InicioRodolfo Villarreal RíosEl Periquillo-Pensador disertaba sobre la libertad de imprenta y la soberanía

El Periquillo-Pensador disertaba sobre la libertad de imprenta y la soberanía

Rodolfo Villarreal Ríos

 

Tal y como nos comprometimos la semana anterior, en esta ocasión abordaremos un texto, de manufactura más reciente que el anterior, titulado “La Defensa de la Libertad de Imprenta”, escrito, el jueves 6 de diciembre de 1821, por José Joaquín Eugenio Fernández De Lizardi Gutiérrez a quien identificamos como El Pensador Mexicano o bien por su obra más popular, El Periquillo Sarniento.  La pieza fue publicada en la Ciudad de México por la Imprenta (contraria al despotismo) de Don José María Benavente y socios. Pero antes de ir al contenido, revisemos el contexto prevaleciente en nuestro país durante aquellos días.

Apenas se proclamó la independencia de México cuando, el 28 de septiembre de 1821, se instaló el primer órgano legislativo que rigió al país, La Junta Provisional Gubernativa o Soberana Junta Suprema Gubernativa. Estaba integrada por 38 personas y que, durante su existencia tuvo tres presidentes: Agustín Cosme Damián De Iturbide y Aramburú (28 de septiembre al 4 de octubre de 1821); el obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez Martínez (5 al 12 de octubre de 1821); y el político, escritor y filósofo tlaxcalteca, José Miguel Guridi y Alcocer (13 de octubre de 1821 al 24 de febrero de 1822).  Fue durante el tiempo en que éste último la presidia cuando don José Joaquín elaboró el escrito que revisaremos.

Señalaba que “hemos llegado a entender que en la Soberana Junta no han faltado vocales, aunque muy pocos, que han tratado de suprimir o coartar la libertad sagrada de la imprenta, so pretexto de que algunos escritores desahogan sus pasiones por este medio”. Como puede apreciarse, eso de los acomedidos por los excesos viene de tiempo atrás. Sin embargo, no dejaba de apuntar que “…así como ha habido tales opinantes, también otros señores han defendido esta necesaria libertad con juicio, energía y solidez”. Pero, ayer al igual que hoy, no faltaban quienes, disfrazados de guardianes de las buenas conciencias, se preocupaban porque al pueblo ¿bueno? no le vayan a llenar la sesera con ideas extrañas que no podía procesar dada su condición de infantes (¡!) intelectuales.

En ese contexto, el Periquillo-Pensador apuntaba: “Ayer, 5 de diciembre [de 1821], vio la luz pública un papel titulado El triunfo de los escritores por la libertad de imprenta. En el que, su autor, apoyándose en las bases mismas de que hay autores que abusan de la libertad de imprenta, pretende disuadir de que ‘La Ley de Jurados’, que hoy [en 1821] nos rige, es nula e insuficiente para contener los excesos”. Y nosotros preguntaríamos: ¿Con que cinta métrica medirían el límite a partir del cual se considera que se han cometido excesos, en el ayer y en el presente, para determinar que alguien rebasó la línea de lo permisible o no?

Peor eso que importaba, para el autor del panfleto aquel, “la libertad es ciertamente un alimento muy indigesto para los estómagos débiles que acaban de salir de la esclavitud, y dárselos en abundancia y sin medida, como sucede en el establecimiento inútil de los jurados… es empezar por donde se debe concluir”. ¿Se habrán inspirado en estas líneas proveniente del antepospretérito los preocupados del ahora? Si lo hicieron acabaremos por creer que Platón tenía razón y que las ideas (¡!), se ubican en el Topos Uranus, no son propiedad de nadie y cualquiera puede acceder a ellas.

Fernández De Lizardi no iba tan lejos para encontrar una respuesta y, en 1821, afirmó: “Yo convendré en que a un pueblo recién libre no conviene ponerlo de un golpe en el goce de toda su libertad política; pero jamás convendré en que se le coarte o suprima la libertad de la imprenta…”.   Así que, nada de taparle los ojos al niño. Los pueblos crecen en la medida que tienen acceso a la información, esa era, es y será la manera única en que puede formar su criterio, comparando puntos de vista.

Don José Joaquín sostenía  que la libertad de imprenta, “…es la que ha de enseñar [ al pueblo] a ser libre, y la única fuerza que sostiene y siempre sostendrá la libertad civil del ciudadano, la que lo hará obedecer las leyes, la que lo ilustrará en ciencias y artes, la que lo hará conocer que quiere decir que la soberanía reside esencialmente en la nación, la que lo animará a sostener a costa de su vida esa soberanía y sus particulares derechos, la que le advertirá las intrigas y cábalas de los déspotas, o últimamente la que le hará respetar y defender los derechos del hombre libre para no volver a abatir la cerviz bajo las duras cadenas de una ignominiosa y experimental esclavitud”. No se puede solicitar a nadie que proteja la soberanía de una nación si no alcanza a comprender su significado y lo que implica. La soberanía no se defiende utilizando el lábaro patrio como frazada y lanzando gritos desaforados.

