InicioEduardo SadotEl condenado "Norroña" que tiembla y llora frente a Alito

El condenado “Norroña” que tiembla y llora frente a Alito

Eduardo Sadot

 

NORROÑA el artífice de la “lumpenización de la política” ha construido su carrera mediante el escándalo, el grito, la provocación y el agravio. Su conducta no corresponde a un incidente aislado, sino a una larga sucesión de enfrentamientos con mujeres, legisladores, periodistas y ciudadanos. NORROÑA, no por equivocación, como licencia crítica para describir la suciedad verbal con la que frecuentemente participa en la vida pública.

Entre sus víctimas destaca Adriana Dávila Fernández, contra quien pronunció expresiones relacionadas con la trata de personas y anunció que buscaría elementos para “ponerle una chinga” cuando volviera a hablar. El Instituto Nacional Electoral determinó por unanimidad que esas manifestaciones constituyeron violencia política contra las mujeres en razón de género, resolución confirmada por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

La senadora Lilly Téllez también ha enfrentado repetidamente sus descalificaciones, insultos y confrontaciones. La divergencia política es legítima; convertirla en persecución personal y agresión verbal reiterada degrada el debate parlamentario. A ellas se suma Grecia Quiroz, presidenta municipal de Uruapan, contra quien NORROÑA formuló expresiones que desacreditaban su imagen y sus aspiraciones políticas.

El 6 de julio de 2026, el Tribunal Electoral del Estado de Michoacán determinó que incurrió en violencia política contra las mujeres, en razón de género en perjuicio de Grecia Quiroz. La sentencia ordenó medidas de reparación y su inscripción en el Registro Nacional de Personas Sancionadas. NORROÑA anunció que impugnará, derecho que le corresponde; pero la resolución existe y se agrega a un antecedente semejante que ya había sido confirmado por la máxima autoridad electoral.

Su historial incluye asimismo enfrentamientos con Javier Lozano, Gabriel Quadri, Jorge Triana, Ricardo Monreal y Alejandro Moreno Cárdenas.

También ha increpado a periodistas y ciudadanos, como si primero su originaria pobreza extrema económica, intelectual y académica y después la representación popular le concediera patente para insultar, como un miembro distinguido de la corte de los milagros francesa de 1789.

Especialmente revelador fue su encontronazo con Porfirio Muñoz Ledo, entonces presidente de la Cámara de Diputados. NORROÑA quiso asumirse como diputado independiente y Porfirio lo redujo con una frase lapidaria: no era un diputado independiente, sino un diputado sin partido. Después se quitó el saco en actitud retadora frente a un hombre mucho mayor que él en edad, pero también inmensamente superior en trayectoria, cultura, prestigio y peso político. En aquella escena, NORROÑA no exhibió valentía, sino pequeñez; no mostró carácter, sino ridiculez parlamentaria.

Tampoco escaparon de sus descalificaciones los periodistas Ciro Gómez Leyva y Manuel Feregrino. En una de sus participaciones en Grupo Fórmula, NORROÑA respondió con el estilo que lo caracteriza: el agravio antes que la razón y la descalificación antes que el argumento.

Ahora, el antiguo pregonero de la austeridad enfrenta cuestionamientos públicos sobre la congruencia entre su discurso, su patrimonio y su forma de vida. Quien exigió investigaciones contra todos debe aceptar el mismo escrutinio. Seguramente, la Unidad de Inteligencia Financiera y las representaciones extranjeras interesadas en la realidad política mexicana ya tendrán una opinión sólida sobre esas controversias; pero corresponde a NORROÑA explicar con transparencia el origen y la congruencia de su patrimonio, sin gritos ni evasivas.

El personaje que se engrandece insultando mujeres y retando a personas de edad avanzada, cambió cuando se estrelló frente a Alejandro “Alito” Moreno. Entonces apareció tembloroso, alterado y después agraviado, denunciando amenazas y agresiones, victimizándose. La violencia física nunca debe justificarse; pero tampoco puede olvidarse que NORROÑA ayudó durante años a convertir el Congreso en una arena de provocaciones.

Esta semana recibió otra sentencia. No es solamente el condenado por un tribunal: es el condenado por sus palabras, por sus excesos y por su propia conducta.

La política termina colocando a cada hombre frente a sí mismo. Allí quedó NORROÑA. No frente a sus adversarios, sino frente a su propia historia. Porque los tribunales pueden sancionar conductas, pero es la memoria pública la que termina dictando las sentencias que no admiten apelación. Bravucón frente a las mujeres y los mayores; un NORROÑA temblando y llorando con “micción súbita” incontrolable, terminó tan descompuesto por el miedo, que su propio cuerpo humedecido de incontinencia, lo delató frente a Alito.

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