la enseñanza sería Rosa María Rodríguez Aguirre acerca de quién nos enteraríamos, muchos años después, teníamos ligas familiares provenientes de rumbos jaliscienses. Por razones que desconocemos, ella puso énfasis especial en la lectura. Aquello era una combinación singular. No solamente había que leer, era necesario comprender lo que se estaba revisando y además hacerlo con celeridad. En este contexto, organizaba competencias de lectura de rapidez.
Uno de los chamacos alcanzó 235, mientras que nosotros llegábamos a 200 palabras por minuto. A partir de ahí, la lectura fue nuestro medio para paliar la ignorancia. Para entonces, se dieron cambios en la dirección de la escuela y arribó a dirigirla, por muy poco tiempo, una profesora de nombre Dolores Robles Montalvo. Mientras todo esto acontecía, la enseñanza era cosa de un día y otro también, cosas nuevas se aprendían y era un disfrute acudir a la escuela. Al terminar el ciclo escolar quedábamos listos para ir al tercer año.
Ello inició el lunes 2 de septiembre de 1963 y habría de ser un año muy interesante. Ya para entonces, la escuela Estrada estaba bajo la dirección de María Cruz Villasana Sandoval quien habría de conducirla durante varios años por el sendero del éxito y la disciplina hasta convertirla en la mejor escuela primaria de la localidad. En ese contexto, se desempeñaban los profesores que ahí laboraban, entre el grupo se encontraba alguien que desarrollaba una energía singular, y quien entonces se presentaba ante el grupo de tercer año, María del Socorro Lozano Dávila. La actitud que asumía como forma de enseñanza iba más allá de las aulas.
A la parte académica, le agregaba la actividad física. En ese contexto, una vez por semana durante la tarde, encabezaba el grupo y lo dirigía ya fuera a los rumbos de lo que entonces era conocido como “La Pedrada” (actualmente la Plaza de las Culturas) o bien las instalaciones del Cuartel y ahí se armaban los partidos de beisbol con ella como participante activa. Nada de presumir de liberación femenina, simplemente aquello era divertirse junto con los chamacos.
Regresábamos todos empolvados y sudorosos, pero contentos tras de aquel ejercicio físico. Así fue por varios meses hasta que se suscitó un incidente en las instalaciones militares en donde cayó a la alberca una compañera y como no sabía nadar pues casi se ahoga de lo cual la salvó el hijo de un pastor protestante. Ahí terminaron las excursiones y a quedarse exclusivamente con la interacción en el aula en donde el respeto siempre imperó.
Claro que no faltaba por ahí un chamaco inquieto a quien no podía poner en paz. Pese a ser un alumno excelente, estaba sobrado de energía y no había forma de mantenerlo en el pupitre. Para apaciguarlo tomó medidas heterodoxas, aprobadas inclusive por la madre del aludido, pero que mejor no las mencionamos pues en estos tiempos de corrección política podrían provocar urticaria no obstante que al involucrado en nada molesta y hasta plasma aquí el recuerdo con agradecimiento.
El año escolar trascurría con éxito académico, cuando, por razones personales, Lozano Dávila anunció que dejaría temporalmente la enseñanza. Un día apareció ante el grupo quien la reemplazaría. Por su aspecto, lucía como integrante de un grupo de los rebeldes sin causa, conducía una motocicleta Islo, su nombre era Víctor Hugo Martínez Rosaslanda. Proveniente de la ciudad de México llegaba con mucha fogosidad, mal encauzada. Al parecer, se había quedado en aquello de que “la letra con sangre entra”. Conforme trascurrió el tiempo, optó por fomentar entre los alumnos la práctica del futbol como una vía para mejorar las relaciones. El tercer año terminaba entre azul y buenas noches, esperando que el siguiente fuera mejor.
