José Luis Parra
La cadena perpetua contra Ismael El Mayo Zambada cierra un expediente judicial en Estados Unidos.
Pero no necesariamente abre uno en México.
Allá lo condenan por narcotráfico, homicidios, corrupción y por haber construido uno de los imperios criminales más poderosos del mundo. Aquí seguimos sin conocer, con nombre y apellido, quiénes fueron los políticos, militares, policías y funcionarios que durante décadas hicieron posible ese imperio.
La sentencia encierra al hombre.
No al sistema.
La fiscalía estadounidense sostiene que el Cártel de Sinaloa funcionó gracias a millones de dólares en sobornos repartidos entre autoridades de todos los niveles. Sin embargo, los párrafos donde podrían aparecer detalles permanecen testados. Tachados. Cubiertos por tinta negra.
Ahí está el verdadero expediente pendiente.
Porque durante años se repitió que ningún capo podía operar sin protección política. Ahora una fiscalía extranjera lo vuelve a sostener. La diferencia es que en México seguimos esperando un relato judicial propio que explique cómo funcionó esa maquinaria de corrupción.
Y esa ausencia pesa más que cualquier sentencia.
El caso también deja abiertas heridas diplomáticas.
¿Cómo llegó realmente El Mayo a Estados Unidos? ¿Fue un secuestro? ¿Una entrega pactada? ¿Participó alguna agencia estadounidense? ¿Quién mintió y quién dijo la verdad?
Dos años después siguen existiendo más preguntas que respuestas.
Mientras tanto, Sinaloa continúa pagando la factura.
La captura del viejo capo no trajo paz. Trajo una guerra entre herederos. Los muertos no disminuyeron. Cambiaron de bando.
Porque en el crimen organizado las vacantes rara vez permanecen desocupadas.
Siempre hay alguien listo para ocupar la silla.
Y esa quizá sea la mayor enseñanza de esta historia.
Durante décadas gobiernos de todos los colores presumieron golpes espectaculares contra grandes capos. Cayó uno. Cayó otro. Cayó el siguiente.
Pero el negocio siguió creciendo.
Como si el problema nunca hubiera sido el narcotraficante.
Sino la estructura que lo protegía.
Por eso la cadena perpetua de El Mayo difícilmente será la cadena perpetua del narcotráfico.
Mientras las redes de complicidad permanezcan intactas, el relevo llegará casi por inercia.
Cambiará el nombre.
Cambiará el rostro.
Cambiará el jefe.
El negocio seguirá.
Y entonces la pregunta ya no será cuántos años pasará El Mayo en prisión.
La verdadera pregunta será cuántos años más seguirá México esperando que también se sienten en el banquillo quienes hicieron posible que un hombre escapara de la justicia durante medio siglo.
Porque las cadenas perpetuas sirven de poco…
…cuando la impunidad sigue gozando de libertad.