Rodolfo Villarreal Ríos
Todos estamos ciertos de que, históricamente, las relaciones a nivel gobiernos entre México y los Estados Unidos de América han sido cualquier cosa, menos tersas. En cuanto al grado de aspereza, gran parte tiene que ver con quien se encuentre al frente de cada nación. Sin embargo, un elemento que no se puede dejar de lado es la actuación de los embajadores de cada nación ante la otra. En relación con esto último, hay un caso peculiar acontecido, entre 1924 y 1927, cuando James Rockwell Sheffield era el representante estadunidense ante el gobierno de Mexico y ardía en deseos por armar camorra entre ambas naciones.
A mediados de junio de 1925, Sheffield viajó a los EUA para vacacionar. En el camino a su sitio de descanso pasó por Washington para entrevistarse con el secretario de estado, Frank Billings Kellogg. Dado que don James no profesaba simpatía alguna por el Estadista Elías Calles Campuzano, llevaba las alforjas plenas de líquidos biliares e intrigas. En cuanto tuvo enfrente a Kellogg procedió a bañarlo con una perorata anti-gobierno mexicano. Una vez desahogado, Sheffield tomó rumbo a New Haven, Connecticut. Iba seguro de que sus palabras tendrían los efectos que deseaba. Estaba en lo correcto, don Frank, le creyó a pie juntillas cada vocablo y, en lugar de adoptar una actitud reflexiva, el 12 de junio, decidió exhibir públicamente sus quejas en contra de México.
Empezó por recordar que, en 1923, se firmaron dos Convenciones de Reclamaciones con México. Esas no eran otra cosa sino los Tratados de Bucareli alrededor de los cuales, en México, se creó una leyenda negra sustentada en humo, pero creída por muchísimos. Pero retornemos a las palabras de Kellogg quien afirmaba que al respecto se habían creado las Comisiones Mixtas respectivas “para arreglar las demandas de los ciudadanos americanos formuladas por propiedades confiscadas ilegalmente por México y por daños a los derechos de los ciudadanos americanos. Estas Comisiones están ya reunidas y a su debido tiempo fallaran sobre dichas reclamaciones”. Pero, ahí no quedó todo.
Daba a conocer que Sheffield no solamente se había convertido en defensor de sus conciudadanos, sino que, también lo hacía con los de otras nacionalidades. Enfatizaba que “nuestras relaciones con el gobierno son amistosas, pero, sin embargo, no son completamente satisfactorias y esperamos y confiamos en que el gobierno mexicano devolverá las propiedades ilegalmente confiscadas e indemnizará a los ciudadanos americanos”. Eso sí, no podía eximirse de lanzar una advertencia.
Mencionaba que, si México cumplía con lo solicitado, “…estaremos satisfechos de que esta es la política del gobierno mexicano y de que esta línea de conducta está siendo observada con determinación para dar cumplimiento a sus compromisos internacionales, ese gobierno contará con el apoyo de los Estados Unidos”. Afirmaba que no estaba en condiciones de dar a conocer los detalles de lo que Sheffield ha discutido con el gobierno de México. Al respecto, con base a nuestras investigaciones, podemos afirmar que nada se había acordado, la comunicación entre ambos era muy cercana a cero. En lo que Kellogg no estaba errado era en otra información proveniente del sur del Bravo o Grande.
Indicaba que, en la prensa, se rumoraba que estaba por estallar una revolución en México. Para nadie era un secreto que la curia católica estaba a punto de entrar en la etapa final de algo que había venido construyendo desde tiempo atrás bajo la supervisión del jesuita francés Bernard Bergoen. Se trataba de la pomposamente apodada la revolución cristera que, en la realidad, fue una reyerta inútil, desarrollada entre 1926 y 1929, cuyo mayor logro fue la muerte de cien mil mexicanos y cuyo objetivo era impedir el nacimiento del Estado Mexicano Moderno. Sin embargo, el secretario de estado había comprado la versión de su subordinado y retornó a las advertencias.
