CUENTO
Pasaron los años, unos dieciséis mil en total, pero nada -¡absolutamente nada!- cambió en Tamalville: aquel país de tamales a los que tanto les gustaba estar chingados.
Un país tan surreal como este, que ahora, de manera increíble sería sede del mundial de: “TEPATEOELCULOGOL”, este mismo juego y dizque deporte, en donde unos veinte y tantos imbeciles corrían y perseguían una esfera al que llamaban “balón “.
Y, como es de suponerse, todos sus estúpidos ciudadanos tamales no cabían de la dicha y alegría por ver que su país sería protagonista de dicho evento, que solamente venía siendo “otra manera para manipular e idiotizar todavía mucho más, no solamente a esos pobres estúpidos tamales, sino que también a todos esos otros seres, que habitaban en otras partes fuera de Tamalville”.
“Como Tamalville ¡NO HAY DOS!”: sería unas de las tantas frases que luego se pondrían a gritar la horda de tamales idiotas en el centro de la capital de Tamalville.
Y, como es de esperarse, aquellos estúpidos tamales, que perfectamente sabían chingar y destruir todo su entorno, durante su festejo, dejarían aquel lugar hecho añicos.
Montones de basura dejarían regados por todo aquel sitio. Los muy estúpidos, como poco o nada les gustaba el orden y la armonía, entonces harían gala de ese rasgo que siempre los había distinguido de manera tan perfecta: “CHINGAR, DESTRUIR…”
“¡Y que viva Tamalville, cabrones!”
Tamalville, después de varios años, sería parte de algo, que no venía siendo otra cosa que un gran negocio, que otros estúpidos, que no eran tamales, administraban con algo de destreza y discreción.
En este país tan surrealista, más divido que un kilo de polvos mágicos de Colombia, solamente existía un tamal, con su cerebro “un tanto defectuoso”, que era -y siempre había sido- el único que había podido ver todas las verdades de este país, tan difícil de creer y explicar.
Aquel tamal, la mayoría del tiempo se lo pasaba sintiéndose muy triste, ya que su mismo país, en donde un día había nacido, ¡siempre le había causado mucho dolor a su espíritu increíblemente sensible!
Pero ahora, para tratar de mitigar todo ese dolor suyo, había aprendido, en total secreto y silencio, A DESPRECIAR A TODO ESTE PAÍS ESTÚPIDO, LLAMADO: “TAMALVILLE”.
Con absoluta discreción y sabiduría, aquel tamal “con un cerebro muy distinto a los de su misma especie”, ahora observaba, sin inmutarse ya demasiado, todo el circo y estupidez de este país, que también seguía siendo, a pesar de todo, su propio país.
“Caos, ruido, desorden, circo y estupidez infinita…”
Todo seguía siendo la misma porquería y absurdez en este país de tamales estúpidos, que alguien, en una galaxia muy lejana, con una inteligencia muy brillante y suprema, había bautizado con el nombre de: “TAMALVILLE “.
ANTHONY FLEMING SMART
Junio/23/2026
9:15 a.m. 10:10 a.m. Tuesday