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Lo que olvidan los promotores de la victimización

Rodolfo Villarreal Ríos

 

La semana anterior comentábamos en uno de nuestros Añadidos como los Liberales, salvo algunos, hemos dejado que la narrativa sobre la reyerta inútil (a) la cristiada sea manejada por los amos de la victimización. Estábamos dispuestos a no abordar el tema hasta concluir nuestro estudio de como aquello fue una estrategia de muy largo plazo. Sin embargo, dos cosas acontecieron. Una, nos percatamos que aún nos llevaría un buen rato concluirlo. Otra, por esas cosas que están escritas en el Libro de los Tiempos, hace unos días, al tener que esperar varias horas para obtener la resolución a un trámite, decidimos irnos a dar una vuelta por los alrededores del sitio y nos encontramos con el lugar en dónde glorifican a uno de los participantes, el sacerdote jesuita, José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez.

Mientras recorríamos el espacio advertíamos que aquello era un monumento al maniqueísmo y la tergiversación histórica. Nada se informa acerca de como surgió esa revuelta, todo es la victimización del personaje y sus méritos para ser elevado a los cielos. Ante eso, decidimos que en esta colaboración y la próxima habremos de ocuparnos de hechos previos que permitieron armar el andamiaje que soportaría el inicio de la reyerta inútil.

Ya sabemos que a la curia no le importa desatar riñas entre hermanos y mucho menos si en ellas hay sangre de por medio, durante años, se dieron a la tarea de fomentar el odio y la división. Inflamaron fanatismos y se aprovecharon de la ignorancia de unos y la sed de venganza de otros. Repasemos lo que en medio de esa controversia Estado Mexicano-Iglesia Católica, se decía y hacía hasta el punto de hacer que la cordura abandonara el dialogo y aquello terminara arreglándose a balazos y cuchilladas, mientras la razón en ambos bandos se iba de paseo..

La etapa final de la reyerta inicia su cocción a finales de 1914, principios de 1915. El arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, incita a rebelarse en contra del Estadista Venustiano Carranza Garza por poner en práctica las Leyes de Reforma y emitir disposiciones legales que permitirían el divorcio. A mediados de 1915, Carranza manda al destierro a Jiménez quien regresaría a principios de 1917 para oponerse a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

El 4 de junio de 1917, Orozco publica una Carta Pastoral. En ella, criticaba lo dispuesto en materia de religión y señalaba que el objetivo era esclavizar a los católicos. A mediados de ese mes, Giacommo Della Chiesa, el papa Benedicto XV, felicita a los obispos mexicanos, quienes el 24 de febrero de 1917, lanzaron una carta pastoral protestando en contra de la Constitución, y los conmina a rechazarla. Olvidaban que el Estado Mexicano no era subordinado de ningún credo.

A inicios de 1921, el arzobispo de México, José Mora y del Río anuncia que la Iglesia objeta los movimientos que apoyen ideas radicales. Los extremistas del otro lado le responden con una bomba a las puertas de su casa sin que hubiera víctimas. Para apagar la mecha, el presidente Álvaro Obregón Salido y el arzobispo Orozco se entrevistan. Sin embargo, los fanáticos ya estaban alebrestados lo mismo para enfrentarse en Morelia que para ir a Guadalajara y colocar explosivos en la casa del prelado. Esta fue la excusa perfecta para que el clérigo tapatío continuara con su actividad política.

En 1922, estableció la Confederación Católica Nacional de Trabajadores; un banco, Crédito Popular; un órgano de difusión semanal, El Obrero; y una negociación, La Económica dedicada a la venta de libros y artículos religiosos. Orozco no paró y quiso adjudicarse la Diócesis de Aguascalientes, a la vez que organizó el Congreso Nacional de Obreros Católicos, por ello se confronta con el delegado apostólico en México, Monseñor Ernesto Filippi. Todo era válido con tal de oponerse al Estado Mexicano

En ese duelo, el 11 de enero de 1923, Filippi congregó 50 mil católicos al pie del Cerro del Cubilete para inaugurar la construcción del monumento a Cristo Rey. Por ser una violación al Artículo 24 constitucional, el presidente Obregón expulsa a Filippi. En 1924, los obispos mexicanos planeaban organizar un congreso eucarístico en la ciudad de México que deseaban consagrar al Sagrado Corazón de Jesús, la mano jesuítica presente, como ello representaba una desobediencia a las leyes, el gobierno mexicano anuncia que de hacerlo se ejercería acción penal en contra de quienes asistieran. Al final, imperó la razón y el evento se canceló.

Tras de ello, llegan los tiempos del villano favorito de los cristeros, el entonces candidato presidencial y futuro Estadista, Plutarco Elías Calles Campuzano quien, en mayo de 1924, declaraba: “Acepto todos los credos (religiosos)…por el programa moral que proponen. (Sin embargo,) soy enemigo de la casta de clérigos de privilegios…, (pero) no de la que cumple con su misión evangélica.