Indicó: “… este gobierno seguirá apoyando al de México sólo mientras imparta garantías a las vidas y propiedades de los ciudadanos americanos y dé cumplimiento a sus compromisos y obligaciones internacionales. El gobierno de México está ahora a prueba ante los ojos del mundo. Tenemos el mayor interés en la estabilidad, prosperidad e independencia de México. Hemos sido pacientes y comprendemos, naturalmente, que necesita tiempo para formar un gobierno estable, pero no podemos apoyar la violación de sus obligaciones y la falta de cumplimiento de dar garantías a los ciudadanos americanos”. Eso lucía como un santo guamazo.
En respuesta inicial. El embajador mexicano ante Washington, Manuel C. Téllez Acosta, expresó su sorpresa por las declaraciones de Kellogg y precisó que, en el gobierno de México, lo de cubrir las indemnizaciones y cumplir con sus obligaciones internacionales “… es más que un deseo, es una determinación fija y una política”. La respuesta mexicana no quedó ahí.
El domingo 14 de junio de 1925, se distribuyó tanto a los diarios mexicanos como a los estadunidenses el texto de la respuesta que daba el estadista mexicano Plutarco Elías Calles Campuzano a las declaraciones de Kellogg. Tras de apuntar cuales eran las acusaciones, el presidente mexicano señaló: “La mejor prueba de que el gobierno de México está dispuesto a cumplir con sus obligaciones internacionales y a proteger las vidas y los intereses de los extranjeros, es precisamente que, aun cuando no estaba obligado conforme al Derecho Internacional, invitó a todas las naciones cuyos ciudadanos o súbditos hubieran sufrido daños por actos ejecutados durante los trastornos políticos habidos en el país, a fin de celebrar con ellos convenciones para establecer comisiones que conocieran de esos daños con objeto de otorgar las debidas indemnizaciones” Asimismo, explicó cómo se . dieron las negociaciones al respecto con los EUA.
En lo concerniente a la aplicación de las leyes agrarias, dejó en claro que se promulgaron en el marco de la soberanía del país “e independientemente de eso, el Departamento de Estado, a nombre de los nacionales americanos, ha aceptado la forma de indemnización prescrita por las leyes mexicanas”. Era una forma elegante de refrescar la memoria de don Frank.
Por supuesto que don Plutarco iba a negar cualquier posibilidad de que le armaran una revuelta, una cosa es que estuviera al tanto de las intrigas de la curia y otra que fuera a andarlo exhibiendo. En cuanto a eso de que, si México se portaba bien con los ciudadanos estadunidenses, los EUA nos seguirían apoyando, le respondió: “ eso es una amenaza para la soberanía de México, que éste no puede pasar inadvertida y que rechaza con toda energía, porque no reconoce a ningún país extranjero el derecho de intervenir en cualquier forma en los asuntos interiores, ni está dispuesto a subordinar sus relaciones internacionales a las exigencias de cualquier otro país”.
En cuanto a que el embajador estadunidense se había convertido en protector y representante tanto de sus paisanos como de otros extranjeros en México, la respuesta fue clara: “El embajador no tiene la representación de ningún otro extranjero, fuera de sus connacionales, y México no admitirá que, sin su previa autorización, dicho embajador [Sheffield] gestionará a nombre de personas o por intereses extraños a los de su nación”.
Para concluir, dejaba claro que “si el Gobierno de México se halla sujeto a juicio …ante el mundo, en el mismo caso se encuentran tanto el de los Estados Unidos como el de los demás países; pero si se quiere dar a entender que México se encuentra sujeto a juicio, en calidad de acusado, mi gobierno rechaza de manera enérgica y absoluta semejante imputación, que en el fondo constituiría una injuria”. Tras de mencionar que si bien nuestro país estaba dispuesto a cumplir con sus obligaciones internacionales “en una sincera y leal cooperación y conforme a la practica invariable de la amistad internacional; …de ninguna manera admitirá que un gobierno de cualquier nación pretenda crear en el país una situación privilegiada para sus nacionales, ni aceptará tampoco injerencia alguna extraña que sea contraria a la soberanía de México”. Sheffield debe haber estado feliz en su estancia vacacional, sus intrigas estaban en proceso de generar un conflicto entre ambas naciones.