Desde aquellos tiempos en que la patria nacía, Fernández De Lizardi conminaba al pueblo a que aprendiera “esta máxima de memoria, por manera digo: QUE LA SOBERANÍA DE LA NACIÓN LA SOSTIENE LA LIBERTAD DE IMPRENTA, Y LO MISMO ES ATACAR ESTA LIBERTAD DE CUALQUIER MODO QUE ATENTAR CONTRA LA SOBERANÍA DE LA NACIÓN DIRECTAMENTE”. En el documento original apareció con mayúsculas.

La postura del Periquillo-Pensador, sin embargo, no era compartida por todos. Aquellos que decían apoyar la Independencia y el progreso, pero que en realidad eran una parvada de retrogradas que buscaban mantener al pueblo en una situación infantil perene en dónde ellos fueran quienes les indicaran que y como deberían de hacer las cosas. Entonces, las arcas no alcanzaban para convertir el ‘pobretismo’ en política oficial y la dádiva en vehículo de sujeción.

En el entorno de lo anterior, Fernández clamaba: “Desafío a todos los publicistas del mundo si me niegan esta proposición, ¿Pero dónde me la negarán sino en México donde hay quien se atreva a imprimir: que el patriotismo es una virtud que no sabe como pueda ser tan común como pregonan los folletos cuando un país esclavizado por los siglos (es decir, nuestra patria) es el menos a propósito para producir Catones?” (A usted, lector amable, no tenemos que explicárselo, pero, en caso de que algún despistado se asome a este escrito, aclaramos que se refería al político, escritor y militar romano, Catón el Viejo y no al cuenta-chistes saltillense).

Al leer aquello de que los habitantes de la patria recién nacida venían limitados de entendederas, el Periquillo-Pensador, quien era hijo de criollos, estaba bien consiente de que independientemente de donde vinieran sus ancestros, él era mexicano producto de la patria que nacía con todas las raíces culturales que ello implicaba y de las cuales no renegaba.

Por ello, no debe de extrañar que al leer aquello de las limitantes intelectuales de los habitantes de su patria, profiriera: “¡Santo Dios! Exclamé al leer estas palabras de letra de molde y en el primer año de nuestra libertad. ¿Con que la infeliz América después de sacrificar once años constantemente a sus hijos en aras de libertad, es el país menos a propósito para producir Catones? ¡Qué ignorancia! ¡Qué temeridad! ¡Que injuria a toda una Nación esclarecida y celosa defensora de su preciada libertad!”

Fernández De Lizardi, señaló que la patria, en “épocas pretéritas  no solamente generó Catones, sino también Brutos [Marcus Junius Brutus, el político y orador romano, asesino de Julio César], Marcios [Anco Marcio, el cuarto rey legendario de la antigua Roma conocido por sus reformas pacíficas y la construcción del primer puente de madera],  Scevolas [Cayo Mucio Escévola, militar semi legendario del siglo V A. C. en la temprana República Romana], Cocles [Publio Horacio Cocles, héroe romano del Siglo VI a. C. quien defendió en solitario,  de los etruscos, el puente Sublicio que conducía a Roma], etc., y aun entre la mujeres ha dado  nobles imitadoras del patriotismo de las Clelias [Cloelia, heroína de la República Romana], Veturias [Veturia, dama romana del siglo V a. C., madre de Cayo Marcio Coriolano a quien convenció de cesar en su empeño por atacar a su patria], Leonas [desconocemos a quien se refería, entre las  250 mujeres más destacadas de Roma en sus cuatro períodos, no aparece ninguna con ese nombre] y otras ilustrísimas romanas”. Nótese que aquel Pensador de los albores del Siglo XIX, sin alardes de ser feminista, reconocía la importancia de las damas.

Mientras descalificaba al autor del escrito ‘El triunfo de los escritores por la libertad de imprenta’, le indicaba que “Presentes vivos tiene … los testigos que desmienten su error en los Iturbides [don Periquillo-Pensador cometió pifia enorme al darle grado de excelsitud al futuro emperador de opereta], Guerreros, [Vicente Ramón Guerrero Saldaña] Bravos [Nicolas Bravo Rueda], Victorias [Guadalupe Victoria-José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix] y  tantos que acaso son innumerables; más le era necesario olvidarse de todo para impugnar un papel que no contiene sino quejas”. Los dos párrafos que a continuación vienen son para firmarse ayer, hoy y mañana por quien aspire a formar parte de una sociedad democrática y libre.