Soy enemigo del clérigo político, intrigante, explotador, de aquel que busca mantener a la gente en la ignorancia, del que es aliado del hacendado para explotar al campesino, de aquel que se une al industrial para explotar al obrero…” Sin embargo, hubo quienes leyeron el mensaje al revés. Uno de ellos fue el sacerdote católico, José Joaquín Pérez Budar a quien apodaban el patriarca quien, en febrero de 1925, fundó la Iglesia Católica Mexicana, un remedo de la Romana. El apoyo que Pérez esperaba del gobierno mexicano nunca llegó. El estadista Elías Calles escuchó los consejos del expresidente Obregon y consideró que suficiente era lidiar con los miembros de una como para promover otra. Pero la curia no se iba a aquedar con el golpe y un año más tarde emitió una respuesta.

En esa fecha, Ambrogio Damiano Achille Ratti, el papa Pío XI, emitió una Carta Apostólica dirigida al “arzobispo de México, José Mora y del Río, y los demás arzobispos y obispos de la República de México sobre la inicua condición de la Iglesia en México y sobre las normas para promover en ella la Acción Católica”.

El documento abría: “La solicitud paternal que, por el alto oficio recibido de la divina Providencia, sentimos por todos los fieles esparcidos por las diversas partes de la tierra, nos pide, sin duda, que amemos con particular afecto a aquellos que, encontrándose más afligidos, necesitan un cuidado más atento del Padre común. Desde que fuimos elevados a la cátedra de San Pedro, hemos dirigido esta vivaz atención a vosotros, Venerables Hermanos, pues os sabemos oprimidos por tal vejación, indigna de un pueblo civilizado y abierto al progreso, mayoritariamente católico”. Muy respetable su percepción religiosa, pero nada tenía que ver con sus apetitos terrenales.

“Cuán injustas son las leyes y prescripciones que gobernantes hostiles a la Iglesia han impuesto a los ciudadanos católicos de la República Mexicana, está de más recordaros que, habiendo sufrido estos agravios durante mucho tiempo, sabéis bien lo lejos que están de los principios del ordenamiento jurídico racional y del bien común, tanto que ni siquiera merecen el nombre de leyes”. Vaya falacia, a nadie se le prohibía o imponía como relacionarse con El Gran Arquitecto, el asunto era poner límites a los abusadores investidos de poderes celestiales que quien sabe quién les otorgó.

“Con razón, pues, nuestro predecesor Benedicto XV, de feliz memoria, os alabó cuando, al rechazar justa y virtuosamente estas leyes, elevasteis una protesta solemne que Nosotros mismos con esta carta no sólo ratificamos, sino que hacemos nuestra. Nos sentimos particularmente movidos a esta protesta y condena pública porque, día a día, la guerra contra la religión católica se recrudece cada vez más por parte de quienes dirigen el gobierno, al punto de dejar sin efecto, con grave daño de vuestra amada nación, lo que hemos tratado y tratamos de hacer por la pacificación del pueblo mexicano”. Seguían encabritados, los Estadistas Carranza Garza y Elías Calles Camopunzano y los presidentes De La Huerta Marcor y Obregón Salidoi no inclinaron la testuz y menos hincaron la rodilla ante la curia.

“Nadie ignora que hace dos años Nuestro delegado, a quien habíais acogido con tantas manifestaciones de deferencia y alegría, fue expulsado de este país, contra todo sentido de la justicia y la lealtad, por considerarlo una persona peligrosa para la seguridad del Estado, lo que supone una grave afrenta a Nosotros mismos, a los Obispos y a toda la Nación Mexicana”. Los gobiernos son libres de dictar las medidas que consideren convenientes y dejar entrar o prohibir el acceso a su territorio a quien le parezca, sustentado en las leyes propias que deben de obedecerse.

“Pero, si entonces deliberadamente nos abstuvimos de cualquier protesta -que ciertamente requería con razón lo que había sucedido- y pacientemente y durante mucho tiempo soportamos este insulto, invitándonos también a tolerarlo con el mismo espíritu, esto no se debe atribuir solo al gran anhelo de paz que Nos solicitaba, sino también a la esperanza ardiente, alimentada por Nosotros con corazón paternal, de que el Gobierno de la República reconocería y admitiría espontáneamente las válidas e indiscutibles razones de Nuestro Delegado”. No terminaba de entender el ciudadano Ratti que aquí su investidura no dictaba las normas de un pueblo libre.