En los EUA, los diarios, especialmente The New York Herald Tribune, afirmaban que las declaraciones de Kellogg fueron precedidas de notas secretas, redactadas en términos enérgicos, que tuvieron como destinatario al gobierno mexicano. Esto fue desmentido por el secretario de relaciones exteriores mexicano, Aarón Sáenz Garza. Asimismo, en círculos de Washington, se afirmaba que las discrepancias surgieron a raíz de la mala relación que existía entre Sáenz y Sheffield. A la par, se desmentía que el gobierno estadunidense fuera a enviar una nota diplomática de protesta ya que no considera oficial la respuesta que se recibió de parte del estadista mexicano ya que al realizarse vía la prensa “no constituye un documento diplomático”. Pero esas no eran todas las reacciones al otro lado del Bravo o Grande.
En The Washington Star se encontraba completamente natural la respuesta de Elías Calles. Por otra parte, en The Daily Eagle, publicado en Brooklyn, N.Y., se establecía que “los americanos juiciosos reconocen que el presidente [Elías Calles] ha estado completamente correcto en su razonamiento académico dentro de los principios de las leyes internacionales. La cuestión consiste en saber si México es o no una nación soberana. Sí lo es, puede dictar las leyes agrarias que le convengan y establecer relaciones con Rusia sí lo desea”. En Philadelphia, The Bulletin calificaba de seria la situación. Y en medio de todo ello, surgió una opinión inesperada, la del magnate periodístico, William Randolh Hearst, quien declaró “que el presidente [Elías] Calles no mantiene una actitud de desafío, puesto que los Estados Unidos dirían exactamente lo mismo en condiciones semejantes… los intereses americanos [incluidos los bastos que él tenía en el estado de Chihuahua] no se protegen hostilizando al gobierno de México y a su pueblo con frases ofensivas y amenazas veladas”. Pronto, el creador de la “prensa amarilla” habría de mostrar su perspectiva verdadera respecto a México.
Al final de cuentas, el episodio no pasó a mayores. Si bien existían rumores de que Sheffield no retornaría a Mexico como embajador, al final no resultó cierto. Pero, don James no quedó satisfecho con el hecho de generar tan sólo discrepancias verbales. Durante los dos años siguientes, continuó empeñado en convertirse en uno de los peores embajadores que nos han enviado los EUA y vaya que lo logró con creces.
En caso de que usted, lector amable, esté interesado en conocer como Mexico y los EUA estuvieron a punto de enfrascarse en un problema mayúsculo “gracias” a las gestiones de Mr. Sheffield, ayudado por Hearst, y, a la vez, enterarse de la forma en que el presidente Elías Calles Campuzano mostró su talante de estadista, le recomendamos la lectura de nuestro libro, publicado recientemente, titulado “Un espía recorría los pasillos de la embajada estadunidense en México”. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.24.79) La mujer es un tema toral para la $-T. Como muestra basta un ejemplo, la Secretaría de la Mujer ha estado acéfala durante los dos meses anteriores y, ya se anunció, que así seguirá por los próximos 73 días. Nunca más propio recordar aquello de “Las cosas de palacio van despacio”.
Añadido (26.24.80) Utilizaron a una familiar del líder para expresar lo cada uno de ellos piensa acerca del presidente Donald J. Trump. Total, al día siguiente niegan que esos sean los sentimientos de los integrantes del movimiento y asunto arreglado. Todo un acto de valentía. ¿En verdad estiman que al norte del Río Bravo o Río Grande les van a creer semejante patraña? Por lo pronto, ya les dieron un avance de lo que viene o ¿No lo entendieron?
Añadido (26.24.81) ¿Hasta dónde alcanzará el helio para seguir inflando al globito que no juega a nada?