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La verdad secuestrada

José Luis Parra

 

Hay historias que parecen escritas por un mal novelista. No porque les falten personajes, sino porque les sobran coincidencias. El caso de Ismael “El Mayo” Zambada es una de ellas. Un secuestro disfrazado de reunión política, un exrector asesinado, un gobernador señalado, una fiscalía que cambia versiones, un piloto que desaparece, reaparece, es detenido, nadie identifica y finalmente es enviado a Estados Unidos. Si todo eso hubiera aparecido en una serie de televisión, más de uno habría dicho que el guion era exagerado.

Pero ocurrió.

Y mientras el próximo 20 de julio un juez de Nueva York dicte sentencia contra quien durante décadas fue el hombre más poderoso del narcotráfico mexicano, en este lado de la frontera seguimos sin poder responder la pregunta más elemental de cualquier investigación: ¿qué fue exactamente lo que pasó el 25 de julio de 2024?

Porque aquí no sólo hay omisiones. Hay una cadena de pifias tan extraordinaria que obliga a preguntarse si realmente fueron errores.

Resulta difícil creer que un operativo de esa magnitud pasara inadvertido para miles de militares desplegados en Culiacán. También cuesta trabajo entender que una fiscalía estatal montara una escena del crimen que terminó desmoronándose en cuestión de semanas. Más complicado todavía es aceptar que el piloto que trasladó a “El Mayo” a territorio estadounidense regresara tranquilamente a México, continuara operando para Los Chapitos, fuera detenido meses después y ninguna autoridad relacionara su identidad con el caso criminal más importante de los últimos años.

La cereza del pastel llegó cuando ese mismo piloto fue entregado a Estados Unidos y, según la propia Fiscalía General de la República, sólo después descubrieron que sí era quien había conducido la avioneta.

En cualquier empresa privada habría despidos inmediatos.

En cualquier corporación policiaca seria habría investigaciones internas.

En México hubo comunicados.

El periodista Óscar Balderas resume el caso en tres palabras: omisiones, estupideces y corrupción. Quizá sea una clasificación dura, pero los hechos terminan alimentándola. Porque cuando los errores se acumulan uno tras otro, dejan de parecer accidentes.

Lo verdaderamente preocupante no es únicamente la captura de “El Mayo”. Es lo que vino después.

Su ausencia abrió una guerra que ha dejado miles de muertos y desaparecidos en Sinaloa. Paradójicamente, el hombre más buscado durante décadas terminó convirtiéndose, según varios analistas, en un factor de equilibrio criminal. Su captura no significó paz; significó vacío. Y el vacío, en el crimen organizado, siempre alguien lo llena.

Mientras tanto, la investigación oficial parece avanzar con la misma velocidad que un expediente olvidado en un archivero.

Cada nueva revelación produce más preguntas que respuestas.

Cada comunicado contradice al anterior.

Cada conferencia deja la impresión de que alguien habla para administrar daños, no para explicar hechos.

Y cuando un gobierno empieza a producir más versiones que certezas, la confianza pública también comienza a desaparecer.

Quizá dentro de unos días Nueva York cierre jurídicamente el expediente de Ismael Zambada.

México, en cambio, seguirá atrapado en el suyo.

Porque la sentencia contra “El Mayo” probablemente llegará antes que la verdad sobre cómo salió del país, quiénes participaron realmente y quiénes decidieron que ciertas respuestas nunca debían conocerse.

Y esa, más que una derrota judicial, sería una derrota del Estado.

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