“En efecto, esta moderada condescendencia nuestra no tuvo mal resultado porque este gobierno se comprometió formalmente a recibir a nuestro delegado y a no hacer nada que ofendiera su dignidad y su altísimo cargo. Comprendéis fácilmente cuál fue nuestra dolorosa sorpresa cuando supimos que el mismo Gobierno, a pesar de haber recibido sin dificultad[ a nuestro Delegado Apostólico Serafin Cimino, [sacerdote de la orden de los franciscanos] con un comportamiento inédito, aprovechando su ausencia temporal por motivos de salud, le prohibió regresar a México, y esto sin justa causa Por tanto, ese Gobierno, negándose a la presencia de Nuestro Delegado, a quien casi todos los Gobiernos reciben como embajadores de paz, lo rechazan y se deja llevar por esa conducta injusta que se produce entre vosotros con gravísimo perjuicio para los ciudadanos católicos”. En nada se perjudicaban las creencias de nadie si se aceptaba o no a un gerente itinerante.

“En efecto, de día en día se adoptan con mayor dureza aquellas prescripciones y decretos que, de ser respetados, impedirían a los ciudadanos católicos gozar de los derechos comunes e, incluso, cumplir con las obligaciones y deberes de la religión cristiana”. Los ciudadanos de cualquier país deben de cumplir, sin importar cual sea su forma de relacionarse con El Gran Arquitecto, las leyes de una república libre y soberana

“Mientras tanto, el Gobierno niega a la Iglesia Católica esa libertad que concede ampliamente a una secta cismática a la que llama “Iglesia Nacional”; favorece su formación y sus iniciativas sólo porque es contraria a los derechos de la Iglesia Romana, mientras os considera enemigos de la República porque defendéis la integridad y seguridad del patrimonio de la fe ancestral”. Ya lo mencionamos, eso de que el gobierno mexicano apoyó al patriarca Pérez es una conseja que vendió la curia romana.

“Pero mientras tales hechos Nos traen un dolor muy grande, el único gran consuelo viene a Nuestra mente al saber que el pueblo mexicano combate vigorosamente las maquinaciones de los cismáticos, por lo que, mientras damos muchas gracias a la Divina Providencia, nos alegra honraros a vosotros, Venerables Hermanos, y a todos los fieles de la República Mexicana con las mayores alabanzas; y al mismo tiempo os exhortamos de todo corazón a que continuéis con ánimo fuerte la defensa de la religión católica”. Muy preocupados por esos ataques supuestos, pero olvidaba la saña con que los católicos atacaban a los miembros de las Iglesias Protestantes desde que estos empezaron a arribar a México durante la segunda mitad del Siglo XIX.

Profundamente conmovidos por las tribulaciones a las que estáis sometidos, Nos gusta repetiros las palabras que pronunciamos en el Sagrado Consistorio del 14 de diciembre del año pasado, en presencia de la augusta asamblea de cardenales: “No podemos tener la esperanza de tiempos mejores sino contando con una especial intervención de la misericordia de Dios, al que invocamos todos los días suplicante, y en un obra concordante y disciplinada de la acción católica que debe promoverse en el pueblo”. Y dale con que El Gran Arquitecto era el látigo vengador.

“Con corazón paterno os dirigimos, pues, Nuestro principal consejo, para mover vuestro ánimo paterno a propagar en la grey encomendada a vuestro cuidado una “acción católica” cada día con una mayor unión y disciplina. Decíamos Acción Católica”; en efecto, en la difícil situación en que os encontráis, es absolutamente necesario, Venerables Hermanos, que vosotros, todo el clero y también las asociaciones católicas, os mantengáis completamente al margen de cualquier partido político, para no ofrecer a vuestros adversarios ningún pretexto para confundir vuestra religión con cualquier facción política.

Por tanto, todos los católicos de la República Mexicana, como tales, no constituirán ningún partido político con el nombre de católico, y en particular los obispos y sacerdotes, como ya loablemente lo hacen, no se afiliarán a ningún partido político y no colaborarán con ningún periódico de partido, ya que su ministerio está necesariamente destinado a todos los fieles, más aún, a todos los ciudadanos”. Don Ambrogio, y su memoria selectiva, olvidaba que Mora Del Río fue el promotor de la creación, en 1911, del Partido Católico Nacional.

“Estos, pues, Venerables Hermanos, son Nuestros consejos y Nuestras disposiciones, que los cristianos deben observar fielmente y que no les impiden ejercer los derechos y deberes comunes a todos los ciudadanos; por el contrario, su misma profesión de católicos exige que hagan el mejor uso de estos derechos y deberes, para el bien inseparable de la religión y la patria.

