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CNC: ¿Pasado o resilencia?

Eduardo Sadot

 

Los países empiezan a abandonar el campo mucho antes de dejar de sembrarlo; comienzan a hacerlo cuando dejan de estudiarlo en universidades, cuando el derecho agrario, ya no es materia del plan de estudio.

La Confederación Nacional Campesina nació el 28 de agosto de 1938 por iniciativa del presidente Lázaro Cárdenas del Río. Durante décadas fue uno de los pilares del sistema político mexicano y la organización que dio voz a millones de campesinos. Su historia está ligada a la reforma agraria, a la organización de los productores y a la defensa del campo como factor de estabilidad, producción y soberanía nacional.

Pero el México de hoy es muy distinto al de 1938. La apertura comercial, la reforma al artículo 27 constitucional, la disminución de los apoyos al campo, la migración y el desgaste del corporativismo modificaron profundamente la realidad rural. A ello se suma un fenómeno que los fundadores de la CNC jamás imaginaron: un campo golpeado por el abandono, donde en muchas regiones la violencia, la extorsión y la presencia de la delincuencia organizada amenazan la libertad de los productores y la presencia misma del Estado. Cuando el miedo llega al campo, no sólo peligra la cosecha; también comienza a debilitarse la República.

Frente a esa realidad, la CNC enfrenta el mayor desafío de su historia. Debe decidir si administrará el prestigio de su pasado o volverá a ser la organización que represente auténticamente a los hombres y mujeres del campo. La nostalgia inmoviliza; la resiliencia transforma.

La nueva etapa exige una dirigencia con experiencia, antigüedad, identidad y pertenencia a la Confederación. Nadie puede conducir una institución cuya historia desconoce. Pero la experiencia, por sí sola, no basta. Debe acompañarse de inteligencia, apertura y un auténtico espíritu innovador capaz de responder a los desafíos del siglo XXI.

Renovar no significa desconocer a quienes construyeron la CNC. Al contrario, significa rescatar su experiencia, respetar a quienes han acreditado lealtad y permanencia, y convertir ese legado en el punto de partida de una nueva etapa. Tan equivocado sería desplazar a quienes han servido a la organización, como impedir el surgimiento de nuevos liderazgos. Lo que no puede aceptarse es que los cargos se conviertan en patrimonio personal. En las instituciones, la permanencia sólo se justifica cuando sirve para impulsar la renovación; cuando se convierte en obstáculo para ella, deja de ser fortaleza para transformarse en lastre.

Hoy la dirigencia nacional tiene la oportunidad de demostrar que la CNC puede volver a ser la voz del campo mexicano. La responsabilidad de un dirigente no consiste en aferrarse al cargo, sino en preparar a la organización para el tiempo que le corresponde vivir. Las instituciones que trascienden son aquellas donde sus dirigentes entienden que el liderazgo no se mide por el tiempo que permanecen al frente, sino por la fortaleza con la que dejan a la institución cuando llega el momento de entregarla.

La historia honra a quienes fundan las instituciones; el futuro pertenece a quienes tienen la grandeza de renovarlas.

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