El año lectivo 1964-65 habría de ser uno especialmente productivo en la enseñanza. Un año antes, proveniente del Distrito Federal, había arribado José Carlos Santiago Gómez. Aparte de su pasión futbolera, era un enamorado de la enseñanza de la historia y como nunca disfrutamos del aprendizaje de ésta. Tenía una forma muy peculiar de imponer la disciplina entre los alumnos. Si alguno(s) no guardaba(n) el orden durante la clase o bien se embarcaba(n) en alguna refriega durante el recreo, había designado a un compañero rollizo quien armado de un tablón amplio de una pulgada de grueso se ubicará al fondo del salón. A su lado, se colocaba al mal portado quien dé pie no debería de moverse.
Al mínimo balanceo, se le ordenaba al “verdugo” accionar el pedazo de madera sobre las posaderas del castigado. Claro que eran otros tiempos, hoy, el profesor, sería llevado ante la picota de los derechos humanos para quemarlo en leña verde. Hasta donde recordamos, ningún padre de familia fue a quejarse por aquello. La enseñanza recibida en ese lapso fue muy positiva, muchos fueron los conocimientos adquiridos y salíamos prestos para pasarnos el verano practicando beisbol, mientras esperábamos que llegara el inicio del quinto año escolar.
De entrada, el año pintaba muy bien, retornaba a las aulas para colocarse al frente del grupo María del Socorro Lozano Dávila cuyas credenciales de enseñanza eran de excelencia. El proceso de aprendizaje marchaba muy bien. De pronto, por razones que desconocemos, anunció que se retiraría. Esto provocó inquietud tanto en los alumnos como en los padres de familia quienes estaban muy involucrados en el proceso de enseñanza. Mientras eso sucedía, los alumnos sobrados de energía dedicaban las horas del recreo y la dedicada a la educación física que impartía José Guadalupe Garza De La Cerda, a jugar voleibol acompañado por el atletismo.
Para el desarrollo de esta última actividad, se acondicionó un espacio en el cual se practicaba el salto de longitud y altura, mientras que, no muy lejos de ahí, algunos lanzaban la bala, objeto que en una ocasión casi mata a un compañero. Aunada a esta actividad física, los chamacos acostumbrábamos a regresar pronto para el turno vespertino, pero no se crea que para irnos a meter al salón de clases. El motivo de su apuro era ponernos a jugar beisbol de una manera singular.
Armados con una pelota de hule esponja y la mano convertida en majagua, en el patio que da a la calle de Rayón, improvisábamos el diamante beisbolero teniendo como primera base un árbol, la segunda era la parte posterior del monumento que sostenía el busto de Francisco Pascual Estrada, la tercera era una toma de agua y en homeplate se convertía lo primero que se tuviera a la mano.
Épicos resultaban los partidos, mientras que los infantes sudábamos a raudales y más tarde nuestras camisas guindas parecían mapas con líneas blancas que marcaban el sudor ya seco, sabíamos que nos esperaba una reprimenda en casa, lo cual poco nos importaba. Pero volviendo a la enseñanza, los cambios continuaron, tras de que por un periodo breve estuvo como su profesora María de Jesús Villarreal De Hoyos. Tras de ella, recién egresada de la Escuela Normal, llegó Gertrudis Alicia Lozano Dávila quien puso un esfuerzo extra por subsanar lo que el cambio de profesores generó en los alumnos.
Cuando terminó el ciclo escolar, creíamos que nos pasaríamos el verano en la holganza. Sin embargo, nuestra madre decidió que requeríamos preparación extra y, poniéndose de acuerdo con las progenitoras de otros compañeros, nos enviaron a tomar clases de verano con quien había sido su mentora en la escuela primaria, Ildefonsa Paredes. Esta persona fue capaz, en un par de meses, de imponernos disciplina y dejarnos listos, académicamente hablando, para ingresar al último año de la escuela primaria.
Ahí estábamos, el jueves 2 de septiembre de 1966, a punto de iniciar la última etapa de aquella nuestra primera experiencia de vida escolar. Jesús Cervera Gutiérrez sería nuestro profesor en sexto año. Una persona con carácter alegre y juvenil quien buscaba proveer la enseñanza en un ambiente relajado que invitara a recibir los conocimientos alejados de la solemnidad. Con él accedimos por vez primera al conocimiento de la historia y la cultura mundial, así como de la geografía universal.