El clero no debe desinteresarse de los asuntos civiles y políticos; por el contrario, permaneciendo completamente fuera de todo partido político, debe, como es deber del oficio sacerdotal, sin perjuicio de las necesidades del sagrado ministerio, contribuir al bien de la nación, no sólo ejerciendo diligente y escrupulosamente los derechos y deberes de su competencia, sino también formando la conciencia de los fieles según las normas indefectibles de la ley de Dios y de la Iglesia” Bajo esta premisa: ¿Se justificaba que las autoridades civiles se entrometieran en la vida interna de las Iglesias o acaso iba a salir con la cantaleta de superioridades divinas de la curia?

“Para lograr este fin tan noble, vuestro clero -lo repetimos con la mayor insistencia- debe, manteniéndose libre de toda disputa partidista, actuar teniendo ante sí un amplio campo de acción religiosa, moral, cultural, económica y social para formar la conciencia católica de los ciudadanos, y especialmente de los jóvenes, tanto estudiantes como trabajadores. Si seguís fielmente”. Lo importante era soliviantar a todos para rebelarse al progreso. Nada como mantenerlos unidos en el fanatismo.

“Nuestras exhortaciones y las lleváis a la práctica, de lo que estamos absolutamente seguros, obtendréis, con la ayuda de Dios, la solución de los gravísimos problemas que desde hace mucho tiempo atormentan a la noble nación mexicana…” Lo único que atormentaba el diario vivir en México era el empecinamiento de la curia en tratar de detener el reloj de la historia e impedir el nacimiento del Estado Mexicano Moderno.

Cinco meses más tarde, el 3 de julio, con la escopeta bien cargada, la jerarquía católica disparó “fuego sagrado” en contra del gobierno mexicano. En un discurso dirigido a los estudiantes de la Escuela Latinoamericana Pía, el ciudadano Ratti condenó las políticas implantadas por los dirigentes de nuestro país.

Al día siguiente, la oficina de asuntos externos del Vaticano envió una carta a todos los diplomáticos de las naciones que le reconocían personalidad jurídica, así como a cada uno de los integrantes de la iglesia católica en el mundo, en la cual condenaban y denunciaban como enemigo de la religión católica al estadista mexicano, Plutarco Elías Calles Campuzano. Mientras al mexicano lo declaraban hijo del averno, la Iglesia Católica mantenía en estado de gracia a quien era “una finísima persona” (Ruben Islas Fuentes dixit), el duce italiano, Benito Amilcare Andrea Mussolini, con quien negociaban un favor mayor, ya tendría tiempo después, una vez logrado el objetivo, para desecharlo como papel higiénico. Pero retornemos a México en el verano de 1926.

Como respuesta, el gobernante mexicano emitió reformas al Código Penal. En ellas, se señalaban penas a quienes desobedecieran las reglas establecidas en materia religiosa y acerca de cuál debería de ser el comportamiento de los sacerdotes como ciudadanos. Estas regulaciones fueron publicadas, por pura coincidencia, entre aromas revolucionarios franceses, el 14 de julio de 1926.

Era obligatorio que cada ministro de culto fuera a registrarse en las oficinas del gobierno de la municipalidad más cercana a la cual residía. Ello entraría en efecto a partir del primero de agosto de ese año.

Enfurecida por tal medida, la jerarquía católica mexicana, y los miembros de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa en México llamaron a la población para que boicoteara el consumo de bienes. Esperaban el apoyo de Roma, pero el papa no aprobó el plan y en su lugar recomendó oraciones en público y buscar nuevas formas para solucionar el problema. A la vez, designó el 1 de agosto como el día para que, en todo el mundo, se elevaran oraciones pidiendo por la conclusión de la “persecución” que el gobierno mexicano llevaba en contra de los católicos. Sin embargo, el doble juego de siempre estaba presente. Acerca de lo acontecido después, les comentaremos la semana próxima siempre y cuando usted lector amable decida acompañarnos en la lectura del texto. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.33.110) Parecía que jugaban a los pipis y gañas, puro verbo y nada de acción. Solamente les hizo falta el zote y la palangana repleta de agua. Los patios del Senado de la República convertidos en reminiscencia de antiguos lavaderos de vecindad en la otrora muy noble y gran ciudad de México.

Añadido (26.33.111) Han sido múltiples las ocasiones en que lo hemos mencionado en este espacio. Una de las razones por las cuales el TMEC fracasó fue porque nuestros “empresarios” no fueron sino simples importadores de chatarra china, aluminio y acero incluidos, Made in México, para exportarla a los EUA. En un reporte denominado “”The Great Transshipment Scam” (La gran estafa del transbordo), las acciones realizadas por hombres de negocios de nuestro país y de otros más, significó una pérdida de ingresos vía tarifas para los EUA de entre 19 y 26 mil millones de dólares anuales.

Añadido (26.33.112) Vaya con algunos saltillenses. ¿A quien se le ocurrió la idea de proponer que se sustituya el nombre de la calle que lleva el de un héroe de la RFORMA y la Intervención para imponeler el de un cuenta chistes y esquirol de huelgas?

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