José Luis Parra
En política las traiciones rara vez nacen de la nada. Casi siempre entran por la puerta que alguien decidió abrir.
La gobernadora Marina del Pilar asegura que Jaime Bonilla le tendió una trampa. Que la citó para presentarle supuestos intermediarios con contactos en agencias de seguridad de Estados Unidos, que la conversación fue grabada sin su consentimiento y que posteriormente fue utilizada para exhibirla. Si esa versión es correcta, estamos frente a una operación política cuidadosamente diseñada.
Pero toda operación tiene un origen. Y ahí aparece un nombre que en Palacio Nacional ya no pasa inadvertido: César Yáñez.
Fue el subsecretario de Gobernación quien, hace apenas un año, operó la reconciliación entre Marina del Pilar y Jaime Bonilla. El mensaje era claro: cerrar heridas internas de Morena rumbo a los procesos electorales que vienen. Hubo fotografía, sonrisas y el clásico discurso de unidad. Parecía que la guerra había terminado.
No terminó.
Simplemente se decretó un armisticio entre dos enemigos que nunca dejaron de serlo.
La historia demuestra que los acuerdos políticos impuestos desde arriba suelen durar exactamente lo que tarda uno de los involucrados en encontrar una mejor oportunidad para romperlos.
Y Bonilla la encontró.
Si realmente planeó el encuentro, grabó la conversación y filtró el material meses después, entonces no buscaba reconciliarse. Buscaba construir municiones para una guerra futura.
Eso explicaría por qué la filtración llegó justo cuando el desgaste de Marina del Pilar por el tema de la visa estadounidense se encontraba en uno de sus momentos más delicados.
En política no existen las casualidades. Existen los tiempos.
Y los tiempos fueron quirúrgicos.
Lo verdaderamente delicado no es únicamente la disputa entre dos personajes que llevan años intercambiando golpes. Lo preocupante es que la mediación promovida desde el propio gobierno federal terminó convirtiéndose, según las versiones que hoy circulan en Palacio, en el puente que permitió la traición.
Cuando un operador político acerca a dos adversarios irreconciliables, asume también parte de la responsabilidad por las consecuencias de ese acercamiento.
No porque controle a los actores.
Sino porque abrió la puerta.
Ahora, en los pasillos del poder, la pregunta ya no gira alrededor de Marina del Pilar o Jaime Bonilla.
La duda apunta hacia quien hizo posible aquel reencuentro.
Porque si el supuesto acuerdo de paz terminó siendo el escenario perfecto para montar una emboscada política, alguien calculó muy mal… o alguien nunca entendió que estaba sentando a negociar a dos enemigos que seguían cargando el cuchillo debajo de la mesa.
Y eso, en política, suele salir mucho más caro que una simple fotografía de reconciliación.