José Luis Parra
Hay conceptos que en política funcionan como paraguas. Sirven para cubrirse de la lluvia, del sol y, llegado el momento, de los problemas. La soberanía es uno de ellos.Política
Dos años después de la elección que la llevó a Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum encontró en la defensa de la soberanía nacional mucho más que una bandera ideológica. Encontró un refugio político.
La celebración de su triunfo electoral terminó convertida en otra cosa. El acto multitudinario en el Monumento a la Revolución no fue una ceremonia de aniversario. Fue una demostración de fuerza. Un mensaje hacia afuera y hacia adentro. Hacia Washington y hacia Morena. Hacia los adversarios y hacia los propios.
La presidenta eligió cuidadosamente el terreno de batalla.
No habló de expedientes.
No habló de acusaciones.
No habló de Sinaloa.
Mucho menos de los nombres que durante semanas han ocupado titulares nacionales e internacionales.
Eligió hablar de soberanía.
Y cuando una crisis política se traslada del terreno de los hechos al terreno de los símbolos, normalmente es porque alguien considera más conveniente discutir emociones que explicaciones.Política
La frase central del discurso no fue aquella de que México no es piñata de nadie. La verdadera señal llegó cuando Sheinbaum planteó la posibilidad de que las acciones emprendidas desde Estados Unidos pudieran buscar influir en las elecciones mexicanas de 2027.
No fue una acusación formal.
Tampoco una denuncia diplomática.
Fue algo políticamente más útil: una insinuación.
Las insinuaciones tienen una ventaja enorme. No necesitan probarse. Basta con sembrarlas.
Y la semilla cayó en terreno fértil.
Porque el oficialismo atraviesa un momento incómodo. Las investigaciones que rodean a personajes relevantes de Morena en Sinaloa han generado una presión que difícilmente puede ignorarse. El problema es que defender individuos resulta mucho más complicado que defender conceptos.
La soberanía, en cambio, no tiene costo político.
Nadie puede declararse públicamente en contra de ella.
Por eso el discurso presidencial terminó uniendo piezas que parecían dispersas: las tensiones con Washington, las investigaciones relacionadas con el narcotráfico, la reforma constitucional sobre intervención extranjera, la oposición y las elecciones de 2027.
Todo quedó acomodado bajo una misma narrativa.
Una narrativa simple.
México está bajo presión.
Hay intereses externos interviniendo.
La oposición celebra esa presión.
Y Morena debe cerrar filas.
La ecuación es perfecta.
También conveniente.
Porque convierte un problema interno en una amenaza externa.
Y pocas cosas generan más cohesión política que la existencia de un enemigo ubicado fuera de las fronteras.
No es una estrategia nueva. La historia está llena de gobiernos que encontraron en los adversarios extranjeros una forma eficaz de fortalecer la unidad interna cuando las circunstancias se complicaban.
La diferencia es que ahora el discurso llega acompañado de una reforma constitucional que contempla la intervención extranjera como causal suficiente para anular elecciones.
Y eso cambia el tamaño de la discusión.
Lo que parecía una reforma preventiva comienza a adquirir destinatarios concretos.
Quizá por eso la movilización del domingo tuvo más aroma de campaña que de gobierno.
Sheinbaum convocó a organizar asambleas, repartir información, ocupar plazas públicas y defender la soberanía.
El lenguaje recordó inevitablemente a los años de construcción territorial del obradorismo.
Más movimiento que administración.
Más militancia que institucionalidad.
Más resistencia que gobierno.
Nada de esto significa que la presidenta haya abandonado el ejercicio del poder. Significa algo más interesante: que ha decidido combinarlo con la narrativa de un movimiento que se considera bajo asedio.
Porque el nacionalismo tiene una virtud que Morena conoce perfectamente.
Une.
Ordena.
Disciplina.
Y sobre todo desvía la conversación.
Mientras se discute la soberanía, dejan de discutirse otras cosas.
Al final, la Plaza de la República ofreció una imagen reveladora.
Miles de simpatizantes coreando “¡No estás sola!” mientras la presidenta advertía sobre presiones externas y llamaba a cerrar filas.
No parecía la celebración de una victoria ocurrida hace dos años.
Parecía el arranque de una nueva campaña.
La diferencia es que esta vez el adversario no aparece en la boleta electoral.
Aparece en la narrativa.
Y en política, a veces los relatos terminan siendo más importantes que los hechos.Política
La batalla que viene probablemente no se librará únicamente en tribunales, medios o urnas.
Se librará en la construcción de una pregunta.
¿México enfrenta una intervención extranjera?
¿O estamos frente a una operación política para transformar una crisis propia en una causa nacional?
La respuesta, como casi siempre ocurre en política, dependerá menos de la realidad y más de quién logre contar mejor la historia.Política