Don José Joaquín Eugenio declaraba: “Yo no me constituyo defensor de ningún escritor, sino de la libertad e imprenta, y digo, y repito, y no me cansaré  de decirlo: que sin libertad de imprenta no hay soberanía de la Nación; que se puede abusar de ella como de todo; que los que abusan por malicia conocida, deben corregirse; que es muy difícil probar esta malicia a un escritor; que si hablan con disfraces y sátiras deben castigarse por cobardes, pues deben hablar con claridad para instruir al gobierno, o no escribir, y que si este se incomoda por esta libertad y los persigue, es señal de que no es un gobierno patriótico, que no desea que lo ilustren y que no respeta la soberanía de la Nación, sino la suya, más esta no subsistirá; antes vendrá a tierra tanto más presto, cuanto más breve persiga la libertad de la imprenta”. Y para no dejar dudas sobre su postura, agregó lo siguiente.

“Si yo dijera al gobierno: la Nación (en su mayor parte) no quiere monarquía, porque ya sabe que de Monarca a déspota solo hay un paso. Quiere República, en donde hay igualdad y legitima ciudadanía. La Nación no quiere que se premie a sus enemigos con abandono de sus hijos beneméritos, y la Nación mañana reunida en Cortes, anularía cosas que la Junta supletoria ha sancionado. Si el gobierno fuera tiránico, por estas tres proposiciones dichas con claridad, sin mentira, sátira, sarcasmo ni bufonada, me sumiría en un calabozo y me ahocaría si se le antojaba, ¿pero con esto que conseguiría? Alarmar la Nación y abrir su sepulcro sobre el mío”.

Para quienes, cinta métrica en mano, andan delimitando el perímetro hasta dónde permitir que pueda decirse o escribirse sin causar escozores en la clase gobernante, el Periquillo-Pensador les señalaba: “Desengañémonos: la libertad de imprenta debe tener sus límites, pero son muy pocos. Obremos bien, y ninguno hablará mal”.

Como las seis palabras últimas es imposible que todos las cumplan, lo más conveniente es que las clases gobernantes entiendan que los pobladores de las naciones deben de tener acceso a todo tipo de información y en esa forma confrontar ideas y posturas para formar un criterio propio. Solamente quienes sustentan sus decires en bases gelatinosas pueden mostrarse temerosos del examen de las ideas y por eso recurren al argumento de que se preocupan por las audiencias, aun cuando en la realidad su objetivo es que nadie conozca otra versión de los acontecimientos que no sea la que ellos difunden. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.32.106) ¿En la invasión marroquí a España habrá participado, también, la misma mano santa que impulsó a los que convirtieron Eagle Pass, Texas, por mencionar un sólo sitio, en un caos? Claro que podrán decir que fueron musulmanes y que Ceuta está muy lejos de Chicago, pero no olvidemos que el jefe de jefes se dice omnipresente y es capaz de todo por salvar a un correligionario.

Añadido (26.32.107) Una muestra más de lo que es la juventud como futuro de México la dieron ahora los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional quienes tomaron las instalaciones del Canal Once y destruyeron una cantidad significativa de los archivos de la filmoteca. ¿En verdad alguien cree que con tramposos como los de la UNAM y estos especímenes algo bueno le espera al país?

Añadido (26.32.108) Ni duda cabe que, a la hora de elegir gobernadores, los sonorenses pueden presumir de ser suigéneris. Les cambiaron la Constitución local para que quien no cumplía con los requisitos pudiera llegar. Después, les impusieron un “sonoguacho”, así lo llamaban ellos. Y ahora, pareciera ser que les endilgarán uno que no nació ahí, nunca ha vivido por esos suelos, pero eso sí, puede alegar “derechos genealógicos”, lo cual deja corto a quien hace varios ayeres y en otros sitios, clamó “derechos de sangre”.

Añadido (26.32.109) Uno de los problemas que tenemos, salvo algunos, quienes profesamos el Liberalismo auténtico es que dejamos que los mercaderes de la victimización sobre la reyerta inútil (a) la cristiada distribuyan sus versiones maniqueas sin confrontarlos en el debate Y así, se van engañando sin que nadie les responda que aquello fue el resultado final de una conspiración de largo plazo en donde se aprovecharon de la religiosidad de un pueblo al que engañaron. Estamos trabajando para sustentar ampliamente nuestra afirmación.

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