Un libro era básico en ese proceso, se titulaba “Cultura y Espíritu,” el cual, junto con los de historia y geografía, continúa formando parte de nuestra biblioteca. En medio de todo ello, había otras actividades en la escuela, tales como la función de cine semanal que era provista por Manuel Aguilar quien, a cambio de un cobro módico, nos exhibía películas mexicanas y ni modo que ahora neguemos que las de El Santo eran las más populares entre los chamacos quienes, a grito pelado, coreábamos el nombre del Enmascarado de Plata.
Pero en eso de actividades distintas a la académica, Cervera Gutiérrez se interesaba promover otras de índole diversa. Impulsó la creación y actuación de la banda de guerra. Igualmente, se involucraba en la organización de concursos en donde los alumnos demostraban sus habilidades como oradores o declamadores. Asimismo, fomentaba las competencias de, algo que hoy habrá de lucir a los ojos de los modernos como arcaico, el balero, el trompo y las canicas juegos hoy desconocidos para los infantes hijos de la Tablet.
En igual forma, los viernes por la tarde, había un espacio dedicado a los chistes, los cuales estaban muy lejos de los que hoy escuchamos plenos de vulgaridad e ignorancia. Todo ello en nada afectaba la calidad de la educación que se impartía, a cada acción se le daba su tiempo y espacio. Finalmente, el viernes 24 de junio de 1967, en el patio central de la Francisco P. Estrada, concluían su educación primaria 86 alumnos, 46 quienes habían sido tutorados por Luis Lauro Cavazos Corral y 40 pertenecientes al grupo de Jesús Cervera Gutiérrez.
Esta ha sido una semblanza apretada de recuerdos de un chamaco provinciano del ayer sobre aquellos a quienes, a pesar del tiempo trascurrido, recuerda con afecto y agradecimiento singular. Gracias a sus enseñanzas adquirimos los conocimientos básicos que nos sirvieron de fundamento para el resto de nuestra formación académica, dividida en tres grandes etapas, así como en la vida profesional. Aquellos eran otros tiempos en los cuales, en las escuelas de la Revolución Mexicana, se privilegiaba la enseñanza de calidad.
vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.20.67) Pues vaya mes de éxitos (¡!) para los adalides de la democracia. A inicios de mayo, a la mexicana le acusaron a 10 de sus muchachos por actos indebidos. La pasada semana, dos se le saltaron la cerca para ir a cantar en New York y, como la canción aquella, de los 10 que tenía, ya nomás le quedan ocho, ocho… En la presente, le tocó el turno a Pedrito el españolito. El domingo a su candidata, María de Jesús la dejaron sin bolso en Andalucia. El martes, a su mentor el tal Zapatero le han bailado encima un zapateado que le ha desnudado cada uno de sus “negocios”. Por su parte a Petro, el miércoles, Bolivia además de calificarlo de lenguaraz, le expulsó a su embajadora y la nombra persona non grata.
Añadido (26.20.68) Lo publicamos aquí hace exactamente cinco años y una semana, pero ante los tiempos que vivimos vale la pena reproducirlo: “Alguien podrá decir que eran los tiempos del presidencialismo, pero no sobra recordar la cita que Miguel Alemán Velasco realiza en ‘No siembro para mí. Biografía de Adolfo Ruiz Cortines’ (1997). Narra lo que en una ocasión este mandatario le comentó a su jefe de prensa, Humberto Romero Pérez: “El presidente, don Humberto, no puede, ni debe de ser un editor en jefe de la prensa nacional, porque la palabra presidencial debe de ser muy pesada, muy meditada, muy analizada, muy bien dicha, muy de vez en cuando, y con un sentido definitivo, porque tiene una gran importancia. La palabra presidencial debe de ser escuchada con mucha atención por todos y tomada verdaderamente en serio y, sobre todo, que sea la última que se tenga que decir sobre la vida política y constitucional del país”.